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La morfina y el riñón, juntos en el adiós

La curiosa experiencia de despedirse de un riñón sin enamorarse de la morfina. Publicaciones anteriores de la serie Días contados.

05 de marzo de 2016 a las 12:05 a. m.
La morfina y el riñón, juntos en el adiós
(Ilustración de Juan Delfini).

–Macho, parece que tenés un tumor maligno en el riñón. Parece bien encapsulado, pero hay muchas chances de que haya que sacar ese riñón. Así, en dos oraciones escuetas –la primera, simple; la segunda, compuesta y lamentablemente adversativa–, el urólogo Gustavo soltó el diagnóstico después de observar la primera resonancia magnética con contraste.Es verdad eso que dicen que si uno va al médico, algo te encuentra. Pero uno espera, como máximo, una hernia inguinal.En rigor, era la primera vez en mis post-40 que me realizaba un chequeo preventivo. El gran temor era la próstata, ese pequeño órgano que tiende a asociarse con el cáncer cuando uno ya pasó la edad en la que "próstata" es nada más que una palabra ideal para hacer bromas.Mis prejuicios posibilitaron el descubrimiento relativamente a tiempo de lo que apareció en el riñón. Es que estaba decidido a no incursionar en el clásico examen prostático –el de los dos dedos enguantados.Era y es, en realidad, un temor insensato, basado en cierta aprensión machista. Si hubiera algo malo en la próstata, nada mejor para detectarlo que los dedos del urólogo, aunque no suene agradable decirlo.De todas maneras, decidí arrancar con una ecografía abdominal, menos certera pero también menos traumática, para iniciar todo el proceso.Sin embargo, la próstata saludó con envidiable salud cuando la ecografista pasó el aparato a esa altura del abdomen. No sucedió lo mismo con el riñón izquierdo, que tenía una amenazante pelotita de ping pong deforme en su interior.El balbuceo de la ecografista se hizo evidente cuando se detuvo en esa imagen. "Esperá que te pido un turno ya con el urólogo. Veo algo que no me gusta", fue el eufemismo para reemplazar a "tenés un bruto tumor". Sin vaselina El urólogo era el doctor Gustavo, autor de la frase con la que comienza este relato: "Macho, tenés un tumor maligno en el riñón". En primer lugar, nunca entiendo por qué muchos médicos, ante la necesidad de comunicar una mala noticia, arrancan con un "macho".¿Creerán que así predisponen al interlocutor masculino a asumir con mayor hidalguía lo que tiene que escuchar? ¿Cómo sería en el caso de una paciente mujer?Segundo: los médicos están hartos –y con bastante razón– de la gente que les hace perder el tiempo pensando que ellos son psicólogos, incluso aunque muchos problemas sean psicosomáticos. Pero a veces no hace falta que sean tan, tan pero tan directos.El "doc" Gustavo fue a la médula. Su frase puede sonar chocante... y en ese momento lo fue. Imaginé un par de insultos entre el shock , la inyección de adrenalina y una sensación de desamparo rápidamente sustituida por una ola de discernimiento sobre nuestro efímero paso por esta dimensión.Sin embargo, hoy le agradezco esa sinceridad brutal. Nada de edulcorar la realidad ni de pasarte vaselina para mitigar lo inevitable. Fue concreto y dijo la verdad. Eso me permitió creerle más adelante, cuando el susto me hacía pensar en prepararme para el viajecito más largo, ese sin pasaje de vuelta. Cortar y pegar Tras los exámenes prequirúrgicos, a la semana de aquella charlita sincera con el médico ya tenía puesto el delantal que nunca te tapa atrás, la cofia y las medias de toalla para que el aire acondicionado del quirófano no convierta los dedos del pie en palitos helados ni te haga pensar que estás en una morgue. "Vas a sentir un ardor", dijo una enfermera mientras me inyectaba algo extraño. Era hervor, más que ardor.Lo demás siguió el guion preacordado: se acercó la anestesista con una mascarilla y dijo que contara hasta 10. No llegué ni a tres. Caí en el sueño más profundo que pueda recordar. Fueron tres horas de intervención, aunque parecieron segundos.La operación videolaparoscópica consistía en meter dos cánulas finitas distanciadas 15 centímetros una de otra, a la altura del ombligo. Una de ellas era la cámara que guiaba y filmaba todo, mientras la otra cortaba el riñón dañado. Ese riñón "malo" se embolsa, se hace un corte en la ingle de 10-12 centímetros, y se extrae esa bolsita. Se unen los conductos desunidos, se cose la piel y listas las achuras.Toda esa explicación para principiantes insumió bastante paciencia por parte del doctor Gustavo y su equipo. Hasta que, a cierta altura, uno no quiere escuchar nada más y se pone en manos de ellos con la confianza total que otorga la ignorancia.Tras la cirugía, desperté en shock , con el cuerpo temblando más que un auto en las calles de la ciudad de Córdoba después de la lluvia. No había ninguna razón fisiológica para que ello ocurriera. Sólo fue el susto. El abdomen dolía de una forma extraña –una nueva categoría de dolor–, y suelo ser poco tolerante a ese tipo de pruebas."Tranquilo, tranquilo", me decían los camilleros que me transportaban desde el quirófano hasta la terapia intensiva, como si pudiera hacerles caso y como si eso me importara. Lo que hicieron para que dejara de temblar y lo que pasó las 24 horas siguientes forman uno de los ejes de esta historia. Y es, sin dudarlo, una de las experiencias más extrañas que puede experimentar el cuerpo cuando no estamos en condiciones de controlarlo. En este caso, la culpable es la morfina. El viaje Sentía de lejos el traqueteo de un motor que pistoneaba. Imaginé que volaba en ese vehículo, un ómnibus rojo de Ersa con alas, ventanales a los costados y bocina para pájaros. Yo manejaba y podía subir, bajar, ponerlo de costado como piloto de un aeroplano que se tuerce vertical para atravesar por un mínimo espacio que dejan dos nubes. Una de las nubes me miraba y me decía algo. Pero no entendí: era otro idioma.Estaba contento. Bah, eufórico. Me invadía un bienestar superador, una sensación que se filtraba por cada nanómetro del cuerpo sin pedir permiso. Veía la sábana blanca y era un placer tocarla. La tela me hacía feliz, la costura me embriagaba, la mancha de sangre percudida me parecía una obra maestra de Rorschach. La ventana de enfrente era una pantalla Imax cuando el viento corría una nube y dejaba ver pedacitos de celeste.Estaba agradecido de la vida. Y no porque intuyera que la operación había salido bien. Era sólo por esa sustancia de la que el cuerpo entumecido se enamora como adolescente en celo: la morfina. Enamorado Para colmo, sentía que podía orinar sin que nada se mojara –no sabía que estaba conectado a una sonda– y que con ese suero que me alimentaba sin masticar podía vivir toda la vida. No necesitaba nada más. Poco a poco comencé a entender que estaba en una sala médica, entubado, canalizado en el brazo con una aguja hipodérmica, con un elástico marrón conectado al pene, sin visitas y con la única compañía de otra paciente muy mayor de edad, atada a su cama, que pedía a los gritos que la dejaran salir y que todo era un complot para matarla.Por suerte, el temporizador lanzaba la morfina en períodos de 15 a 20 minutos, y cuando eso sucedía –sentía el clic del relojito que colgaba a mi izquierda– la mujer que gritaba me parecía Cipe Lincovsky recitando a Bertolt Brecht.Amaba a esa mujer que no me dejaba dormir y también todo lo que me rodeaba: las enfermeras, los estetoscopios, las luces, el zócalo levemente torcido de la ventana y hasta ese pedacito de algodón tirado en el piso, teñido con pus, al que llegué a considerar mi Platero.En síntesis: me sentía un dios. Un dios puro y magnánimo alimentado por ofrendas de opiáceos.Uno imagina el regocijo que puede alcanzar un artista al descubrir su obra cumbre. La morfina debe hacer eso, sin que haga falta una obra de arte.Por desgracia, al otro día a alguien se le ocurrió que tanta felicidad artificial no era aconsejable y que había que empezar a sufrir. Volver a la realidad Entonces comenzó el parto. El puje más doloroso fue el retiro de la sonda. "Vas a sentir un ardorcito", dijo la enfermera, a la que recordaré toda mi vida. En especial porque ese "ardorcito" cuando tiró del elástico se pareció más a que te sacaran de ahí abajo una tira de chinches. Y ni hablar la sensación de orinar la primera vez: fue como si me hubieran rociado con chili y como si, en vez de pis, saliera un chili entero.Y si alguien creía que el parto se terminaba ahí, se equivoca: ir de cuerpo tras la cirugía –recién a los tres o cuatro días– es un suplicio durante el cual uno ruega que lo sacrifiquen.La salida de la clínica es lo de menos. La recuperación física total, también. Lleva un par de semanas, en las cuales uno va tomando conciencia de la propia fragilidad, de lo mal que vivimos, de la necesidad de cambiar hábitos y de revalorizar las verdaderas cosas importantes de la vida.El problema es que todo ese pensamiento dura dos semanas. Después se va desvaneciendo, fagocitado por eso que llamamos vida cotidiana, un sinónimo de "todo lo que dijimos que no íbamos a hacer".Precisamente, algo de eso debe tener que ver con las razones por las cuales contar algo tan personal.Cuando suceden estos eventos, nuestra naturaleza nos lleva a pensar en todo lo que hicimos o dejamos de hacer, como si hubiera una necesidad inconsciente de otorgarle a la realidad alguna causalidad. ¿Por qué a mí? ¿Me lo mereceré?Necesitamos que la fatalidad nos aporte un rumbo, y ni hablar si se avizora algún riesgo latente. Es más fácil que razonar y tomar conciencia de ciertos actos. ¿Dios jugaba o no jugaba a los dados?Quizá haya que poner todo eso en un relato para expiarse de alguna manera. O nos hacemos religiosos o escribimos lo que nos pasa. ¿Y ahora? La vida sin un riñón transcurre normal, sin síntomas de ningún tipo. Mientras no aparezca otra cosa, sólo hay que cuidarse de la ingesta excesiva de sal y de carne de cualquier tipo, los dos alimentos que pueden complicar más a este órgano y disminuirle su vida útil. Mi receta para eso no es tan buena: cuidarse un poco durante la semana, y bajarse dos asados entre sábado y domingo. Completitos.De todos modos, eso no es tan complicado.Lo más difícil es dejar de extrañar al avión que piloteaba en esa habitación flotante, inundado de excelsitud, junto a una mascota peluda y suave; mi mascota y yo.