Límites del triunfalismo
Aunque participa del clima triunfalista, Cristina sabe que para el armado electoral todavía necesita, y mucho, de ese peronismo al que desprecia y considera “derechoso y burocrático”. Carlos Sacchetto.
Lo que genéricamente podría llamarse oposición política no ha podido todavía salir del asombro que le provocó el discurso de la Presidenta en la Asamblea Legislativa, el martes último. En realidad, no esperaban ese tono amable y conciliador que contrastó con los rencores y crispaciones de otros momentos. En público, vociferan que el mensaje estuvo cargado de inexactitudes y medias verdades, pero en privado reconocen que Cristina Fernández fue impecable en la ejecución de su estrategia.El dilema para la oposición no es ahora sólo la ausencia de una figura fuerte y convocante que sea una alternativa real al kirchnerismo. Tampoco se advierte la existencia de un plan para salirle al cruce y poner al descubierto las contradicciones que corroen al Gobierno y a sus apoyos políticos. Es cierto que aún es temprano en el calendario electoral, pero en este arranque de marzo las distancias que hay entre oficialismo y oposición se miden, como en el turf, por varios cuerpos. No sólo en las encuestas. Números y gobernabilidad. En la Casa Rosada, aseguran que la Presidenta fue enérgica y clara con sus instrucciones al núcleo duro que la rodea. Ordenó que hasta el último minuto que permitan los plazos legales se dé prioridad a la gobernabilidad y no a los cálculos con los números electorales. Eso no quita que puertas adentro se haga un obsesivo seguimiento del tema. El mensaje a la sociedad debe apuntar a que Cristina está dedicada casi en forma exclusiva a la gestión y no se distrae en las desgastantes luchas que generan las ambiciones de poder.Por eso el especial empeño que puso la Presidenta para decir en su discurso algunas de las cosas que quiere oír la sociedad independiente y no su propia tropa. Lo mismo pasó con el absurdo episodio en el que derivó la polémica sobre la invitación al escritor Mario Vargas Llosa para inaugurar la próxima Feria del Libro de Buenos Aires.Ahora bien, ¿cuánto de cinismo y especulación hay en estas actitudes de los máximos exponentes de la política? Oficialistas y opositores responden con una sonrisa que pretende transmitir ingenuidad. Pero la duda es extensa.Un ejemplo: en el Congreso, Cristina elogió a la Corte Suprema de Justicia, en la persona de su presidente, Ricardo Lorenzetti, quien afirmó que no habrá vuelta atrás en la decisión de juzgar a los militares que violaron derechos humanos. El miércoles, la Corte Suprema difundió dos resoluciones contrarias a los intereses del Gobierno: una, relacionada con la distribución de la publicidad oficial; la otra, con el cálculo de los haberes jubilatorios, que deben incluir los pagos no remunerativos. Los elogios al tribunal se transformaron, sin transición, en insultos. Con desconfianza. Otro ejemplo: "Que tampoco se hagan los rulos los intendentes del conurbano bonaerense ni los dirigentes del viejo peronismo", dijo la Presidenta a sus operadores políticos. No se refería a su propia candidatura a la reelección, sino a las exigencias y reclamos de los caudillos del PJ por lo que llaman el "entrismo" de los sectores de izquierda. Pero a su lado reconocen que ese conflicto, que aún no ha estallado en toda su potencia, la tiene preocupada. Aunque participa del clima triunfalista que generan sus principales espadas y la red de medios financiados por el Estado, Cristina sabe que para el armado electoral todavía necesita, y mucho, de ese peronismo al que desprecian y consideran "derechoso y burocrático". Por conocerlos de tantos años y por haber compartido un mismo pensamiento con el fallecido Néstor Kirchner, ella desconfía de ellos. Y teme una traición.Se advierte un particular empeño de todos para que la sangre no llegue al río, aunque cada día aparecen nuevos obstáculos en el camino hacia una paz por conveniencia mutua, pese a que eso podría significar suscribir una traumática ruptura a plazo fijo. No sería otra cosa que la repetición de errores históricos que tanto daño le hicieron a la política y a la sociedad. Por el lado de la oposición, aunque con menos virulencia, los problemas internos crean dudas e incertidumbre. Es el caso de la Unión Cívica Radical, en la que muchos se dejaron ganar por el clásico entusiasmo de dirimir supremacías en las urnas. Ahora, cuando colocan las fichas en el tablero grande, hay quienes se lamentan de que la aparición de Ernesto Sanz haya sido tardía. Y que se exponga a un prematuro desenlace.Desde el kirchnerismo, admiten que esa situación les resulta favorable. Dicen que de lo que hay en el escenario político nacional, Sanz es la única novedad a la que podrían prestarle atención. Están convencidos de que, por obra de los propios radicales y por lo que puedan llegar a hacer ellos mismos, no hay razones para preocuparse.Al resto, casi que no le reconocen existencia.

