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La profundidad de la grieta

Dudando de nuestra cordura, pero imparables, pactamos seguir cavando hasta donde la fuerza nos acompaña.

10 de septiembre de 2017 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski
La profundidad de la grieta

Nadie podría imaginar lo que viviríamos aquella mañana cuando me encontré con Hugo –nuestro vecino de toda la vida– mirando la fisura que atravesaba nuestra medianera. Una línea imperceptible, pero que crecía con rapidez.

La charla comenzó de modo tenso, mostrando las diferencias políticas nos habían distanciado en los últimos años.

“Está ancha”, dijo él, parco.

“¿Será profunda?”, pregunté, serio.

Como la fisura –ya una grieta– empeoraba, acordamos explorarla. Era domingo, era temprano y lo haríamos juntos.

Comenzamos por despegar los bordes; Hugo, con una masa; yo, con martillo y cincel. El material se desgranaba con facilidad por la humedad que surgía del suelo.

Fuimos desprendiendo trozo a trozo hasta que un bloque enorme se desplomó. Nos miramos asombrados: entre los escombros, asomaban objetos insólitos. Allí había, sucios y humedecidos, una urna usada en las últimas elecciones, un escudo peronista desgarrado en varios pedazos y un globo amarillo aún inflado. Aquello era extraño.

Guardamos todo en una caja y, siempre sin hablar, continuamos explorando; la medianera estaba en ruinas, aparecían cosas extrañas y nuestra curiosidad crecía.

A poco de cavar, emergieron más rarezas: la foto de un fiscal de la Nación, un ejemplar de la Ley de Educación Nacional y dos solicitudes de Asignación Universal por Hijo. Cada objeto agitaba nuestras ideas, nos conmovía.

Como el barro hacía fácil la tarea, a dos metros y medio de profundidad descubrimos más sorpresas: la boina de un carapintada y el preámbulo de la Constitución Argentina. Con Hugo, cruzamos miradas: ¿cuánto más?

Más hondo, aparecieron la insignia de un combatiente en Malvinas, un informe Nunca Más y una grabación de 1976, con los primeros comunicados de la Junta Militar.

La caja desbordaba. Dudando de nuestra cordura, pero imparables, pactamos seguir cavando hasta donde las fuerzas nos acompañaran.

Lo que asomaba ahora de la profundidad del pozo superaba cualquier delirio: dos vainas de las balas que mataron a Pedro Eugenio Aramburu, una carta de Juan Perón fechada en la isla Martín García y un panfleto sobre Evita que rezaba “Viva el cáncer”.

En un momento de agobio, decidimos descansar.

Yo miraba al vecino intentando descubrir sus sensaciones; creo que Hugo procuraba lo mismo. Allí estábamos los dos, procurando descifrar los orígenes de la grieta.

Las sombras de la tarde nos encontró hundidos en el barro, clavando palas y llenando baldes.

Seguimos encontrando. Hugo, la lanza rota de un cacique ranquel; yo, un sombrero deshilachado del general Julio A. Roca. Algo más abajo, sucio pero legible, un manuscrito de Domingo Sarmiento contra Juan Manuel de Rosas y, al lado, un billete de un peso con la inscripción “Viva la Santa Federación, mueran los salvajes unitarios”.

Llenábamos cajas sin respiro. La sorpresa ya era espanto, y el cansancio, angustia. Sabíamos que aquello era sólo una mínima parte de la historia.

Mi vecino, con el barro hasta el cuello, pasaba baldes sin pausas. De pronto, escuché un grito; lo habían lastimado las espuelas del Libertador, aquellas que le impidieron entrar al polvorín.

En ese momento, yo desembarraba una carta de Juan Martín de Pueyrredón en la que negaba ayuda para el ejército de los Andes, junto al frasco con el veneno que recibió Mariano Moreno en alta mar.

Hundidos en el lodo, en el desconcierto y en la locura, nos encontraron nuestras familias.

Desencajados, seguíamos encontrando restos en la profundidad de la grieta: el acta de la Primera Junta, volantes injuriosos entre morenistas y saavedristas y hasta el bastón con que el virrey Rafael de Sobre Monte huyó a Córdoba.

Finalmente, entendimos que no era posible seguir; ya sin luz, abandonamos las herramientas y trepamos con dificultad de aquel inmenso y extraño pozo.

En el borde, nos esperaban ellos, nuestros hijos. Miraban ansiosos: querían saber cómo habíamos llegado hasta allí.

Nos preguntaron si ahora nos pondríamos de acuerdo.

Si volveríamos a conversar.

Y cómo –de ser posible– repararíamos la grieta.

* Médico