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Mejor la apatía que la bronca

A menos de un mes de las primarias, el desinterés gana la partida. Se explica por la presencia de los mismos partidos, los mismos candidatos, los mismos eslóganes, las mismas promesas. Una extraña sensación de “déjà vu”, de una espiral que gira en un continuo indetenible.

14 de julio de 2013 a las 02:52 p. m.
Redacción La Voz
Mejor la apatía que la bronca

Entusiasmo por las elecciones, cero; conocimiento sobre qué se vota, cero; expectativa, bajo cero. Se palpa en la cola de la panadería a la espera del francés de cinco piezas a 10 pesos; entre las señoras que aguardan comprar pulpo californiano en el camión de Pescado para Todos; entre los jubilados que hacen tornillo por el frío en la fila del banco. En definitiva, en la calle.

La consultora Poliarquía lo puso en números, en la provincia de Buenos Aires, cuando salió a preguntar qué piensa el electorado del cierre de las candidaturas.

Los resultados son elocuentes:

41 por ciento de los encuestados dijo tener "poco" interés.

35 por ciento redujo ese interés a la "nada" en cómo se definieron.

9 por ciento admitió tener "mucho" interés.

15 por ciento, "bastante" interés.

13,1 por ciento, indecisos.

En síntesis:

76 por ciento, con poco o ningún interés.

24 por ciento, con mucho o bastante interés.

Tres a uno, si se permite la relación.

Conviene detenerse en el lugar y en el momento: el armado de las listas en la provincia de Buenos Aires estuvo marcado por la expectativa sobre qué iban a hacer las dos figuras más populares del distrito, el gobernador Daniel Scioli, que decidió seguir pegado al kirchnerismo, y el intendente de Tigre, Sergio Massa, que resolvió enfrentarlo.

Es muy probable que si el mismo ejercicio se hubiese hecho en Córdoba, los resultados negativos revelarían aún más apatía.

Aquí, las listas fueron previsibles y aquellas fuerzas que no lograron consenso interno lo resolverán en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) del 11 de agosto próximo. O sea, en menos de un mes.

Una película ya vista

Es cierto que la campaña se lanzó, de manera oficial, el viernes por la noche y que, por ende, los medios de comunicación no se inundaron de mensajes de contenido electoral.

Pero esa pasividad que exhibió la sociedad hasta ahora va a requerir muchos estímulos políticos como para desactivarse y, en verdad, a la vista no se observa demasiado.

Los mismos partidos, los mismos candidatos, los mismos eslóganes, las mismas promesas. Esa extraña sensación de déjà vu, de una espiral que gira en un continuo indetenible.

No es nuevo. Lo vienen percibiendo desde hace tiempo los estudiosos del comportamiento de la opinión pública.

Eso es lo que explica, en gran medida, la incorporación de figuras desde fuera de la política, a la que apeló, por ejemplo, el peronismo cordobés: dos políticos y dos extrapartidarios intercalados.

Juan Schiaretti aparece secundado por la exlocutora Blanca Rossi, seguidos por Carlos Caserio, un hombre de la estructura del justicialismo, y por el extenista riocuartense Agustín Calleri.

También Mauricio Macri salió a buscar afuera, e integró al exárbitro Héctor Baldassi. Claro que, en el caso del PRO, la estructuración partidaria en Córdoba es incipiente.

“El conocimiento de parte de la gente se ha convertido en el principal capital. No hay promesa de alguien que tiene a la política en la sangre que trepane la indiferencia”, aceptó un operador de campaña.

Más allá de la aparición de otra lista, liderada por el intendente de San Francisco, Martín Llaryora, es difícil recordar un cierre de candidaturas sin estrépito ni peleas abiertas por los lugares, como ocurrió en esta oportunidad.

No hay dudas de que resulta más fácil armarle una campaña a alguien conocido que hacer conocido a quien pueda llegar a tener el mejor y más convincente discurso de campaña.

Lo que no puede apreciarse aún es el resultado de subirlos a los candidatos “populares” a los palcos de los actos oficiales.

“Eso no ‘garpa’”, aseguró un consultor que manejó muchas campañas previas y, en esta, se quedó al costado.

En cambio, el involucramiento del gobernador José Manuel de la Sota, en respaldo a los candidatos de Unión por Córdoba, y del intendente de la Capital provincial, Ramón Javier Mestre, por la Unión Cívica Radical, debe ser leído en otra clave: los dos juegan en estos comicios sus proyecciones personales con vistas al futuro.

De la Sota, porque ya es conocido que aspira a discutir la candidatura presidencial en la mesa grande del peronismo.

Mestre, porque revalida títulos en la ciudad y porque su hermano Diego forma parte de la lista de Oscar Aguad.

Las ventajas del aparato

Otra cuestión que será resultante de esta atonía es la ventaja con que cuentan los aparatos del Estado y de los partidos en esta instancia de primarias y, luego, en las elecciones generales del 27 de octubre.

En efecto, la capacidad de movilizar a grupos para que voten, asegurar que haya boletas en las mesas, contar con fiscales en cada una de las aulas, en cada una de las escuelas, en cada pueblo, en cada circuito, no se puede improvisar.

Los que no tengan esa capacidad logística arrancan, corren y terminan la carrera en inferioridad de condiciones, por más acceso a espacios publicitarios que se les otorgue. Nunca, jamás, tendrán más poder de fuego que los partidos en el poder.

La única alternativa de la oposición de a pie es lograr que se instale alguna denuncia que pueda jaquear a los que gobiernan. Pero ya se sabe cuál es la respuesta: la campaña todo lo politiza, hasta las denuncias…

No habrá, hasta después de las elecciones de octubre, actos que sinceren las necesidades de cada gestión. Por ejemplo, los descuentos que se les hacen a los vecinos del Gran Córdoba sobre los peajes que la Provincia cobra en la red de accesos a la ciudad quedarán en revisión una vez finalizado el proceso electoral.

O las licitaciones para la recolección de residuos y para el transporte urbano de pasajeros que debe encarar la Municipalidad de Córdoba y que siempre constituyen un problema para los habitantes de la Capital.

Seguirá también la kermés de felicidad para todos y todas, con productos que no se consiguen, para paliar una inflación que el Gobierno no reconoce ni reconocerá.

De la galera, pueden salir conejos negros. Y nadie quiere dar malas noticias. No sea cosa que la apatía electoral termine transformada en bronca y esa sí impacte en las urnas.