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La madre

La hazaña de las Madres de la Plaza resuena en EE.UU. justo en momentos en que personajes influyentes expresan su hartazgo por esa lucha. Ángel Stival.

26 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Ángel Stival (Periodista, [email protected])
La madre

Es probable que las Madres de Plaza de Mayo hayan leído La madre, de Máximo Gorki, antes o después de iniciar su legendaria lucha. “Él la trataba de usted y le llamaba ‘la madre’, pero algunas veces tenía para ella palabras afectuosas: ‘No te inquietes, madre: volveré tarde hoy’. Y, bajo estas palabras, ella sentía algo de fuerte, de serio, que le gustaba”.

Máximo Gorki (1868-1936), poeta y escritor ruso atormentado por la dramática historia de su país, escribió esas frases en su exilio de Capri, entre 1906 y 1907. Son parte de su novela más popular y un ícono de una corriente artística que luego sería conocida como “realismo socialista”. Se trata de la vida de la madre viuda de un obrero socialista que mira, con temor de madre, cómo crece su muchacho y, a medida que crece, cómo se compromete cada vez más –en forma peligrosa– con su medio, hasta convertirse en un militante socialista.

Al principio, se opone a esa militancia con el rechazo propio de quien ha venido arrastrando el miedo a lo largo de su vida. Sin embargo, poco a poco se va involucrando con su hijo, lo que se profundiza cuando éste es apresado por la policía.

Antes, debió asistir a la detención de algunos compañeros de su hijo sin poder contener el llanto.

El oficial a cargo del procedimiento la miró y dijo: “Es todavía muy pronto para llorar, mi buena señora. Tenga cuidado o no le quedarán lágrimas para más adelante”. Ella le respondió: “Las madres tienen lágrimas suficientes para todo..., para todo. Si usted tiene una, ella debe saberlo”. Y cuando el detenido fue su hijo, se rebeló contra sus captores que la golpearon, quizá hasta matarla (Gorki no lo aclara). Antes de eso, alcanzó a decir: “No se apagará la verdad bajo mares de sangre”.

Es probable que las Madres de Plaza de Mayo, antes o después de iniciar esa ronda legendaria, hayan leído este libro inspirador. La hazaña resuena un poco tarde en los estrados de las Naciones Unidas, por boca, ni más ni menos, que del presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Justo en momentos en que aparecen personajes influyentes que expresan su hartazgo por esa lucha inclaudicable contra el olvido y el perdón del genocidio argentino.