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Lo que tiene; lo que no tiene

Tiene una timidez candorosa que, por obra y gracia de profesionales médicos, se ha convertido en diagnóstico. Desde entonces sufre –alternativamente y según quién opine– de “retraimiento, fobia social, trastorno por evitación o retraso cognitivo”.

10 de julio de 2016 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski*
Lo que tiene; lo que no tiene

Tiene dos hermanos mayores pero ninguno lo protege. Con malicia, pero sobre todo con indiferencia, lo hacen sentir solo en su propia familia. Tiene recuerdos pero no padre; se fue cuando él apenas pasaba los 5 años; por entonces no sabía siquiera si lo iba a extrañar, ni sospechaba la catástrofe que causan los abandonos.Tiene una timidez candorosa que, por obra y gracia de profesionales médicos, se ha convertido en diagnóstico. Desde entonces sufre –alternativamente y según quién opine– de "retraimiento, fobia social, trastorno por evitación o retraso cognitivo".Tiene inteligencia, pero no promedio en las materias de quinto. Dice y repite que no le afecta, pero cada fin de trimestre confirma que ser "burro" en la escuela es otra forma de aislarse.Tiene asma desde su primera infancia, aunque con el tiempo se acostumbró a los ahogos, a la tos y al cansancio. A veces duerme sentado, a veces no duerme.Tiene tesoros guardados que disfruta pero no comparte: una medalla de un tercer puesto en una carrera escolar, el escudo de su club, y una foto del padre que salvó de la basura, aquel día en que su mamá "hizo limpieza". Tiene ganas pero no voluntad de dejar de morderse las uñas; entonces las oculta, apretando las manos hasta que le duelen. Tiene el pelo espeso y rebelde, la nariz chata y un par de hermosos ojos marrones que no le alcanzan para menguar la melancolía.Desde chico tiene urgencia de que su mamá no sufra. Pero cada día ella despierta con otra penuria: migraña, de esas que necesitan silencio; reuma, del que no tiene cura; o dolores bajos, de los que no mejoran con medicamentos. Al menos en personas como ella.No tiene un perro para salir a pasear, compartir juegos o siquiera contar una pesadilla. Por eso cada cuzco de la calle le alegra el día; se acerca despacito, lo acaricia y espera que el momento se alargue hasta donde pueda. Después ambos se alejan y todo sigue igual.No comprende a su abuela –la que vive con ellos– cuando repite en público que él tiene "pocas luces". No se enoja: sólo hace silencio, mira al vacío y se muerde el labio.No tiene ilusiones, pero sí esperanza de que algún día su compañera de banco lo mire, le dedique algunas palabras, o –por milagro– insinúe una sonrisa. Sólo eso le alcanzaría para amortiguar el frío de este invierno.No tiene dudas de quién puede ayudarlo a conseguir lo que necesita. Su primo trabaja de noche y sabe de estas cosas. Después de jurar absoluto silencio consigue convencerlo y, sin preguntar para qué, el primo le presta lo pedido.Tiene dudas, pero ya no hay vuelta atrás. La noche anterior piensa y repiensa cada detalle y no consigue dormir hasta la madrugada.

Soñando con papá

Durante las horas escasas sueña con su papá y se activan recuerdos escondidos; cuando despierta tiene la foto arrugada entre las manos, esas que siempre tiene apretadas.

Al entrar al colegio tiene el arma cargada, aunque nadie ha reparado que ni mochila trae. Un preceptor le nota un paso apurado y el rostro encendido, pero piensa –como luego dirá en su testimonio– “que podía ser la fiebre, con tantos chicos enfermos que vienen por estos días…”.

No tiene remordimientos ni pena, aunque no puede dejar de pensar en los gritos, en las corridas y en los brazos cubriéndose de las balas.

Tiene los labios secos; necesita tomar agua pero sigue paralizado. Recuerda al profe que lo quiso detener: temblaba. Y a su compañera de banco, ingrata, tendida en el piso.

No tiene nada para decir cuando lo interroga el agente. Tiene las manos esposadas, la mirada baja y un frío espantoso.

* Médico.