La fragilidad de los cuerpos
Visitar a un amigo en un hospital puede ser una lección sobre las formas de sobrevivir en Córdoba. Publicaciones anteriores de la serie Días contados.
Le digo que desde la ventana de la habitación se ve el parque. –¿En serio? ¿Se ve el parque Sarmiento? –me pregunta.–Bueno, se ven árboles, unas plantas –le respondo, un poco arrepentido de haber exagerado para hacerlo sentir más cómodo. Hay olor a alcohol, a remedios, a lavandina. Desde que Martín llegó a su habitación en el hospital Ferreyra no ha podido asomarse a la ventana. Está internado hace varios días, le cuesta mucho levantarse de la cama y orina en un papagayo. Su mundo se reduce a lo que puede abarcar con el brazo derecho: una mesita con una botella de agua mineral, un libro, el teléfono, el control remoto. Pero el televisor de la habitación no funciona porque para eso hay que cargarle una tarjeta magnética en un quiosco que está afuera del hospital. Y para él, así como está, el quiosco es un puente lejano. Una simple ida al baño es como una ascensión en ojotas al Aconcagua.Martín tiene las rodillas abultadas con vendajes y una caja adherida a un costado del pecho, también vendada, que le dan cierto aspecto robótico. Del portasuero cuelgan tres bolsas transparentes que le derraman sus jugos de laboratorio hacia una aguja –un agujón– clavada en el brazo izquierdo.Artritis séptica, dijeron los médicos, y lo infiltraron en los lugares del cuerpo que luego fueron cubriendo con envoltorios de vendas exagerados, como si le hubieran escondido frutos extraños o semillas gigantes en las articulaciones.Mientras hablamos, Martín presiona varias veces un pulsador que tiene en la mano. Yo revoleo los ojos por la pieza para encontrar el velador que trata de encender, pero –me explica– está llamando a una enfermera. Está preocupado porque los líquidos de las bolsas hace rato que no gotean.Media hora después llega una veinteañera pelo negro, bonita, desenfadada. Lo anoticia de que cada vez que él aprieta el timbre pidiendo ayuda se enciende una luz en un tablero al que casi nadie presta atención.Así le pasó siempre a los humanos con los dioses, pienso.Ella le dice que las enfermeras están muy ocupadas, que no vio la luz encendida sino que entró a la habitación de casualidad, por otro motivo, pero que siga apretando, que si aprieta mucho en algún momento alguien lo va a notar y va a venir. Y se va. Formas de la distancia Martín es poeta, periodista, docente. Y es mi amigo desde el primer año de la secundaria. Nos vemos poco, vivimos en ciudades diferentes, pero es del tipo de amistades que no interrumpen su intimidad: uno se junta luego de meses sin verse y cada uno puede continuar con el relato de sus cosas como si hubiéramos estado charlando la noche anterior. Igual, en los últimos tiempos no hemos charlado tanto. El día anterior a mi visita al hospital fue a verlo una amiga en común y me whatsapeó que Martín dice que hay amigos que ni han ido a visitarlo. Dice que vos no conocés su casa. Martín dice que ni conocés a sus hijos. Me defiendo: su último hijo ¡nació apenas hace dos semanas!Sé que tiene razón en el reproche, pero también sé que mis amistades son individuales, no se extienden transitivamente a esposas, hermanos o hijos, para quienes, en la mayoría de los casos, uno sólo reserva amabilidad, no más que la sociabilidad necesaria. Martín llegó al hospital capitalino porque, en la ciudad donde vive, una médica lo corrió de la internación diciéndole que estaba bien, que se levantara y se fuera a su casa. Sin revisarlo antes. Luego, como los dolores seguían, consultó con otro médico que erró magistralmente el diagnóstico y le dijo que tenía neumonía.Martín anduvo varios días con dolores penetrantes en el pecho, pensando que esa neumonía ya se iba a retirar. Se hubiera muerto si no venía a Córdoba y se hacía revisar, porque la infección de la artritis séptica estuvo a punto de llegarle al corazón.Su problema comenzó cuando la obra social provincial dejó, durante cuatro meses, de darle la droga que necesita para el tratamiento. Y se agravó porque, para conseguir que lo revise una reumatóloga, debió hacer cola una vez por mes a las 5 de la mañana.Así le daban un turno para dentro de un mes, en la única visita mensual que la especialista hace a su ciudad. Martín no habita un recoveco de la sierra, sino una de las ciudades más grandes de la provincia.Mientras Martín me contaba, yo lo imaginaba, cuando todavía no había amanecido, de pie, en la cola, atravesado de frío junto a otro grupo de personas con reuma y artritis que agudizaban sus reumas y artritis para que dentro de un mes revisaran la evolución de sus reumas y artritis.Entra otra enfermera. Le trae la cena. Martín le vuelve a mostrar los sueros que no gotean y ella hace señas que ya vuelve. Martín me pide que le acerque una mesa con rueditas.Se sienta en el borde de la cama y aspira la sopa, la inesperada lasaña, la gelatina. Antes de que vengan a revisarlo, tiene que ir al baño.Improvisamos una coreografía de un minuto, con sábanas que se caen, la mesa con rueditas que se desplaza, su bata flotando, yo empujando el portasueros y el final con un dedo índice que llega a la llave para encender la luz del baño como en el fresco de La Creación , de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina. Pienso en Messi, en esas gambetas llenas de giros y quiebres de cintura que resuelve en una baldosa. Cuando Martín cierra la puerta del baño podríamos, tranquilamente, haber gritado gol.El ruido de la cadena del inodoro parece funcionar mejor que el pulsador. Llega la enfermera. Me señala que me vaya a un costado de la habitación con el gesto que uno usaría para amedrentar a una mascota. Me aprieto contra una pared y me hundo. Le dice a Martín que debe canalizarlo de nuevo. Martín lanza una mirada desesperanzada al techo como previendo lo que se viene.Los próximos minutos son terroríficos. Stephen King liberado en un hospital público cordobés. Todos los intentos por pincharle una vena fracasan. Pero la enfermera sigue clavando la aguja con pulsión petrolera. No, de acá tampoco sale nada. Pucha, esta venita también se reventó, mirá vos, va diciendo mientras continúa con las perforaciones.El horror que me provoca la escena me estupidiza. Comienzo a hacer chistes.–También –digo, con tono que trata de ser jocoso pero no disimula que estoy temblando–, cómo pretenden encontrarle venas grandes a un poeta, que no conoce ni el peso de una pala.Martín no se ríe. La enfermera me ignora. Yo me odio. Pero la escena sigue. La enfermera sale a pedir ayuda. Llegan refuerzos. Martín se aspira los labios y contiene las lágrimas. Lo último que veo antes de cerrar los ojos es un oscuro cuadro renacentista: Cristo desahuciado, entre la Virgen María y María Magdalena, cada una clavándole los colmillos en un brazo. La ventana Esta noche juegan Argentina y Brasil. Martín me da las indicaciones y salgo, lanzado en la noche, hacia el quiosco que carga la tarjeta para que funcione el televisor de la pieza. Improviso un recorrido para evitar al guardia de la planta baja porque estoy fuera del horario de visitas. Llego a la calle. Oscuridad completa. Ni una lámpara funciona. Supongo que la luz que se ve a media cuadra es el quiosco. Entro. Me quieren cobrar, caro, por ocho horas seguidas de funcionamiento del televisor. Y si el aparato se apaga en ese lapso, la carga se pierde. Discuto con la quiosquera. Sólo queremos ver el partido. Ningún paciente, le digo, va a estar ocho horas seguidas viendo tele sin dormir. Ella responde con un silencio inflexible. El resto de los familiares de pacientes me miran con lástima: todos ya pasaron por esto. Vuelvo furioso. Pienso en el funcionario que armó el negocio con el quiosco. Me doy cuenta de que, de la bronca, me olvidé de comprar algo para comer. Cuando subo al internado, una mujer que limpia el piso me dice, riendo, que ni se me ocurra pasar por ahí, que dé la vuelta.Bajo la escalera, me pierdo. En una de mis vueltas encuentro un payaso sentado en el piso, al lado de una maceta. En una silla de plástico, una pareja –ella sentada sobre las piernas de él– se abraza y parece que llora.El fútbol levanta el temperamento de la noche. Martín se entretiene, yo suspiro aliviado. En el entretiempo, Martín vuelve a lo del parque que se ve por la ventana y recuerda que leyó un cuento, cree que de Ricardo Piglia, sobre los pacientes de un hospital que están en una sala donde uno solo tiene el privilegio de poder mirar hacia afuera. Le cuenta al resto lo que ve: es hermoso, natural, pastoral, cosas así. Cuando ese paciente muere y es reemplazado por otro en esa posición de privilegio, este descubre que por la ventana sólo se observa un paredón depresivo, pero sabe que no puede contarles eso a sus compañeros y se dedica a repetir la mentira del mundo bello.Cuando Martín me cuenta eso, decido que no voy a googlear el cuento, que no voy a leer su versión original, que es perfecto así como lo contó.Al día siguiente lo googleo en casa y veo que es una historia que cuenta Piglia en la novela Respiración artificial .El partido se reinicia. Martín está más animado. Ahora que lo veo bien, me quiero ir. Pero me quedo hasta la 1 de la mañana. Tiene ganas de hablar. En los momentos de enfermedad yo prefiero poner cara de fastidio, que me dejen solo. Pero Martín, embalado como una momia y con la perspectiva de otros 10 días de internación, está de buen humor.Pienso en los cuerpos, en su fragilidad, su domesticidad, la dictadura vital que nos imponen. Los champús de germen de trigo, los perfumes con feromonas, los hisopos, los tanques de crema que insume una sola existencia. Repaso mis teorías nihilistas, mis poses nevermind .Me repito que somos insectos, bacterias que encendemos las defensas y los glóbulos blancos del torrente sanguíneo del universo. Imperceptibles fragmentos de biomasa. Pienso en la calvicie de Foucault, en la cabeza de linyera que embalsamó Pedro Ara y está en el Museo de la Facultad de Medicina.Quiero una remera con la cara de Emil Cioran: esa amargura lúcida, esa mirada que te preanuncia los gusanos.Salgo del hospital pensando que no soy un buen acompañante de enfermos. Siento alivio. Culpa. No me propongo cambiar. Martín ya está mejor. Siempre lo estuvo. Llego a casa, al rato estoy adormecido en la Web. En el Facebook de Martín, comentarios de amigos que no conozco le dan fuerzas, le dicen que le meta para adelante, que no decaiga. Y Martín, o alguien, ha ido cliqueando me gusta, me gusta, me gusta.

