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La gramática del azar

En agosto de 1971, a mis 9 años, destinaba las tardes a estudiar para el examen de ingreso a la Escuela Manuel Belgrano. Lengua y Matemática. Rogelio Demarchi.

30 de marzo de 2012 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi (Docente, periodista, crítico literario)
La gramática del azar

En agosto de 1971, a mis 9 años, destinaba las tardes a estudiar para el examen de ingreso a la Escuela Manuel Belgrano. Lengua y Matemática. Dos exámenes complicados a los que había que aprobar con la más alta calificación posible porque los bancos se asignaban por orden de mérito. En 1970, el Belgrano había inaugurado el "plan nuevo", una propuesta revolucionaria de jornada completa que aunaba la formación comercial con la humanística, la educación física con la artística, los idiomas con las ciencias. Mis padres, dos jóvenes trabajadores que no habían completado su educación, se enorgullecían de sólo pensar que su hijo mayor podía ser seleccionado por esa escuela.Vivíamos en una pequeña casita alquilada en barrio Sarmiento, en la calle Edison, y yo iba al colegio que estaba en la esquina: una modesta escuela del Estado. Rendí, aprobé, ingresé. Fui del Belgrano entre 1972 y 1979.Han pasado 40 años. El Belgrano discute el sistema de ingreso. Se pregunta, si puedo decirlo así, si un chico como el que fui podría sortear los exámenes hoy. La respuesta es no: yo entré entonces, pero no lo lograría ahora. Eso no significa que haya que cambiar el mecanismo, sino que debemos reconocer que la sociedad experimentó una transformación radical y que una escuela no puede hacerse cargo de hallar la solución en soledad. Transformaciones. Primera transformación. Mi madre no terminó el primario; mi padre no concluyó el secundario. Ella era "modista", en un taller que compartía con varias de sus hermanas; él se dedicó a la venta de autos. Hoy perteneceríamos a la clase media baja. Sus sueños ya no serían que sus hijos tengan la oportunidad del ascenso social, sino frenar la caída. Segunda transformación. Lo que aprendí en aquella escuelita estatal estaba en sintonía con lo que estudiaba por las tardes en una casona de la calle Jujuy para alcanzar los contenidos pautados por el Belgrano. La distancia entre la escuela pública promedio y las mejores escuelas ahora es sideral, y crece aún más si en el medio se coloca una prueba de suficiencia, porque hoy el docente teme evaluar con el rigor que corresponde. Así las cosas, parece cierto lo que dicen quienes están a favor de la reforma: hoy no se seleccionan chicos, sino familias. ¿Eso se puede remediar si se reemplaza el examen por un sorteo?Tercera transformación. Hace 40 años, los adultos creían en el esfuerzo, individual y colectivo, y se lo enseñaban a los niños. No vivíamos en democracia, pero existía una meritocracia socialmente legitimada: era justo que se premiara a los mejores. Entonces, todos nos esforzábamos por mejorar nuestro rendimiento. Ahora que vivimos en democracia, con reformas como las que se proponen en el Belgrano, se advierte que hay adultos que no están dispuestos a decidir quiénes son los mejores y hasta llegan a afirmar –en los fundamentos de la propuesta– que la meritocracia se desprende del imaginario impuesto por la lógica neoliberal.¿Aceptarían que por sorteo se elija a los docentes de la escuela o de la Universidad? ¿Le propondrán al Ministerio de Trabajo que obligue a las empresas a seleccionar así a sus futuros empleados?La discusión ayuda a ver cuánto cambiamos como sociedad y cómo pensamos que debemos actuar frente a la nueva situación. A no equivocarse: no volveremos a ser lo que alguna vez fuimos poniendo un sorteo en lugar de un examen.Necesitamos un Estado que vuelva a ser vanguardia en el campo educativo y que ofrezca, en consecuencia, una educación gratuita de primer nivel, por la simple razón de que es un derecho humano elemental; y una sociedad que autorregule su funcionamiento sobre la base de un dispositivo que combine lo democrático con lo meritocrático, dos sistemas que abominan del azar.