Meritocracia
Detrás de la celebración del mérito, puede esconderse la culpabilización del fracaso, la negación de las condiciones desiguales y el abandono de los desfavorecidos.
“La meritocracia de los negocios está de moda. Tal y como los meritócratas creen, e incluso como se les hace creer, que su ascenso viene de sus propios méritos, se sienten merecedores de todo aquello que se propongan. Llegan a ser insoportablemente presumidos, mucho más incluso que aquellos que se sabía habían alcanzado el poder por ser “hijo o hija de” (...). Las nuevas elites pueden llegar a creer que están moralmente legitimadas”. Podría pensarse que las palabras trazan su propio destino, pero a veces sólo son rehenes de los labios que las dicen, de las manos que las escriben, y vagan desmemoriadas de discurso en discurso. Algo así parece haber ocurrido con “meritocracia”. El inglés Michael Young, sociólogo y militante político laborista, publicó en 1958 El ascenso de la meritocracia 1870-2033 (ensayo sobre la educación y la igualdad) , un libro que advierte en modo sarcástico sobre una sociedad regida por meritócratas. En ese trabajo, aparece por primera vez el neologismo, no para referirse a algo positivo, sino negativo. Es la palabra que se ha puesto en escena en el país a partir de la publicidad de un automóvil en la que se presenta a una sociedad organizada alrededor del valor del mérito, como versión posible del paraíso social. La cita que abre este artículo está tomada de la carta abierta de Young al entonces primer ministro británico Tony Blair, que publicó el diario The Guardian en junio de 2001. “Estoy tristemente decepcionado (...) Tony Blair ha popularizado el término sin ser consciente de los peligros que entraña su puesta en práctica”, comenzaba. Young hablaba de Gran Bretaña y de una elite seleccionada por el sistema educativo que aprueba a una minoría y relega al fondo a la mayoría que no consigue brillar. “En este nuevo ambiente social, a los más ricos y poderosos les está yendo bastante bien para sí mismos. Ya se han librado de las incómodas críticas...”, sostenía la carta en otro pasaje. “Jamás antes las clases bajas han quedado tan desarmadas moralmente como ahora”. El concepto que la publicidad ha refrescado apunta a una mirada ideológica que intenta marcar el ánimo de estos días. Según esta manera de entender la meritocracia, los puestos de privilegio en la sociedad se distribuyen de acuerdo sólo al esfuerzo, la capacidad y el talento individual, sin que importe el sexo, la procedencia o la herencia. Los principales cuestionamientos apuntan que para que esto fuese posible, primero las oportunidades deberían ser iguales para todos, condiciones que sin dudas no existen ni para los más pobres ni incluso para la mayoría de las mujeres ni los habitantes del interior profundo (aun con estas condiciones, Young señala que la meritocracia en sí profundiza las desigualdades). Además, para que las individualidades se abran mejor camino, se necesita de realizaciones colectivas, como por ejemplo el acceso a la educación y a la tecnología. Pero las palabras a veces también dicen una cosa para callar otras. Detrás de esta celebración del mérito, de la justificación del éxito, el peligro es que puede esconderse la justificación y culpabilización del fracaso, la negación de las condiciones desiguales y el consecuente abandono de los desfavorecidos y del rol del Estado para favorecer la inclusión y el emparejamiento de oportunidades.

