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Galerías

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14 de marzo de 2015 a las 12:01 a. m.
Galerías
(Ilustración de Juan Delfini).

Hace 31 años que vivo en la ciudad de Córdoba y el otro día me perdí en el centro. Entre los momentos que nunca se olvidan, como los amigos de la infancia o el nombre de una maestra, está la primera vez que te perdés. No la anécdota que reproducen los padres, que suele incluir aplausos en una playa repleta de sombrillas o altavoces de un supermercado que repiten el nombre del niño extraviado, sino la sensación que vive el perdido.

La primera vez que me pasó en Córdoba fue en el Paseo de la Ciudad. Mi madre me había llevado a comprar un par de pantalones y yo caminaba detrás, con paso torpe porque estaba leyendo una historieta de Asterix. Después de un par de páginas, levanté la vista buscando la nuca con claritos de mi mamá, pero no estaba. Recorrí de una punta a la otra la galería, me asomé a las casas de ropa, miré a todos los que caminaban apurados. Cuando fue evidente que no la iba a encontrar, salí a la calle. Caminé por horas, crucé esquinas, me topé con gente que no me miraba, taxis, más esquinas. Todas las cuadras me parecían iguales. Sabía de memoria la dirección de mi casa, pero no cómo llegar y no debía hablar con desconocidos. Estaba sola.Con esa resignación, llegué a un diagnóstico y un plan: estaba perdida para siempre, la ciudad era enorme y el azar no iba a reunirme con mi familia nunca más. La única salida posible era volver a la galería, robar de alguna mesa vacía una coca y un pebete, buscar un lugar para recostarme en las escalinatas cerca de la fuente y dormir ahí, vivir ahí, resistir como los galos en la aldea.En el camino hacia mi futura vida, me encontró un amigo de mis padres (con quien sí podía hablar), una de esas personas que tienen despachos impro­visados en todos los cafés del centro, y me llevó a mi casa. Con los años, volví a perderme, pero en ciu­dades desconocidas. Y aprendí a disfrutar de la ­manera en que mirás a tu alrededor cuando estás desorientado. Extranjero en tu tierra Cuando paso mucho tiempo sin viajar, tengo un consuelo engañoso. Me gusta ser anfitriona y recibir amigos de otros países. Disfruto de dibujar para ellos recorridos en un plano de Córdoba o armar programas acordes con el tiempo que se van a quedar. Por lo general, doy consejos rápidos sobre los puntos obvios de cualquier vuelta turística y trato de guardar una tarde para acompañarlos a otros des­tinos. En ese caso, elijo sitios insignificantes que para mí son increíbles.Una vez llevé a almorzar a una suiza al puesto de sándwiches de la Plaza Colón, asegurándole que era el mejor de la ciudad porque los taxistas que van ahí son los que más saben de comida rápida; convencí a una amiga ecuatoriana de que no podía irse sin una foto junto a la nueva cabeza de la estatua de Ana Frank; y pasamos con un italiano un domingo entero comiendo churros mientras mirábamos girar la calesita de la plaza de Alta Córdoba.Cosas así. La idea no es hacerme la guía excéntrica, sino romper la ruta de Wikipedia. Ir adonde la gente habita. Y algo más. Ellos no lo saben, pero detrás de mi cortesía se esconden otras intenciones: robarles un poco el aura de  flâneur despreocupado, seguir ese paso manso de los que vacacionan.Este febrero, esperaba la visita de un colega de Ecuador. Su llegada era una excusa para hacer un circuito nuevo: un tour por las galerías del centro. No sólo las que venden ropa o zapatos, sino esas a las que van los que buscan cosas específicas. Pero él finalmente no pudo viajar.Decidí que no iba a esperar durante meses al próximo invitado y un día libre partí, con zapatillas cómodas y ridículas, una gorra para cubrirme del sol, una botella de agua en el bolso y una cámara de fotos, como si el uniforme bastara para ser extranjero en tu tierra. Laberintos Para los cordobeses que frecuentan el centro, las galerías pueden ser rincones comerciales para conseguir cosas a buenos precios o un mero atajo que atraviesa las manzanas. Yo, como aquella vez, nunca pude retener a qué calle te lleva cada una; siempre han sido pasajes a lo inesperado. Mientras camino por Colón con mi disfraz de turista, me acuerdo de ese cuento de Cortázar en el que una galería de Buenos Aires se unía como un puente fantástico con una de París. Y de una frase que decía: "Caminar una y otra vez por la ciudad parece un escándalo cuando se tiene una familia y un trabajo" (a la frase la busqué luego, claro).La primera parada del plan es la Galería Norte, esa zona franca que cierra y abre locales con cada cambio de estación, oasis de la piratería del que se alimentan los que viven de ella y los que la condenan pero se dan una vuelta cuando necesitan una tuerca del estéreo.En la peatonal de San Martín, el olor salado de los choripanes te envuelve, resuenan gritos de vendedores que anuncian "medias, zoquetes, la película 50 sombras ", y una señora en un puesto de la calle estira un calzoncillo que quiere comprar con el método infalible para medir la calidad de los elásticos.En el ingreso de la galería, como un felpudo del asfalto, un grafiti en el piso anuncia "Cristo viene", como si fuera a materializarse aquí y ahora. Bazares de la copia infiel La última vez que había visitado la Galería Norte, el Nokia 1100 era lo más smart en smartphones y los protagonistas de las vidrieras eran controles remotos puestos sobre nidos de estopa. Ahora hay celulares de todo tipo recostados sobre reposeritas. Hay un bar al medio, con una palmera pintada en la pared que no alcanza para crear atmósfera ­tro­pical; hay relojerías que arreglan cucús; tiendas de DVD con bateas en las que conviven películas ­bíblicas, antologías de Orly y lo mejor del pop japonés de 2011.A cada paso, alguien te susurra: "¿Qué buscás?" No respondo "un pasaje a otra dimensión", como quisiera, sino "nada, gracias, paseo". Me miran raro: ese verbo no se conjuga bien en este contexto.Me pregunto qué hay en los primeros pisos. Si Saul Goodman, el abogado de la serie Breaking bad , viviera en Córdoba, sería un acto de justicia poética que estas fueran sus oficinas.No compro nada, pero hay algo irresistible y subterráneo en estos bazares de la copia infiel. Sigo caminando hasta que el pasillo se bifurca; sin pensarlo mucho, tomo a la derecha y aparezco en una calle donde no se ve a nadie y los edificios están igual que hace 30 años.Regreso por donde vine y entro a una zapatería. Le pregunto al zapatero qué calle es esa. Me mira un rato, calculando si soy extranjera o sólo alguien que se viste mal y tiene pocas luces.Está arreglando un par de botas y detrás tiene una estantería llena de calzados que esperan su turno. Me quedo charlando. Se llama Lito, hace 37 años que tiene ahí el negocio, de la época en la que no había celulares y la galería estaba ocupada por casas de bijou , sastrerías, electrodomésticos.Trabaja 11 horas entre tacos vencidos y mocasines. Y me aclara que las cosas no son como imagino, que cuando hacen esos allanamientos que salen en las noticias no es como en las películas: es mucho menos espectacular. Fotos de cualquier cosa Tomo un trago de agua, salgo de nuevo a la calle, doy una vuelta y me encuentro la galería con el mejor nombre de todos: la Espacial. En el ingreso, todo parece muy normal. Pero basta entrar unos metros para descubrir que acá también el universo se re­pliega. En una casa de disfraces, por ejemplo, hay una fila de cabezas: Alf, el Coyote, Shrek y una Pantera Rosa con ojos estrábicos. "Lo que más sale para fiestas de disfraces es el traje de pirata", dice su dueña, cuando entro a preguntar precios.Al frente, hay un centro de filatelia que entre monedas y estampillas tiene un ejemplar del Menem trucho, como un fósil del neoliberalismo. Al lado, un billete cubano con la cara del Che Guevara y otro de un millón de dólares ("millón de dólares de fantasía", aclara un cartelito escrito a mano, para no despertar falsas expectativas). El más caro es el del Che.Sigo caminando, paso una tienda de antigüedades que en el vidrio tiene una hilera de muñecas tuertas que te observan con las cuencas vacías, mientras suena música electrónica de una tienda de DJ.La última es una casa de placas de bronce. En la vidriera, tienen una colección de epitafios para elegir y diseños varios. El modelito con la cruz pelea el puesto de popularidad con otro que tiene esculpido el escudo de Talleres. Salgo al sol de la calle (¿la misma de antes?) y continúo, mientras le saco fotos a cualquier cosa.En las cuadras que siguen, empiezo a entrar y salir de todo portal de galería que encuentro, de una en otra. Llego, por ejemplo, al Pasaje Muñoz, muy coqueto y elegante, aunque todavía tiene en el centro una pecera con viejas del agua que succionan el vidrio como si tiraran besos a los peatones.Después me sumerjo en la Galería Oriental, esquivo las liquidaciones de bikinis y souvenirs de fiestas de 15, salgo por Deán Funes (¿o es 9 de Julio?). Más adelante entro al Pasaje Santa Catalina, que por más que esté plagado de librerías hermosas siempre será el centro de operaciones de mi dentista, tierra de Mordor. Un pasaje hasta mí En algún momento, llego al Complejo Santo Domingo, donde suenan los chirridos de las máquinas de tatuajes y disparos de los videojuegos. Me pierdo en la Cinerama, paso el cine, las casas de cómics , el ­ sex-shop que parece el set de una película de David Lynch. No sé cómo aparezco en las Galerías London, donde las máquinas de coser hacen ruido a tipeo, y que después se convierte en la Galería Cervantes, que todavía vende aros con clips para las señoras y esos gatos dorados que nunca dejan de mover el brazo.Cae la tarde. Recorro la Gran Rex, vuelvo al Pasaje Muñoz, veo los cambios de la galería San Martín, el emporio de los canutillos, miro vidrieras en la Vía de la Fontana, donde compré mis primeros tacos altos para ir a bailar. Creo que también doy una vuelta por la Planeta.Y cuando me detengo, después de varias horas, no sé en qué parte de la Peatonal, mareada, veo pasar por la vereda de enfrente al amigo de mis padres, el que me había encontrado perdida aquella vez. Sale de un café con un maletín en la mano.No es el final artificial del relato; juro que está ahí. Pero él no me ve y empiezo a caminar confiada en que ya voy a encontrar el camino hasta mi casa.

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