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La señal y el señuelo

Si Cristina decidió que Capitanich efectivamente ejerza el cargo desde su convicción económica, entonces a Kicillof lo puso para mantener la fe de la militancia, exigiéndole acatar esta etapa de flexibilización.

23 de noviembre de 2013 a las 02:19 p. m.
La señal y el señuelo

Si los dos ejercieran sus respectivos cargos desde las convicciones propias, se neutralizarían mutuamente. Sucede que Jorge Capitanich y Axel Kicillof entienden la economía de manera diferente. Por eso, uno de ellos es la señal de lo que viene, mientras que el otro es un señuelo que está para engañar a un sector con miras a que sume, o mantenga, su apoyo al Gobierno. El nuevo jefe de Gabinete expresa el pragmatismo peronista que cree en el Estado sin despreciar al mercado. En cambio, el nuevo ministro de Economía es un seguidor exacerbado del keynesianismo radical de Hyman Minsky.Posiblemente, Capitanich no desprecia el pensamiento del economista norteamericano cuya teoría de la inestabilidad inherente –contracara de la ortodoxia de Milton Friedman y Friedrich von Hayek– predijo la última crisis financiera global y acertó en su descripción de las siete etapas por las que atraviesa una burbuja antes de estallar.De lo que desconfía el gobernador chaqueño, es del molde dogmático desde el cual Kicillof interpreta al brillante discípulo de John Maynard Keynes. Al fin de cuentas, Minsky era hijo de bielorrusos que apoyaron la socialdemocracia menchevique, arrasada por el dogmatismo bolchevique.Lo seguro es que el jefe de Gabinete genera una expectativa opuesta a la que despierta el ministro de Economía. Con Argentina en el podio de los tres países con mayor inflación, es interesante observar las actitudes contrapuestas de los dos primeros: Irán y Venezuela.Hassan Rohani, el pragmático presidente que votaron los iraníes, propone salir de la encrucijada actual (agravada por sanciones internacionales) flexibilizando y desestatizando moderadamente la economía, mientras negocia el plan nuclear con los "enemigos" porque apuesta a reemplazar confrontaciones por consensos.Por el contrario, en una encrucijada similar, el venezolano Nicolás Maduro quiere prohibir la inflación y anuncia "mano de hierro" para terminar con el desabastecimiento y la sangría de reservas.En estado puro, Capitanich implica la vía Rohaní y Kicillof la vía Maduro. ¿Por cuál decidió transitar Cristina? Hay indicios de que quien ejercerá verdaderamente es el jefe de Gabinete. Así lo sugiere la designación de Juan Carlos Fábrega en el Banco Central. Pero Kicillof es una versión ilustrada y sofisticada de Guillermo Moreno, o sea lo que Cristina piensa y siente. Si ella decidió que Capitanich efectivamente ejerza el cargo desde su convicción económica, entonces a Kicillof lo puso para mantener la fe de la militancia, exigiéndole acatar esta etapa de flexibilización que comandará el jefe de Gabinete. Pero si la decisión de la Presidenta es que sea Kicillof el que ejerza, dando rienda suelta a sus convicciones, entonces Capitanich es el señuelo para atraer a empresarios y banqueros. Sin Moreno En una conferencia, Keynes sostuvo la tesis opuesta de algo que había sostenido en disertaciones anteriores. En tono de reproche, alguien lo increpó preguntándole por qué estaba diciendo lo contrario de lo que había afirmado antes. El economista respondió: "Porque me di cuenta de que había cometido un error". Y a renglón seguido, interrogó al enojado purista: "¿Qué hace usted al advertir que se ha equivocado?". No se sabe qué hacía aquel interlocutor de Keynes, pero hasta esta semana, Cristina Fernández hacía todo lo contrario. Se aferraba al error, negaba sus consecuencias negativas y lo describía como un acierto histórico al que sólo pueden cuestionar los "enemigos del pueblo".A este rasgo de la Presidenta, lo expresaba Moreno. Para la militancia, "el mejor soldado del modelo". Para los demás, una muestra del absurdo en el que desembocan los liderazgos ideologizados y mesiánicos.La lista de ridiculeces, violencias y fracasos del exsecretario de Comercio es extensa, pero su obra máxima en el género del absurdo fue la adulteración de las estadísticas oficiales.La inflación era el rey desnudo del cuento de Christian Andersen; los kirchneristas eran los cortesanos que elogiaban la vestimenta inexistente, mientras el resto del país era el niño que señalaba la desnudez evidente.Pero Moreno era Cristina; ergo, no fue el responsable del desvarío sino la prueba de la megalomanía arrogante de quien se piensa esclarecida y genial. Por eso, la caída de Moreno podría significar que la Presidenta admitió dos fracasos que negaba: la deriva económica y la reprobación social expresada en las urnas.La contracara de una desmesura no es la desmesura inversa, sino la moderación, el equilibrio. El Estado mínimo y ausente fue la desmesura de Carlos Menem, que terminó hundiendo el país desde fines de la década de 1990. Su contracara es el Estado presente y razonable, mientras que la desmesura inversa es el híper Estado omnipresente.Entre el "ultramercadismo" y el "recontraestatismo", está la contracara de ambas desmesuras.Moreno expresó la desmesura inversa en la que cayó el kirchnerismo desde que, tras el conflicto por las retenciones al agro, Néstor Kirchner dejó de lado su acertada promesa de "un país normal".El escritor y diplomático chileno Jorge Edwards dijo hace tiempo que "la solución latinoamericana pasa por gobiernos moderados con políticas económicas razonables; pero Latinoamérica siempre es la última en entenderlo".Una parte de la región superó aquella dificultad de comprensión. ¿Lo estará entendiendo, finalmente, la Presidenta? Si así fuere, Capitanich será la señal, Kicillof el señuelo y lo que viene tendrá rasgos de "descristinización".