La voz de la sangre
No se precisa ser Caín para derramar sangre. El correlato es el mismo si sucede por omisión, una manera distinta de bautizar a la indiferencia.
Se cuenta que en una conferencia de un afamado filósofo, uno de los asistentes le preguntó si él consideraba que la ignorancia y la indiferencia eran los dos problemas más acuciantes de la época, a lo que el sabio pensador respondió, sin hesitar: "¡No sé ni me importa!". Lo interesante –más allá de lo macabro que pueda resultar este sarcástico chascarrillo– es que probablemente no haya época en la humanidad para la que no sea apropiado su mensaje, ya que a lo largo de los siglos estas dos plagas terminales nos han venido acompañando como fieles y constantes pasajeras del tren de la historia.No hace falta más que correrse hasta los primeros párrafos del texto bíblico para volver a toparnos con el asesinato de Abel por parte de Caín, quien asépticamente contesta a la inquisitiva pregunta divina acerca del paradero de su hermano con un despojado (y más que indiferente): "No lo sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?".Esa atroz respuesta marca a sangre y fuego –ahora veremos que mucho más a sangre– la actitud tal vez más despreciada en el monoteísmo ético que descubre la Torá. Es más, no sería original afirmar que todo el texto bíblico es un enorme intento de sostener que sin dudas debemos ser los guardianes de nuestros hermanos.¿Saben cómo continúa aquel magistral diálogo del cuarto capítulo del Génesis entre el Creador y el asesino después de tamaña indiferencia? Dios lo amonesta preguntándole qué ha hecho, dando cuenta de que claramente lo sabía, y, sin esperar otra reacción por parte de Caín, agrega: "La voz de la sangre de tu hermano clama a Mí desde la Tierra...".Desde ese clamor primigenio, la sangre derramada sigue sonrojando a la Tierra, y a la vez va dejando pálidos a sus pobres habitantes. Y, como consecuencia obvia de tal historia, queda más que claro que todo asesinato es en última instancia un fratricidio.Las fuentes judías lo van a postular como un principio cardinal en el primer texto de la llamada Ley Oral, cuando desde hace casi dos milenios la Mishná viene afirmando que "quien destruye una sola vida es como si destruyera al mundo entero y quien salva a un solo ser humano es como si salvara a toda la humanidad".Pero, atención, porque no se precisa ser Caín para llegar al derramamiento de sangre. El correlato es el mismo si sucede por omisión, una manera distinta de bautizar a la indiferencia.Me da la sensación de que el versículo bíblico que mejor ilustra la fobia por tal inacción es el del libro de Levítico (19:16) que reza "no permanezcas indiferente frente a la sangre de tu prójimo".Si uno quisiera ser bien literal con el hebreo original, debiera traducirlo así: "No te pares sobre la sangre de tu prójimo". Confieso que lo prefiero de este modo, pues es todavía más gráfico y poderoso su sentido.No hace falta ningún arma para mancharnos de sangre. Se precisa sólo de la cobardía y la apatía para intentar tapar con los pies tanto suelo salpicado por ignorancia, indiferencia o desidia.Esbozo estas líneas a la luz de las noticias que refieren que en nuestra provincia (y en todo nuestro país) todavía se requieren miles de donantes voluntarios de sangre para satisfacer las necesidades de la población. Y me vuelvo a preguntar por qué muchas veces seguimos sin escuchar el clamor de la voz de la sangre de nuestros hermanos.Pensar que aún hay gente que cree que donando sangre sólo se salva la vida del que la recibe.
*Rabino, integrante del Comipaz

