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Gestión vs confrontación

La vicepresidenta se recluye y aparece sólo cuando es posible presentar medidas que apunten a supuestos enemigos.

25 de abril de 2020 a las 12:08 a. m.
Gestión vs confrontación
Imagen. Fernández y Larreta crecen en las encuestas.

La pandemia es como una lupa: agiganta lo que es visible, pero ante ciertas miradas pasa inadvertido.

Siempre fueron visibles las virtudes de Angela Merkel, aunque las miradas ideologizadas de izquierda y derecha no depararan en ellas. La lupa de la pandemia exhibe al detalle los rasgos de su imponente liderazgo, caracterizado por la sobriedad, por el pragmatismo con valores humanistas y por la inteligencia desprovista de especulación política.

Esos rasgos hicieron de la canciller alemana el mejor ejemplo de la paradoja política de este tiempo: el centro no es un punto equidistante entre la derecha y la izquierda, sino lo que está en las antípodas de la derecha y de la izquierda.

En el extremo opuesto a Merkel se amontonan Donald Trump, Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador, Daniel Ortega y otros que sólo pueden construir poder confrontando, por lo tanto quedan desenfocados en escenarios que, como el actual, imponen cooperar.

La científica que preside Alemania (es física con doctorado en Química Cuántica) no está sola. En su vereda lucen eficacia contra la pandemia liderazgos democráticos, inteligentes y desideologizados como el de la neozelandesa Jacinda Ardend, la danesa Mette Frederiksen, la taiwanesa Tsai Ing-wen y la islandesa Katrin Jacobsdóttir. Esas mujeres progresistas y también los hombres que conducen gobiernos inteligentes en la lucha contra el virus lideran democracias y son centristas en los términos de Merkel.

Ningún líder populista ni extremista de izquierda o de derecha se están destacando en este trance. Al contrario, agravan la situación con confrontaciones contraproducentes.

Hay liderazgos de confrontación y liderazgos de gestión. Los primeros son carismáticos y alcanzan notoriedad. Los segundos son desangelados, pero discretos y eficaces.

Los líderes de confrontación tienden a poseer talento escénico y capacidad para movilizar a una parte de la sociedad contra quienes ellos identifican como “enemigos”. Pero naufragan ante las circunstancias objetivas, o sea los acontecimientos que no son subjetivamente describibles según enfoques ideológicos o morales, porque el “enemigo” por enfrentar carece de ideología, de intereses y de intencionalidad.

En esos escenarios crece el liderazgo de gestión. Sus exponentes suelen carecer de talento escénico, pero poseen la sobriedad y la razonabilidad que permiten abordar las situaciones objetivas sin poses impostadas ni acciones divisivas.

Los liderazgos de gestión administran mejor este tipo de crisis porque generan cooperación, algo imposible para los liderazgos de confrontación.

Las encuestas muestran que Alberto Fernández creció muy por encima de Cristina Kirchner, cuyo respaldo popular decreció. Esto ocurre porque en el comienzo del actual gobierno irrumpió una circunstancia objetiva.

Bajo ataque masivo del virus, un enemigo que carece de intención, ideología e intereses, Cristina se desdibuja. En el escenario de la pandemia su talento escénico no sirve, porque lo que sabe escenificar son épicas batallas contra enemigos conscientes: los fondos buitre, los “medios hegemónicos”, etcétera. Pero se vuelve invisible ante hechos objetivos (aunque tengan responsables), como las tragedias de Cromañón y de Once.

Por eso, desde que comenzó la pandemia se replegó, apareciendo sólo en las ocasiones que posibilitan presentar las medidas que se toman como armas para enfrentar enemigos con intereses, ideología e intencionalidad.

La oportunidad para aparecer fue la presentación del plan para pagar la deuda con una fuerte quita. Y el escenario para actuar es la creación del impuesto a las grandes fortunas, medida que tiene lógica y razonabilidad, pero que la vicepresidenta convirtió en campo de una inútil batalla contra la Corte Suprema.

La administración cotidiana de la pandemia se la deja al Presidente. Esas labores no resultan excitantes para su militancia. Si el enemigo es poderoso, pero no es consciente, no sirve para alimentar los liderazgos ideológicos. Y esos liderazgos no sirven para afrontar con éxito ese tipo de desafíos.

No importa de qué ideología sea. Todo liderazgo ideológico es confrontativo, y, si no confronta, queda desenfocado.

Aunque no parezca, el liderazgo de Mauricio Macri también es de confrontación. Su discurso despolitizado y superfluo es el camuflaje de una construcción política que se alimenta del desprecio de parte de la sociedad a Cristina y al kirchnerismo. En cambio, Rodríguez Larreta ejerce un liderazgo de gestión. Por eso también está creciendo en las encuestas.

El futuro dirá qué tan lúcidos y eficaces fueron y cuántos errores cometieron. Pero, de momento, en la consideración general, el Presidente y el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires son percibidos como líderes de gestión, no de confrontación.

También lejos del patético récord de negligencia y de irresponsabilidad alcanzado por Bolsonaro, entre otros, la vicepresidenta se recluye y aparece sólo cuando es posible presentar medidas que apunten a supuestos enemigos, como apuntan las armas en los campos de batalla.

La ardua tarea de gestionar cuarentenas y políticas sanitarias, así como la de comunicar medidas y estadísticas sin épica ideológica, se las deja al Presidente.