Los exabruptos del padre de la educación
¿Por qué no reivindicar mejor a quienes, aun no habiendo llegado a la presidencia, enfrentaron los avatares políticos con dignidad y nunca tildaron de “abono” al cabecita negra, al indio, al inmigrante, y de inferiores a las mujeres?
En la segunda mitad del siglo XIX, en la Argentina, los hijos del pueblo –que no contaban con profesores particulares como los de la elite– asistían a las escuelas confesionales, a las del cabildo y las parroquiales. De todas formas, la falta de conciencia sobre la importancia de la educación era generalizada y existían innumerables dificultades para garantizar el acceso a la educación de todos. Asistía a la escuela sólo una mínima parte de los hijos de los inmigrantes, paisanos, gauchos, campesinos y aborígenes argentinos. Domingo Faustino Sarmiento –masón, político, presidente, escritor, periodista, militar, embajador– fue sobre todo un educador que revolucionó nuestra cultura al imponer en el imaginario argentino a la educación como un derecho de todos y colocar a la educación laica, con su obligatoriedad escolar, gratuidad de enseñanza y autonomía escolar, dentro de la agenda política nacional.De más está decir que acompañaron su obra, y la creación de infinidad de escuelas primarias e institutos de formación docente en todo el territorio, una serie de otras acciones –de las que sólo mencionaremos algunas para no abundar–, tales como la realización del primer censo poblacional y la creación del Banco Nación, el Observatorio Nacional de Córdoba y la Academia de Ciencias.No obstante, una nación necesita historia y así fue cómo en su momento lo eligieron a él, entre otros, para santificarlo como prócer, porque el proyecto del gran maestro argentino se enmarca dentro del conservadurismo liberal de la época, que no dudó en tildar a los proletarios de entonces de "bárbaros" e "incivilizados".¿Educaba Sarmiento al soberano para la equidad o más bien para la sumisión al proyecto centralista y pro anglo-norteamericano de un puerto? Porque el autor de Facundo buscó integrar a través de la educación a quienes él denominaba "lacra", pero sin apuntar a darles efectiva participación política. ¿No le habrán adjudicado, acaso, el grado 33 de la masonería por haber afianzado el proyecto entreguista y anglófilo de los comerciantes porteños de 1810?Con el amor desmesurado demostrado por las clases dirigentes hacia Inglaterra en los momentos indicados, ¿llegarán algún día a respetarnos, a devolvernos las Malvinas?La historia oficial nos pide que relativicemos, y con razón: Sarmiento fue un hombre de su época, vivió en otros tiempos, enfrentó otro contexto histórico, geográfico y político. Pero, ¿por qué no reivindicar mejor a quienes, aun no habiendo llegado a la presidencia, enfrentaron los avatares políticos con dignidad y nunca tildaron de "abono" al cabecita negra, al indio, al inmigrante, y de inferiores a las mujeres?Me pregunto en cuántos países infinidad de plazas y avenidas honrarán a quienes promovieron el odio racial como lo hizo un Sarmiento que fue tremendamente lúcido en terrenos tales como la gestión institucional, la literatura y el periodismo, pero también –y tristemente– en el del desprecio racial.Sus dichos sembraron infinidad de los rencores raciales que anidan aún en vastos sectores de la alta y media burguesía argentina, aunque, desde la emergencia de los derechos humanos, ellos se deban manifestar en forma solapada, disimulada. Porque, convengamos: muchos de los escritos de Sarmiento no pasarían hoy la lupa del Inadi. Es más, cualquiera de nosotros puede ir, hoy mismo, y presentar una denuncia contra los epítetos racistas del padre de la educación popular. No debería sorprendernos que un funcionario extranjero, en un arranque de internacionalismo, ose poner un ojo crítico sobre los próceres argentinos, afrenta diplomática en la que incurrió Eleuterio Fernández Huidobro, el ministro de Defensa de nuestros hermanos de Uruguay. ¿Cuándo podremos los argentinos sacarnos el maquillaje y mirarnos al espejo tal cual somos, sin falsas retóricas? ¿Qué tan grave podría ser que nos deshiciéramos de una buena vez y para siempre de los dogmas instalados en los espacios estatales por instituciones tales como las logias, el catolicismo o la historia oficial?
*Abogada, doctora en Educación por la Universidad de Amsterdam

