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La imaginación al poder

“Al día siguiente no murió nadie”. Un ejemplo genial para quienes dan vuelta durante horas buscando cómo empezar sus escritos. Ángel Stíval.

30 de abril de 2011 a las 12:01 a. m.
La imaginación al poder

"Al día siguiente no murió nadie". Para quienes dan vuelta durante horas buscando cómo empezar sus escritos o para los que se gastan en los talleres de redacción tratando de hacer comprender a sus alumnos la importancia de la primera frase, he aquí un ejemplo genial. La frase es bella y cautivante en sí. Lo que la vuelve genial –y eso es lo que tendrían que entender quienes escriben el primer renglón, pero después no saben por dónde seguir– es que después de esa frase, José Saramago escribió Las intermitencias de la muerte .La muerte le rondaba en 2005, cuando publicó este libro. Su imaginación prolífica, de la que ya había dado muestras acabadas en libros memorables como Ensayo sobre la ceguera , inventa un día –que coincide con el comienzo de un año, en un país que no es nombrado– en el que nadie muere. Aprovecha esa insólita circunstancia, tan anhelada como molesta –¿a quién no le gustaría que un día no se muera nadie?, pero, al mismo tiempo, ¿cómo enfrentar semejante catástrofe si se le da por hacerse costumbre?– para meterse con los periodistas, con los políticos y con la Iglesia Católica, tres de sus "clientes" preferidos a la hora de divertirse con las dificultades ajenas.El rumor de que nadie moría ese día "hizo que inmediatamente las orejas de los directores, adjuntos y redactores jefes se alertaran, son personas preparadas para olfatear a distancia los grandes acontecimientos de la historia del mundo y entrenados para agrandarlos siempre que tal convenga". Luego, el tropiezo del ministro de Sanidad. No hay motivo para alarmarse, dijo ante un periodista, que no dejó pasar su oportunidad y repreguntó: ¿Cómo es eso de que no hay que alarmarse porque no se muere nadie? Díganos qué quiso decir, le espetó el periodista. "No alimentemos falsas esperanzas".Y la preocupación del cardenal, porque sin muerte no hay resurrección y sin resurrección no hay Iglesia. En tren de usar la imaginación, se podría pensar en este país en una decisión más probable y terrena. No votar, por ejemplo, habida cuenta del zafarrancho opositor. Sería una iniciativa que conmovería la agenda política como hace mucho no ocurre y que podría condenar a la Presidenta a gobernar ad eternum pero con la angustia de no saber de verdad cuántos son sus seguidores y cuántos sus opositores. Después de todo, ya lo sufrió su desaparecido esposo cuando ejerció una presidencia debilitada –menos mal– por falta de confirmación real en una segunda vuelta que su rival no quiso disputar.