La vida en pedacitos
"Nunca pensé que me iba a resultar tan entretenido ese mundo de pedacería, de formas caprichosas y diseños de rompecabezas que, cualquiera sea el camino, siempre llegan al encastre perfecto." Publicaciones anteriores de la serie Días contados.
Desde que me dedico al mosaiquismo, el poco tiempo libre que tengo me agarra con los dedos pegoteados con silicona o recortando piezas de azulejos con vocación altruista. Nunca pensé que me iba a resultar tan entretenido ese mundo de pedacería, de formas caprichosas y diseños de rompecabezas que, cualquiera sea el camino, siempre llegan al encastre perfecto. Por cierto, el "me dedico" es una expresión tan real como la posada que –todos mis amigos saben– pienso tener en la playa alguna vez. Pero es una actividad que estimula mis sentidos, desenchufa mi cabeza de los avatares cotidianos y me devuelve el equilibrio para volver a girar en el mundo de siempre.Alguna vez ese lugar lo ocuparon las plantas, a las que adoro y a la que les dediqué las lumbalgias más felices de mi vida. Casi todas llegaron de gajos, raíces, bulbos o brotes, robados en la calle o donados por algún otro amigo jardinero. En esa época, llevaba siempre un cuchillo Tramontina y una bolsa de nailon en la cartera, dos elementos fundamentales para volver a casa con ese preciado proyecto de planta que podría sorprenderme por ahí.Hoy, mientras juego a hacerme la artista en la galería, las miro con sano orgullo (tan crecidas, robustas y verdes por tanta agua de lluvia) y les pido disculpas por esta infidelidad motivacional. Objetos de valor Está de moda hacer mosaiquismo, y no tengo problema en asumir que sigo la tendencia de tantas mujeres adultas que se entregan con más esmero que talento a esta labor manual. Sólo puedo alegar a mi favor que siempre me atrajo el arte de los azulejos. Al menos para contemplarlo, tocarlo y disfrutarlo. La primera vez que fui a España, en la década de 1990, las teselas de Granada me quitaron el aliento y frente a esos muros recubiertos de cerámicos me sentí más cerca de los árabes que de mis ancestros vascos.En esos años irresponsables y solteros, también viajé por México con mi novio durante 30 días y crucé por la aduana con 18 kilos de azulejos en la valija, prolijamente embalados en 10 pancitos cuadrados."Tocetos", los llamaban en la casa de Frida Kahlo, y yo sucumbí ante esos moldes con dibujos de colores. Los guardé varios años hasta que, con unos bonos Lecor que había ahorrado, compré los artefactos para renovar el baño y pude tener mi pedacito de México adentro de casa. Recién entonces mi hoy esposo me perdonó haber cargado con esa valija tan pesada durante un mes.La técnica del mosaiquismo, o la del trencadis catalán, es bastante sencilla y, sin ser Antoni Gaudí, cualquiera que tenga ganas de probar puede sentirse artista por un rato. O artesano. O albañil. O un poco de todo eso.Sólo es cuestión de buscar un soporte, pegarle azulejos rotos o venecitas, pasarle luego un poco de cemento o de pastina por encima y finalmente, una vez que fraguan las juntas, quitarle el excedente con un bollo de papel y un trapo húmedo hasta que se produzca el milagro.Con un poco de inspiración, la vieja bandeja redonda de latón puede lucir como una mayólica, y un espejo cualquiera se vuelve un objeto con pretensiones después de aplicarle sólo un marco de venecitas.Lleva su tiempo si uno se entusiasma con el diseño, pero paga con satisfacción infantil poder convertir una vulgar caja de madera en un cofre bien personal."Tomá, para que guardes tus útiles", me escuché decir con gesto magnánimo a uno de mis hijos, que lo recibió callado y se lo llevó para siempre de mi vista. Peligro, mosaico Cuando el mosaico se mete en la mente, el mundo se divide entre lo que es susceptible de ser revestido y lo que no. En esa primera época, cualquier trasto en desuso termina sobre la mesa, inerme, listo para recibir su merecido y quedar duro como una piedra. Generalmente, ese tiempo coincide con la manía de no poder tirar a la basura nada que se pueda azulejar. Ni las latas de duraznos.La obsesión dura un tiempo breve y es más platónica que real; queda en el mundo de las ideas. El problema es que se enuncia ("Mirá qué lindo ese escritorio para mosaiquear"), lo que llena de pavor a los que conviven con la novel artista, quienes de un día para otro se vuelven ordenados y sacan de circulación eso que siempre vegetaba por ahí, desde la funda de la guitarra hasta la caja de herramientas, las ojotas, el cacharro del perro o los controles de la Play.Lo más difícil para la familia es asumir que alguien querido pueda pasarse su día libre con una pinza de alicatar en la mano derecha sin más combustible que la pava para el mate. Y, más temprano que tarde, la ternura inicial casi compasiva por semejante dedicación ingresa en el terreno de la preocupación. En mi casa, el punto de quiebre ocurrió un sábado de invierno que se me fue recortando azulejos con formas de pétalos, algunos tan pequeños como la uña de un bebé. En plan de armar un mandala redondo con un árbol frutado en el centro, el día se hizo de noche a cambio de 67 minipiezas. El único pensamiento que pasó por mi cabeza en toda esa tarde fue también delirante. Si por casualidad me designaran al frente del Servicio Penitenciario de Córdoba, mi gestión sería recordada por una sola medida: plan de mosaiquismo en todos los pabellones.Primero fue la contractura del cuello la que me avisó que habían pasado siete horas. Y luego mis hijos, dos varones que juegan al fútbol hasta con los árboles y que después de un campeonato me encontraron en la misma posición en que me habían dejado a la siesta. Cuando preguntaron qué podían comer, yo sentí que me pedían la fórmula de la Teoría de la Relatividad. No tenía ni la menor idea.Pasaron directo a la heladera y por un momento pensaron en llevar el aparato al dormitorio para ponerlo a salvo de mis pastinas. Me mató esa orfandad gastronómica, pero ya no podía hacer nada más que lamentarme. La cofradía del azulejo Más por mí que por ellos, sobre todo para tratar de acotar la actividad a un tiempo y un espacio concretos, decidí hace un año anotarme en un taller. Y allá fui con mis pinzas y mi colección de frascos y potes con pedazos de mosaicos, azulejos, venecitas, gemas y espejitos, clasificados según colores, texturas, formas y tamaños. La mudanza me recordó a mi abuela Elena, que en sus 78 años no debe haber tirado ni un solo botón del guardarropa de toda la familia. Los reservaba "por las dudas" en frasquitos diversos, clasificados según colores, texturas, formas y tamaños. Como yo con mis azulejos. Pensé también en mi mamá, que se amanecía en el comedor haciendo puzzles de tres mil piezas y ordenaba las fichitas en cajas y bandejas, según un sistema regido por colores, texturas, formas y tamaños. Lo que se hereda no se roba, pensé. Y allá partí. Una vez en el taller, comprobé lo que imaginaba. Sin haber visto jamás a esas mujeres, podía reconocerme en sus anécdotas, en la adrenalina que experimentaban al marcar un azulejo con el lápiz de vidia y, trac, cortarlo perfecto con un golpecito y la pinza de separar.Todas ellas tenían historias de familiares, hábitos y pasatiempos "abandonados" por los azulejos. También ellas tenían la vida en pedacitos.Sin pedirlo, me integraron en la cofradía y me pasaron direcciones de lugares baratos donde conseguir algunas ofertas.Charlando con la profesora Ana y con esas mujeres aprendí que la llegada del cerámico en la década de 1980 revolucionó la industria de la construcción, pero convirtió en reliquias los azulejos, vitrix y teselas que tenían las cocinas y los baños de cuando éramos chicos. Por eso, en los locales de la calle Libertad, los saldos cotizan como acciones de Wall Street. Y esa es la razón por la cual todas andamos con las antenas prendidas, buscando requechos de loza. Manos a las sobras En el taller, o en cada seminario que tomo, encuentro otra coincidencia. Cualquiera sea la edad, todas las asistentes parecen mitad cirujanas y mitad cirujas: ultradedicadas para perderse en un trabajo meticuloso, pero siempre dispuestas a dejar todas las formas en un contenedor que pueda guardar un tesoro. Ninguna, sin embargo (o al menos no lo dijo), había llegado al punto de coincidir con un carrero en torno de una mesita de bar tirada en la plaza de Argüello y sentir –como yo– que éramos dos águilas sobrevolando la misma presa.Me considero una buena persona, pero esa mañana la codicia me subía por el cuello y me invadía como una infección. Cuánto deseaba yo la mesita... Las cosas que podría dibujarle y pegarle encima. Yo sabía que había llegado un instante antes, pero pudo más mi culpa de clase y dejé que el señor la inspeccionara primero.El hombre la miró con desconfianza, la dio vuelta, la paró sobre las patas desvencijadas y finalmente dijo: "Está rota, no la quiero. Llévela nomás, doña", y hasta me ayudó a cargarla en el auto.No le di un beso para no incomodarlo, pero le agradecí de mil amores su gesto y volví encendida y feliz a mi casa, llena de buenas intenciones, deseando sólo tener un poco más de tiempo libre para poner manos a las sobras.

