Imágenes del primer día
El día se inicia con un cielo plomizo. Desde temprano, el tránsito es lento; autos y colectivos avanzan con dificultad, hay semáforos que no funcionan y baches que parecen caries de una ciudad sin cepillo.
El día se inicia con un cielo plomizo. Desde temprano, el tránsito es lento; autos y colectivos avanzan con dificultad, hay semáforos que no funcionan y baches que parecen caries de una ciudad sin cepillo. Todo contribuye a la ansiedad de quienes esperan llegar a tiempo al primer día de clases. La pereza de los chicos es atroz; lagañas, bostezos y protestas muestran el ánimo reinante.Mientras los transportistas estudian los mejores recorridos, las abuelas cuidan a los que no comienzan y las maestras preparan abrazos. Desde anoche, todos ensayan las nuevas rutinas que les depara este nuevo año escolar. La radio anuncia que las agrupaciones docentes siguen en estado de alerta. Esperan decisiones de aquellos que esperan decisiones. No hay respuesta, porque todos esperan las "grandes decisiones". Entonces, todos siguen en estado de alerta. En el Maternal del parque, Catalina se aferra a la reja de una ventana. No llora, pero está a punto. La maestra intenta convencerla de que "todo va a estar bien, sus compañeros la esperan y sólo va a jugar". Ella pide por la mamá. Tiene 4 años y su reclamo choca contra la lógica de la "adaptación del primer día".Su madre, todavía en la puerta, estira la cabeza intentando adivinar si ese llanto es el de su hija. Espera unos minutos, suspira y decide partir al trabajo.La "seño" ha conseguido despegar con suavidad las manos de "Cata" de la reja y juntas llegan al aula. La niña entra arrastrando los pies. A su edad, no comprende que una hora de adaptación es poco tiempo.En una escuela primaria de zona norte, Franco se siente en medio de una gran confusión. Acurrucado en el banco, mira cómo la pizarra ha comenzado a llenarse de frases entusiastas. No puede entender que está de nuevo en el colegio (¡y en quinto grado!), si todavía es verano.Desde hace semanas, sufre el fin de las vacaciones. El anunciado paro docente lo ilusionó; pero no, lo postergaron. De nuevo tiene que despertarse temprano, desayunar sin ganas, usar uniforme y zapatos incómodos. Es buen alumno, pero le cuesta empezar. Lo que más le molesta ahora es ese tono agudo y motivador de su nueva maestra.Por suerte, están sus amigos (¡cómo crecieron!) y Lara, esa morocha de ojos verdes que desde tercero le quita el sueño. Aunque nunca, en dos años, se ha dignado a mirarlo. Transcurre el segundo módulo de Historia en un colegio secundario de Alberdi. Pedro levanta la vista y a su alrededor el silencio es total. El curso entero, incluido su profesor, lo mira esperando respuesta. Estaba distraído con el "celu", no escuchó la pregunta y ahora tiene que salir de esta. "Perdón, no sabía que me hablaba a mí". El "profe" asiente con la cabeza, sonríe y cambia de tema. Pedro –algo avergonzado– busca su mochila y guarda el celular. Se promete estar atento, aunque no sabe por cuánto tiempo. Vuelve a rascarse las piernas; anoche lo atacaron los mosquitos y no durmió bien. Finalmente, la tormenta se dispersa y ahora brilla el sol. Los chicos corren, gritan y se empujan, con los rostros encendidos por el calor. La media mañana los encuentra bañados en sudor por los uniformes abrigados, los abrazos de reencuentro y el exceso de repelente.Es el primer día de clases y cada quien lo ha comenzado pensando en sus prioridades. Los maestros piensan cuándo será reconocido su trabajo. Los padres, cuánto aumentaron los útiles escolares. Los cantineros, cuánto costarán los criollitos a fin de mes. Y los chicos, cuánto falta para Semana Santa. En algo todos coinciden: en que, como en cada período escolar, se han comenzado a armar los rompecabezas familiares de horarios, sorpresas, ilusiones y aprendizajes.

