Temas del día:

La odisea de los Reyes Magos

Los Magos midieron la actitud del grupo y acordaron que lo mejor sería esperar. Contaban con la infinita paciencia cultivada en la meditación.

08 de enero de 2017 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski*
La odisea de  los Reyes Magos

Llevó largo tiempo preparar los regalos. Debieron descifrar cientos de cartas escritas con letra inescrutable o errores ortográficos, lo que les hizo pensar que no pocos niños debían mejorar su educación inicial.

También miles de paquetes esperaban confirmación de destinatario, debido a los cambios de domicilio, direcciones inexistentes y barrios nuevos que ni figuraban en Google Map.

Finalmente, los Reyes pudieron armar sus grandes bolsos e iniciaron el viaje hacia nuestro país.

La mala fortuna hizo coincidir la ruta del carguero que los transportaba con la del barco que contrabandeaba marihuana por el Paraná, por lo que la Gendarmería los trasladó a un puesto de control. Una vez registrados sus testimonios, quedaron claras las intenciones y su inocencia.

Sin embargo, la demora se prolongó. A continuación, los nobles Magos debieron presentarse en la oficina del Tiane (Transporte Internacional de Animales Exóticos), donde –como cada año– expusieron la documentación sanitaria de los camellos.

Los cuatro animales (siempre llevan uno de repuesto) contaban con certificados de salud dromedaria, vacuna contra la fiebre del Nilo, autorización para portar jorobas de uso civil y ausencia de pulgas asiáticas.

Deseosos de comenzar el reparto, llegaron a la Aduana –la que sería la última etapa de trámites–, pero encontraron otro obstáculo: la actitud inflexible de un funcionario que insistía en que estaban excedidos de equipaje y de valores.

“Trescientos dólares por grupo familiar”, repetía. Gaspar, en un pobre castellano, intentaba explicar que ellos eran amigos, no familia. “Novecientos, entonces”, espetó imperturbable el controlador.

Más de 15 horas demandó al equipo aduanero revisar cada envoltorio, aun los previamente escaneados. Al final, todo parecía estar en perfecto orden y la carga fue autorizada.

Los Reyes, que habían buscado refugio en un bar con aire acondicionado, volvieron con aspecto cansado. Acomodaron sus turbantes, cargaron los regalos en camiones y, comenzando a sonreír, se encaminaron a la ciudad.

Pocos kilómetros después, y mientras repasaban la lista de destinos, fueron detenidos otra vez. Un piquete bloqueaba de manera total la circulación en la autopista. Era un centenar de empleados estatales que manifestaban contra la iniciativa oficial de limitar su derecho a protesta.

Los Magos midieron la actitud intransigente del grupo y acordaron que lo mejor sería esperar. Contaban con la infinita paciencia cultivada en la meditación, práctica común entre los integrantes de su casta sacerdotal persa.

En tanto, los camellos aprovecharon la pausa para reconocer el terreno caminando en círculos, masticando ramas al borde de la ruta y sembrando el asfalto con abono que olía más a alimento balanceado que a los míticos incienso y mirra. Uno de los manifestantes reconoció a los Reyes y, con piadosa actitud, gestionó ante los líderes el paso de la caravana. Avanzaron.

Aunque acostumbrados al calor de Oriente, marchar durante un tórrido enero les afectó. Luego de las primeras entregas, Baltazar ya había cambiado su gruesa túnica por unas cómodas bermudas, mientras que Melchor insistía en detenerse cada tres cuadras para comprar otra saborizada de pera.

Les insumió gran parte del día recorrer los barrios desde donde les habían enviado cartas. En todos fueron recibidos con afecto.

Ante la insistencia, posaron para selfies con niños y adultos que celebraban su presencia, aunque ante algunos debieron exhibir documentación personal (eran pocos, pero sospechaban que eran imitadores).

Entrada la noche, Melchor –el mayor de los reyes– meditaba la posibilidad de renovar el plantel. “Ya no estoy para estos trotes”, repetía.

Sentados en la vereda de un bar y con los camellos durmiendo en un terreno baldío, pidieron tres cervezas sin alcohol para brindar. Saciaron la sed y se felicitaron, orgullosos de haber cumplido con cada deseo infantil.

(Por ello, queridos pequeños sostenedores de la ilusión: con el regalo en la mano, agradezcan y valoren el esfuerzo que significó conseguirlo este enero).

* Médico