La tía
Al principio sólo me observaban, preocupadas por atenderme. Luego, cuando ya tenía asignadas tareas en la casa, tía Charo comenzó a hablar.
T ía Charo era la única mujer de los cuatro hermanos de papá. Sin embargo la sentíamos como un pariente lejano. Vivía en un pueblo a cuatro horas en ómnibus (y media a pie por tierra) del nuestro, y entonces podíamos verla pocas veces al año. El resto de la familia, en cambio, estaba cerca, en todo sentido. No sólo en el mismo pueblo sino en el mismo barrio, lo que hacía que cada tarde una multitud de primos planeara, en la sombra de la plaza, las mejores aventuras. Tía Charo era soltera. Decían que había criado una niña a la que nadie nombraba. Los adultos habían construido un misterio familiar alrededor de ellas, alimentado de silencios y miradas esquivas. "Pobres –pensaba yo–, tan lejos y tan solas". Según fuimos creciendo, algunos primos comenzamos a sospechar que el pacto, más que de silencio, era de piedad, lo que aumentaba la intriga."Pobre tía Charo –seguía pensando–, tan sola y tan miope". Porque, además, la tía usaba unos gruesos anteojos que –curiosamente– no parecían ayudarla. En verdad, le servían para protegerse de algo; al limpiarlos se ponía de espaldas, ocultando alguna desnudez.Cuando papá se accidentó en la fábrica, pensaron que lo mejor sería que yo fuera con la tía. Mamá debía quedarse en el hospital. Así, un día viajé –solo y asustado– hasta aquel pueblo.Llegué al atardecer; mi tía lavaba ropa. La niña, a su lado. Apenas me vio, me abrazó con fuerza y ofreció comida. En ese instante sentí que estaba a salvo. Así comencé a conocerlas. Al principio, sólo me observaban, preocupadas por atenderme. Luego, cuando ya tenía asignadas tareas en la casa, tía Charo comenzó a hablar. Primero de la familia, para que entendiera los lazos; siguió con su infancia, triste, solitaria y miope. Hablaba en voz baja y sostenida, sin dejar de alisar las camas, amasar el pan o barrer el patio. Yo me dejaba arrullar con sus palabras, sorprendido por la confianza. Y la niña, siempre a su lado. Al recordar la adolescencia, tía Charo oscureció el tono. Describió con detalle la amargura por usar anteojos, por su implacable gordura y por las burlas de los chicos. Le resultaba difícil sobrevivir en el pueblo. Por momentos, desprotegida por el relato, elegía el silencio; aunque enseguida volvía a sus confesiones, que parecían derramarse.Así me enteré de que un día suplicó a sus padres que la dejaran abandonar el colegio. Entendí entonces por qué su trabajo en la panadería. Fue allí donde conoció al Gringuito, el que llevaba los pedidos en bici. El único que la llamaba por su nombre, "no gorda, ni cuatrojos como los demás". Al repetir esa frase tía Charo nos dio la espalda (para limpiar los anteojos) y dejó de hablar. La niña la abrazó. Con apenas 9 años, yo comenzaba a entender el secreto familiar. Descubrí el origen de una soledad dócilmente aceptada; la vergüenza que la alejó del pueblo, de las vecinas, del qué dirán. Comprendí el amor por la niña, de la que nunca se separaba. Papá se curó y volvió a casa. Mamá, por carta, me preguntó cómo estaba. Respondí que, sabiendo que papá estaba bien, lo que más quería era pasar el verano con la tía. Ella había abierto su secreto y de igual modo lo volvió a cerrar. En realidad, dejó de usar palabras para pasar a otros modos. Hablaba sonriendo, amasando tallarines, acariciando mi cabeza al descuido, despidiéndome cada noche con un inolvidable "hasta mañana". Volví a casa al final del verano, recuperando hogar, primos y plaza. Pero ya no era el mismo. Me llevó poco tiempo comprender que aquellas semanas con tía Charo me habían enseñado todo lo que se puede aprender en una infancia de pueblo.
*Médico

