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La patria viva de los chicos

La escuela ha sido cuestionada por ser parte de un proyecto de país que muchas veces ha impuesto,una manera de ver las cosas.

21 de marzo de 2010 a las 12:00 a. m.
La patria viva de los chicos

Mientras el otoño se agazapa en el almanaque, acorralado por el ardor de un verano que no se apaga, los días de marzo traen como siempre la marca de lo cotidiano que vuelve una y otra vez a suceder. Las clases han comenzado; entonces, todos los planetas retoman la rutina de su órbita.

La escuela es la institución por la que la sociedad toma a los chicos de cada casa y, se supone, intenta sumarlos al proyecto común. Es la sociedad misma tomando parte en el destino de sus hijos y la que, se supone, les informará del sentido de pertenencia e intentará que las herramientas del conocimiento se transformen en las herramientas que ensanchen el porvenir del conjunto.

Es lo que se supone. Pero las cosas casi siempre no son las ideales, y menos en un país rasgado por los barquinazos de la historia, por las mareas y contramareas que nos han hecho dar pasos hacia delante y pasos hacia atrás, algunas veces demasiados.

La escuela pública, cuando hace más de un siglo se hizo obligatoria la educación primaria, ha cumplido un rol constructivo de una nación, al acercarle la lengua y los símbolos de pertenencia a las multitudes de hijos de inmigrantes que sacudieron la demografía y la identidad en ciernes. Acaso fue la clave para hacer congeniar en un mismo rumbo a la gran torre de Babel en la que nos habíamos convertido.

Claro que la escuela ha sido cuestionada también por ser parte de la estrategia de un proyecto de país que muchas veces ha impuesto, hasta incluso con la fuerza, una manera de ver las cosas (la historia, los valores, el presente) y de entender la educación.

Pero en el desarrollo social argentino, la escuela, sobre todo la pública, significó durante muchos años una puerta abierta a la oportunidad de progreso personal y colectivo.

En algún momento del siglo 20, Argentina fue todo un faro latinoamericano de la movilidad social, y la institución escolar hizo en ese sentido un aporte decisivo. Las herramientas del conocimiento distribuidas hicieron posible que generaciones tuvieran la oportunidad de dar un salto cualitativo que, en medio de condiciones sociales favorables, se vio reflejado en el acceso de los sectores más bajos incluso a la formación universitaria.

Esos chicos que cada mañana trepan a los colectivos en uniforme o con guardapolvos, o a veces sin que nada los identifique, que atraviesan senderos a pie o en bicicleta aun en los rincones más despojados, son el nuevo país en marcha. Mientras se atraviesa la infancia y la adolescencia, quedan huellas que guían para siempre nuestra percepción del mundo; los latidos, olores, colores, sabores, sonidos, sensaciones de esos días, son acaso la patria más definitiva. Y en esas sensaciones, están los mayores, sus voces, su ánimo, sus pasiones; es decir, somos nada menos que la patria viva de estos chicos.