Temas del día:

Las cosas que tienen que acabar

Las dificultades de una mujer para abandonar a un hombre que la maltrata están enfocadas de manera clara en “Las cosas por limpiar”, una serie que ayuda a poner el problema en perspectiva justa.

24 de octubre de 2021 a las 12:03 a. m.
Natalia Ferreyra
Las cosas que tienen que acabar
Las cosas por limpiar, con Margaret Qually.

Ella me llama poco, pero al menos una vez al año nos encontramos. La escucho, presto el oído como lo hacía cuando era más joven. Después hago preguntas y pensamos juntas. Analizamos variables, hacemos números, imaginamos logísticas donde ella sale fortalecida y empieza a vivir sola, con sus hijos, en una casa con ventanas amplias.

A los 20 años, su relato me enojaba. Después, aprendí de compañeras feministas que esa no era la forma. Que mi amiga no iba a dejarlo porque yo le dijera las mil maneras de separarse. Que para eso se necesitaba, entre muchas otras cosas, decisión, condiciones y red.

Mi amiga tenía condiciones. Muchísimas. Hablamos de las económicas. También tenía red. Miles de personas que esperan desde hace años que un día lo deje, que se anime a renunciar al modo tortuoso en el que montó un hogar, una familia. Un hilo invisible y sutil que en algunos entornos se concibe como “normal”.

Lo que puede la ficción

Las cosas por limpiar es tendencia en la plataforma Netflix. Conmueve con un tema que todos los días es noticia: mujeres que desean separarse de un hombre y no saben cómo porque estructuraron una vida sobre la base de tareas de cuidados de hogar e hijos y no vislumbran una salida posible. Que separarse de una pareja duele. Que es difícil. Y que de un día para el otro puede desatarse el caos.

Los puntos de giro del guion no son grandes conflictos, nadie muere, no explota una bomba química, no hay asesinatos.

El relato sube y baja con tensiones que. escritas, pueden sonar poco originales: falló quien tenía que cuidar a su hija; en el trabajo nuevo no se paga si el cliente no quedó conforme; necesita comprar leche, pero también productos de limpieza para trabajar y la plata no alcanza. La plata nunca alcanza. No puede costear un alquiler, los planes estatales (de Estados Unidos –allá también hay gente que la pasa mal–) no alcanzan ni para rentar una pieza. El jardín maternal sale plata, pero si no trabaja no puede pagarlo y si no tiene jardín no puede trabajar.

La serie duele porque insiste en mostrar lo obvio. Si maternar es difícil, separarse y empezar una nueva vida sin tener independencia económica, vivienda ni ayuda estatal, y encima con abogados que aún no se enteraron de que deben apostar a formaciones en leyes desde una perspectiva de género, resulta una carrera imposible.

La historia se resuelve –sin ánimos de spoilers– con la ayuda de redes. Personas que, no necesariamente conocidas, son empáticas con la vulnerabilidad y aportan soluciones solidarias.

Personajes secundarios que se vuelven cruciales: están presentes para la mujer y también para aquel hombre. La serie tiene más aciertos: el personaje masculino no se presenta de manera estereotipada, no llega a ser el monstruo de la película. Es otra persona dañada, con una trayectoria familiar de violencia y destrato, refugiado en el alcoholismo, sin trabajo estable ni seguro y en una profunda soledad respecto a sus sueños y deseos.

Mirar Las cosas por limpiar nos pone en alerta de quién podría estar necesitando esa red. Ese colchón de caída de cuando se cae porque se escapa. La solidaridad también es eso: estar para quienes, como la protagonista de la serie, necesitan volver a decidir por ellas mismas, sin ánimos de venganza sino para volver a elegir qué hacer con la vida de una y cómo criar de la mejor manera a hijas e hijos.

* Escritora y periodista