La democracia tiene su gramática
La democracia es la lengua que tiene que saber hablar la política con la sociedad, y viceversa. Y no hay lengua sin gramática, sin un sistema de reglas que todos por igual tenemos que respetar y hacer respetar.
A 32 años de aquel histórico 10 de diciembre de 1983 en que los argentinos sellamos nuestro compromiso de no volver a involucrar a los militares en la arena política, la pregunta que vale hacernos hoy es si aprovecharemos esta nueva oportunidad para insertarnos de modo definitivo en la escena democrática o nos olvidaremos pronto del asunto y la desperdiciaremos, una vez más. A sus admiradores les duele admitirlo, pero la verdad es que Raúl Alfonsín, Carlos Menem y los Kirchner, aunque en diferentes formas y grados, terminaron sosteniendo prácticas populistas, no democráticas.En ese sentido, representan una progresión que alcanzó su clímax en la "década ganada". El populismo que en Alfonsín pudo ser evaluado como un "efecto no deseado" de su aspiración a ser algo más que un mero gobierno de transición, en las presidencias de Menem caricaturizó su costado más "folclórico" y alimentó los chistes sobre el poder. Y, finalmente, bajo el kirchnerismo se volvió explícita y desembozada filosofía de gobierno, con intelectuales y biblioteca incluidos para propalar la nueva doctrina.Liderazgos carismáticos, hechos para perdurar, no para diluirse ante la contrariedad de una elección, fundadores de nuevos (y "fecundos") períodos históricos que reclamaban hasta una nueva organización legal e institucional, lo que incluía, por supuesto, nuevos movimientos políticos bautizados con el apellido del gran jefe y organizados al modo de una religión popular que superara todo lo conocido hasta entonces.Entre unos y otros, hubo –no nos olvidemos– un insólito interregno marcado por la impotencia de la Alianza y el inconducente temor al poder de los peronistas que la sucedieron: Adolfo Rodríguez Saá duró una semana y Eduardo Duhalde redujo su de por sí acotado mandato en unos seis meses sin que nadie más que sus propios fantasmas se lo pidieran.
Le lengua de la política
La democracia no es ni una cosa ni la otra, y es mucho más que elegir de manera periódica a un gobernante por el voto de los ciudadanos. La democracia es la lengua que tiene que saber hablar la política con la sociedad, y viceversa. Y no hay lengua sin gramática, sin un sistema de reglas que todos por igual tenemos que respetar y hacer respetar.
En ese diálogo, entonces, hay dos sujetos posibles. Un sujeto individual, político, que nos gobierna y que no puede hablarnos como si fuera un semidiós o un caudillo infalible, y que hasta debiera limitar las veces que se refiere a sí mismo en primera persona del singular. Por el contrario, tiene que saber hablar en plural; no por modestia, sino por lo que representa.
El otro sujeto es colectivo: somos nosotros, los ciudadanos, nos llamen “el pueblo”, “la sociedad”, “la gente” o como se les ocurra. Nosotros debemos entender que participar de la escena política es nuestra responsabilidad cotidiana. Porque la democracia se sostiene o se pierde día tras día, cada vez que se reclama la verdad o se admite la manipulación y la tergiversación interesada de los hechos.
Esa responsabilidad no nos obliga a afiliarnos a los partidos políticos –cuya reorganización democrática es urgente e imperativa y necesitará de muchos de nosotros– sino a estar atentos, informados, dispuestos tanto a demandar como a acompañar.
En consecuencia, el mandato de Macri –que no se le olvide a nadie–vuelve a ser una presidencia de transición a la democracia. Y, como tal, nos pone a prueba: sólo tendrá éxito si su gobierno y nosotros reafirmamos juntos nuestro compromiso con los valores democráticos y asumimos el juego republicano como el único predicado posible.
El populismo aún late en y entre nosotros, no sólo por la cantidad de votos que consiguió el kirchnerismo en las elecciones, sino también porque hay expresiones populistas en los sectores políticos que se proclaman no populistas. Y la conducta populista, cual reflejo condicionado, sacudirá la esfera pública en pocos días, cuando el imprescindible proceso de sinceramiento de la situación del país al que nos conducirá la nueva gestión nos provoque cimbronazos de todo tipo.
Por si es necesario un ejemplo, ahí está la enmarañada situación económica, bien calificada como una “bomba” por analistas e ilustradores de los medios de comunicación: déficit fiscal, déficit comercial, alta inflación, alta emisión, atraso cambiario, atraso tarifario, caos tributario por alta y desigual presión impositiva, uso faccioso de la coparticipación federal, dilapidación de las reservas del Banco Central, mercados internacionales de crédito cerrados por el fallo judicial a favor de los
holdouts
, que no hemos pagado y que hay que resolver, el relato del desendeudamiento, la destrucción de las estadísticas públicas, y sigue la lista...
Ante los problemas
Es lógico pensar que desarmar ese entuerto –que no fue magia, lo hizo Cristina Fernández sin prisa pero sin pausa y con gran apoyo social durante sus ocho años en la Casa Rosada– y reordenar la economía nos causará algunos problemas.
¿Qué haremos entonces los ciudadanos? ¿Optaremos por la irresponsabilidad que alienta el populismo, de modo que le echaremos la culpa a Mauricio Macri y sus ministros por salirse del “modelo” y nos volcaremos de nuevo hacia quien nos mienta mejor? ¿O nos sostendremos en la opción democrática de preferir la verdad, lo que significa que demandaremos a la nueva gestión políticas de contención para los más damnificados por cada bomba que se desarme y exigiremos a los que se van que reconozcan que fueron ellos los que causaron el problema?
Si el que gobierna representa a quienes lo han elegido en términos de valores compartidos, no es un dato menor elegir entre la mentira y la verdad.
Es un elemento tan sustantivo como definir para qué hablamos con el otro: si lo hacemos para construir algo juntos, que nos una y nos sirva a los dos por igual, o si lo hacemos para manipularlo en beneficio propio.

