La expectativa del inicio de clases
Los días pasaron y, por fin, comenzó la actividad escolar. Al entrar al colegio, Juan encontró más chico el patio... ¿Era así o él había crecido?
El paro docente terminó frustrando su “último primer día” de clases de secundaria.
Juan se había despertado temprano, sin planes ni amigos conectados al chat; y como los noticieros sólo anunciaban marchas, discusiones y enfrentamientos, no terminaba de entender el panorama.
A cada momento, resonaba en su cabeza la frase del abuelo: “Y qué pueden hacer los maestros, con esos sueldos de miseria...”.
Los días pasaron y, por fin, comenzó la actividad escolar. Al entrar al colegio, Juan encontró más chico el patio... ¿Era así o él había crecido?
Lentamente, fue armando sus rutinas escolares: despertarse temprano, desayunar poco y tontear con los compañeros tonterías de compañeros.
A medida que iba conociendo a sus profesores, adivinaba quién podría encenderle la llama del aprender.
Juan había nacido varios años después que sus hermanos, cambiando los planes de una familia que ya había cerrado filas. Su sola aparición refrescó la vida de todos, que no dudaron en malcriarlo, a pesar de lo cual, antes de los 2 años, ya era uno más, sin concesiones ni trato especial.
Con padres que trabajaban a día completo, fue precoz alumno regular en el maternal del barrio. En esas primeras trincheras escolares, conoció amigos y límites, chichones y meriendas.
También aprendió a cantar, a esperar y también a decir malas palabras.
Al iniciar primer grado, ya sabía escribir, leer y dibujar a su familia completa, mascota incluida. Le llevó poco tiempo descubrir que, para él, la escuela era un espacio de libertad.
Avanzó por segundo velozmente, dominando sumas, restas, sujetos y predicados, paladeando cada conocimiento con placer.
Recién en cuarto grado incorporó la paciencia, con materias que le exigían más concentración y tiempo. Tundras, estepas y fiordos le resultaban tan ajenos que debía apelar a la pura memoria para aprender, pero el afecto por la seño Clari consiguió amigarlo con esos nuevos mundos que se abrían ante sus ojos. Hasta llegó a encariñarse con aquellos extraños fenicios o los belicosos romanos.
Cuanto más crecía, más leía; revistas, diarios, libros y todo lo que llegaba a sus manos. Devoraba renglones como un animal sediento, disfrutando conocer.
Mientras sus hermanos iban dejando el hogar, los padres redoblaban esfuerzos para pagar las cuotas de la casa, cancelar deudas, cambiar esto, arreglar aquello...
Y Juan, a paso firme, llegó hasta el sexto y último año de secundaria. A esa edad incierta en que los chicos se ahogan en dudas sobre qué ser y qué hacer.
Este comienzo de clases era parecido al de otros años, pero más agresivo en las expresiones. “Son luchas partidarias”, “Falta diálogo”, “Los chicos no pueden quedar sin clases”, “La educación es lo primero”, “Todos los años pasa lo mismo”.
Ninguna de estas frases le sonaba más convincente que la del abuelo: “... sueldos de miseria”.
Una noche, sentados a cenar, su madre los sorprendió con la noticia: este año se sumaría a las protestas. “Porque todo tiene su límite, y no me importan los descuentos; es que así no podemos seguir; las exigencias son muchas y no hay retribución; si hasta los padres se han vuelto en contra”.
No eran palabras que reconocían en ella, docente que dedicaba días enteros al aula y noches completas a corregir pruebas.
En silencio, terminaron de lavar los platos; el padre prendió la tele y la madre, ya más tranquila, se distrajo preparando nuevo material.
Sin poder dormir, Juan volvió a sus papeles, revisando la actividad del primer día.
Habían pasado años desde que se formara como maestro y, a pesar de este (otro) complicado inicio de clases, él cumpliría con su pasión.
Desayunó lentamente, viajó hasta el colegio y saludó a sus alumnos con la sonrisa de siempre. Alguno, tal vez uno, sentiría que él era quien encendería su llama del aprender.
* Médico

