Los taninos de la vida
Crónica de un viaje a Mendoza, la tierra de los vinos, donde no pude aprender el arte del buen sommelier. Más información en Días Contados.
Desde que tengo uso de razón, recuerdo zanjada toda discusión entre mis padres sobre la calidad del vino con los sifonazos de soda que mi viejo les mete a sus vasos. Mi madre jamás abandonó la esperanza de que el paladar rústico de mi progenitor pudiera, en algún momento de la vida, distinguir entre los taninos presentes en un cabernet de origen riojano y un tempranillo de base mendocina. Pero por toda respuesta, siempre sonó en la mesa el chistido del sifón, cuya onomatopeya es en sí misma una forma de dar por cerrado el tema.Tengo un tío que conoce de vinos, que está involucrado en el proceso, que es de San Rafael. Siempre le traen a mi viejo unos tubos de tinto que son para ponerse los anteojos a mitad del puente de la nariz, y mi viejo enseguida va a la heladera y busca la cubetera.–No es para ponerle soda... –le advierte mi madre.–Qué mierda sabe este de vinos –contesta mi viejo mientras los hielos ruedan.Yo sé que, de alguna manera, a mi madre esa rutina, esa forma de conducirse respecto de los placeres de la vida, le aterró siempre como herencia, así que nos instruyó a mi hermano y a mí con elementos básicos de buenas conductas a la hora de abordar las mesas.Para mi madre, la elección de un espumante para una ocasión especial es siempre todo un tema, mientras que para mi viejo lo importante es que no falte la bolsa de hielo, porque el champán le da acidez y, antes que un vaso burbujeante, prefiere un buen farol de tinto.En mi casa, en materia de bebidas espirituosas, me crié entre dos bibliotecas y llevo en mi ADN esta disyuntiva entre el paladar rústico y la búsqueda de la dignidad un tanto más refinada que cada tanto tengo que poner a prueba. Los dilemas de un imitador Unas semanas atrás, por una de esas extrañas carambolas del destino, fui a cubrir el Mundial de sommeliers en Mendoza. Es el tipo de eventos del que suelo rehuir, porque suponen mucha socialización en muy poco tiempo, con agendas muy apretadas y con riguroso sport elegante. Pero empaqué unas pocas prendas sin mucho uso y partí.Allá me mezclé entre los periodistas de otros medios y me porté como un duque, fijándome bien lo que hacían los otros para no meter la pata. El secreto es siempre pispear para el costado y hacer más o menos lo que hace el resto.Si todos se suben a una combi, vos te subís. Si todos se ponen una cinta roja en la muñeca, vos te ponés una cinta roja en la muñeca.El primer problema de la imitación se presentó en una feria a la que asistimos en un hotel. Era por el Día Internacional del Malbec y había una cantidad infernal de stands de marcas de vinos que convidaban sus logros.Todo el grupo en el que estaba ingresó, para dispersarse luego en una muchedumbre ruidosa. Empecé a caminar y a explorar expositor por expositor, más que nada fijándome en las caras de los que servían los vinos, imaginándome si esa gente estaba ahí a gusto, pensando en sus historias de vida, si habían aprovechado ese viaje para ser infieles, si se estaban jugando la vida en esa muestra.Me decidí y encaré un stand que tenía unas botellas de colores que me parecían llamativas. Me dieron una copa. No me gustó, pero me la tomé lo mismo por compromiso. Observé que la gente no dejaba las copas, se las llevaba, así que me llevé la mía.En el stand vecino, me recargaron el vaso. Me explicaron algo de las fuerzas de la lluvia para optimizar las uvas que usaban, que teóricamente eran muy buenas. Dije "ajá" y le mandé un trago. Estaba mejor. Seguí. En el de al lado me dieron un folleto y me hicieron oler dos corchos. Me comí un grisín húmedo.En otro, una mendocina morocha me demoró con dos vasos. Y ahí vi que un viejo dio un sorbo y escupió el resto adentro de una jarra. Y entonces se me pasó el hechizo y me acordé de que al vino había que escupirlo. Era un error tan pavo, que de pura bronca me tomé lo que quedaba en el vaso. Problemas de traducción Esa noche fuimos con un grupo de periodistas a cenar a un restaurante y yo estaba particularmente borracho. A mi baja resistencia, hay que sumar que se me fueron los nervios. Nos acompañaba una comitiva de colegas de Canadá y se sentó junto a mí una mujer muy bella, de nombre Verónica, que no hablaba una palabra de español. Yo con el inglés me defiendo, pero si estoy sobrio, así que nuestra conversación fue medio torpe.El menú del restaurante era bien criollo y arrancó con una lengua a la vinagreta. " What is it ?", quiso saber ella. " Tongue ", le dije . "To the vinagrate ", agregué. No la probó. Nos reímos y tomamos más vino.Me puse a charlar con un pelado que estaba con ella, también de su país. No entendí si era el marido, el hijo o si era periodista de un diario, pero estuvo buenísimo el comentario que tiró cuando trajeron seso rebosado con una salsita picante y les expliqué qué era: "¡ Zombi night !", dijo el tipo.Bah, a mí me pareció buenísimo, así que me agarró un ataque de risa. Fue tan intenso, que me tuve que ir al patio para tomar aire.En todo momento del viaje, tuve la sospecha de que iba perdiendo lentamente la dignidad, pero me propuse recuperar la línea al día siguiente, pues iríamos a visitar un lugar especial, donde cataríamos algunas delicatessen de mano de la bodega Chandon. Tragar o no tragar El lugar era un paraíso entre viñedos y nos sentaron a una mesa con muchas copas y una latita discreta, donde había que escupir la bebida. Empezaron a hablar en inglés y explicaron que iban a arrancar con un champán que probaba lo bien que se añejaban los destilados de la empresa. Este era envasado en 2006.Mientras iban sirviendo las botellas pintadas con números prolijos a mano, yo pensaba que ese había sido el año en que nació mi hija más grande. Tenía a dos capos de la bodega, a una docena de sommeliers , a varios periodistas especializados de diversas partes del mundo rodeándome y, cuando todos hicieron buche y largaron, fue más fuerte que yo: me lo mandé como si estuviera cortada la luz. No podía escupir un champán que había estado esperándome en la oscuridad mientras yo le cambiaba los pañales a mi hija, mientras nacía mi otra hija, mientras ambas empezaban a caminar y a hablar. Me pareció muy fuerte, muy simbólico. Venga.Pasó y siguieron hablando, pero a mí me poseyó algo que no puedo explicar. En cordobés básico, creo que sería "se me calentó el pico".En resumidas cuentas, empezaron a explicar que el desafío de 2006 estaba superado con creces y que nos invitaban a probar algo anterior y, claramente, distinto."Les presentamos 1999", dijeron, e hicieron correr una ronda de cosecha del siglo pasado que me dije: "Yo a esto no te lo escupo ni a punta de escopeta; cuando envasaron esto, yo estaba entrando en la última carrera de la facultad".Ese es el tipo de razonamiento que a uno debería despertarle una alerta. Pero, por lo general, la mente no está preparada para escuchar buenas razones cuando el cuerpo se va de fiesta.Así que para el momento en que presentaron a la gran estrella embotellada de la noche, yo tenía la sensación de que en lugar de pelo tenía burbujas y que si me paraba, me iba a saltar el corcho.El vino espumante era el MCIII de Chandon, que no se consigue en Argentina y que cuesta 500 euros la botella. Y que me disculpen los que saben y los que inventaron la cata, pero no hace falta ser adivino para saber que en mi futuro no abundan las mesas regadas con botellas de esas, así que hice lo que me dictó el corazón. Y a esa no sólo que no la usé para humedecer el interior de la lata que había al lado, sino que en un descuido aproveché para que hubiera replay para la foto (aunque el celular estuviera sin batería). Sentencia paterna En algún momento de la tarde recobré la compostura y realicé mi tarea. Ya de regreso, tuve que aprender muchas cosas para poder escribir la crónica del viaje y apelé a un lenguaje en el que usé todos los eufemismos para no mencionar con precisión uvas, técnicas ni bodegas, datos que claramente no retuve. Tampoco en el texto había hecho pie en experiencias personales de consumo, puesto que esa parte había sido un fracaso rotundo, y en una crónica al lector no se lo puede someter a semejante imprudencia, así que escribí lo esencial con guantes de algodón.Volví del viaje con la sensación de que hay un montón de mundos que uno no conoce y que muchos más se morirá sin conocer.Cuando por fin salió publicada, mi viejo la leyó. Él tiene por costumbre comentarme las notas cuando llevo a mis hijas a almorzar con ellos los domingos.Como suelo escribir sobre cosas modernosas y es un espectro en el que no tiene mucho interés, no se detiene demasiado a profundizar en el texto. A lo sumo, suele decir: "Hoy vi que salió una nota de un tipo que hace unas cosas con una boludez que filma. Está bien lo que dice".Esta vez, el menú fue empanadas de La Zete. "Ahí vi que estuviste en Mendoza. No dijiste que te ibas. No sabía que sabías tanto de vinos".

