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Fuera de juego

La sensación de sentirse fuera de lugar y desinformado durante un viaje a Santiago de Chile para cubrir un festival de música se convierte, en manos de José Heinz, en un sutil retrato generacional. Más información en Días Contados.

28 de noviembre de 2015 a las 12:01 a. m.
Fuera de juego
DÍAS CONTADOS. Fuera de juego (Ilustración de Juan Delfini).

Algunos días atrás, el Diccionario Oxford dio a conocer "las palabras de 2015", una lista con las expresiones más usadas en el habla inglesa de los últimos meses. Para sorpresa de algunos y resignación de otros, no es exactamente una palabra la que ocupa el primer lugar, sino un emoji, uno de esos dibujitos expresivos que la gente utiliza al comunicarse en los canales digitales.De manera más concreta, la palabra del año, según los encargados del diccionario, es " face with tears of joy ", una carita tan feliz que lagrimea de alegría. Los hábitos cambian, parece decirnos ese rostro amarillo y circular, y es importante saber adaptarse si uno no quiere quedar afuera.Tuve un instinto de adaptación similar hace unos días en Santiago de Chile, a donde viajé para cubrir un festival de música. Varias de las personas con las que hablé durante mi estadía, al enterarse de que era periodista, me hicieron preguntas relacionadas con mis perfiles en redes sociales. "¿Cuál es tu usuario de Instagram?", "¿Usas LinkedIn?", "¿Cómo te encuentro en Twitter?". Y mi favorita, por su indiscreción y honestidad: "¿Cuántos seguidores tienes?" Esta última consulta revelaba una intención bastante clara: medir la popularidad online de la persona que tenían enfrente, porque los medios de comunicación tradicionales no les decían gran cosa al respecto. O al menos esa fue la impresión que me quedó. La mayoría de estos curiosos eran jóvenes provistos de smartphones de última generación, peinados de moda y tatuajes en los brazos, gente que probablemente no ha leído un diario de papel en años, si es que alguna vez tuvo el hábito.La influencia en las redes parece ser el equivalente al emoji sonriente: para algunos, sin esa presencia virtual no existimos.En mi primera noche en Santiago, unos amigos me invitaron a Rapa Nui, un bodegón muy tradicional de Providencia, al que uno de ellos definió como "un bar de abuelos de día y bohemio de noche".La definición se ajustaba muy bien, porque entre las mesas se mezclaban toda clase de parroquianos, desde obreros que clausuraban la jornada con una cerveza hasta chicos que recién empezaban su salida nocturna.Compartí tertulia con unos músicos que venían de ensayar con su grupo y hablamos sobre la escena pop de Santiago, que yo asumía bastante activa y floreciente, a juzgar por lo que había escuchado y leído en los últimos años.Mis compañeros de mesa se mostraron un poco sorprendidos de mis apreciaciones, me dijeron que la cosa estaba bien pero que no era para tanto, que los artistas que les había nombrado actuaban en teatros modestos, que ya comenzaba a surgir una nueva generación de músicos "con más historias de lo que ocurre en la calle, con menos sintetizadores y más guitarras". A mis costados, no había un lineman con el banderín levantado, pero fue inevitable sentirme un poco en offside : no sólo no conocía las nuevas bandas que me nombraban, sino que tenía la leve impresión de haber caído en una trampa elitista. Gran Santiago Al otro día, me junté a almorzar con Felipe Arratia, periodista especializado en cultura popular, un tipo que te puede hablar de Violeta Parra y Bruce Springsteen con el mismo entusiasmo y conocimiento. Fuimos a uno de los restaurantes del Mercado Central, donde los parlantes despedían una música festiva y la clientela vivía la previa del Chile-Colombia como si se tratara de un partido decisivo.Felipe me dijo que mis valoraciones de la música joven chilena posiblemente ­estuvieran influidas por cierta prensa especializada y los propios artistas, porque más allá de los buenos discos era evidente que había una intención clara de instalarlos en países vecinos.Después me recomendó algunas agrupaciones que yo nunca había sentido nombrar, y trazó brevemente un mapa de lo que ocurría en Santiago a nivel artístico. Al igual que la noche anterior, mientras escribía nombres de bandas y discos en mi libreta, sentí que había sido parte de una estafa ingeniada por paladines del gusto adquirido.Después de la comida, Felipe me llevó a conocer La Piojera, un boliche popular que se parece a una locación de Diarios de motocicleta . Pedimos Terremoto, un trago dulcísimo servido en vaso plástico, que lleva helado de piña, vino blanco y granadina (el cartel de la barra también anunciaba el Réplica, que es igual pero servido en un vaso más chico).De fondo, sonaban acordeones altisonantes y festivos, una música que los asiduos del lugar celebraban a los gritos. Más que un forastero, me sentí un turista en el mejor y el peor de los sentidos, así que aproveché para indagar un poco más sobre la escena musical, y después cada uno rumbeó para su lado.A la noche, había una fiesta bastante exclusiva en un teatro del centro, con dee jays internacionales y los australianos Empire of the Sun como número estelar. Sonaba tentador, pero no era fácil ni barato conseguir una entrada.Le pregunté a otro amigo de allá, que trabaja en una conocida agencia de comunicación, si había alguna posibilidad de entrar. Él no tenía planeado ir, pero tomó mi pedido como un desafío, porque minutos después, sin explicarme mucho la situación, me llevó en su auto hasta una avenida con un tránsito infernal.Aminoró la marcha en medio de una orquesta de bocinazos y señaló un jeep estacionado a un costado. De una de las ventanas, un brazo me hacía señas para que me apurara, así que corrí como un náufrago que ve un catamarán a lo lejos. No había alcanzado a cerrar la puerta cuando el conductor aceleró y nos perdimos por un túnel.–Tú eres el argentino, ¿cierto? –dijo el otro que estaba en el asiento trasero. Fiesta en la terraza Mis acompañantes del auto eran invitados a la fiesta y podían hacerme entrar, según dijeron, pero había que apurarse porque las listas valían hasta las 22 y estábamos llegando tarde. Viajábamos el conductor, su novia, un amigo de ambos y yo, que fui presentado como "el argentino que viene a cubrir un festival".Los tres iban muy bien vestidos, o tal vez sólo era el contraste: yo llevaba puesta la ropa de calle que había usado todo el día y cargaba con una mochila muy práctica pero muy fea.Una vez que llegamos al lugar, una moderna sala de conciertos, tuvimos que hacer fila con gente ansiosa y malhumorada. Durante esos minutos, la diferencia de etiqueta se terminó de confirmar: quedaba claro que, por la forma de hablar y vestirse de las personas que me rodeaban, el evento apuntaba a la high class de la ciudad.El momento más incómodo llegó cuando crucé un portón de rejas y tuve que someterme al control policial. Luego del cacheo reglamentario, el carabinero me pidió que abriera la mochila y le mostrara qué llevaba adentro.Auriculares, libro, anotadores, buzo, iba enumerándole al oficial, hasta que abrió uno de los bolsillos delanteros, donde llevaba los medicamentos básicos de un viaje (Actron, Frenaler, esas cosas)."¿Y esto?", preguntó en tono marcial. "Todo es legal, son para evitar los dolores de cabeza", me escuché decir, sin caer en el doble sentido. La tensión no duró mucho más, supongo que el policía tuvo piedad: un dealer no podía ser tan estúpido.Pude pasar, finalmente. Si al mediodía me sentí el extra de una película sobre la clase trabajadora, esta vez el lugar me llevaba al otro extremo: estaba adentro de un videoclip de David Guetta o de una publicidad de cerveza premium .En la terraza, se desarrollaba una fiesta electrónica en la que todo el mundo se esforzaba por mostrarse divertido y conseguir el mejor ángulo para una selfie .Hablé con varios antes de que empezara el show central. Conocí a un programador que promocionaba una app para moverse por la noche de Santiago; a un veinteañero que se la pasó hablando de drogas y de lo hermosas que son las mujeres argentinas; a una chica que reconoció que la chilena es una sociedad "bastante clasista"; a uno que no paraba de regalar monjitas frías, y a otros personajes curiosos que parecían salidos de una novela de Rodrigo Fresán o Douglas Coupland (es la última comparación de este crónica, lo prometo).Me fui cuando terminó el recital de Empire of The Sun, pero para algunos la fiesta recién empezaba. Fauna de gala A la mañana siguiente, mientras transitaba ese estado lento y vaporoso de la resaca, recibí un mensaje de mi amigo Ras, el de la agencia de comunicación, que preguntaba qué tal me había ido en la fiesta. Ras es un excéntrico en el buen sentido, un creativo que asesora a primeras marcas y sabe combinar una camisa de 120 dólares con un pantalón de feria. También es una persona generosa, que te hace sentir una estrella.Antes de que pudiera responderle, me envió otro mensaje diciendo que me había conseguido una entrevista en una radio de moda de allá y que me esperaban en el estudio en 30 minutos.Llegué tarde y a las corridas, pero en la recepción me atendieron dos chicas muy atentas que me hicieron pasar a una sala con aire acondicionado. Después me entrevistó Manuel, uno de los periodistas estrella de la radio, que infló un poco mi currículum y con el que charlamos de música, fútbol y del Primavera Fauna, la razón por la cual yo estaba en Chile."Qué lindos se ven todos con esas gafas de sol", comentaba al otro día Nina Persson, cantante de The Cardigans, al comienzo del show de su banda en el festival. No sonaba a frase hecha ni a demagogia, la verdad: toda la gente que estaba ahí parecía vestida para ser etiquetada en una foto de Instagram.Primavera Fauna se hace en Espacio Broadway, en la ruta que une Santiago con Viña del Mar, un predio de varias hectáreas con cuatro escenarios, carpas y tiendas gastronómicas y recreativas.Allí conviven artistas clásicos como Morrissey, el encargado del cierre, con otros números más apuntados a la generación millenial , como Mac DeMarco o Rhye. Hice lo posible por ver la mayor cantidad de cosas, aun cuando la oferta es simultánea y muy variada, como ocurre en todos los grandes festivales. Otros optan por quedarse en una zona determinada durante horas, pero creo que así se pierde parte del encanto. Cada vez que pasaba por la carpa de prensa, uno de los pocos lugares con Wi Fi, aprovechaba para publicar una foto o una apreciación de algún artista, y después volvía a enfrentarme con ese horizonte de tonalidades verdes. Ya por la noche, agotado de tanto ida y vuelta, vi que tenía una notificación en el teléfono: a raíz de algunos tuits sobre el festival, había ganado nuevos seguidores. Logro modesto, pero logro al fin, en este nuevo ecosistema mediático. Acá vendría el emoji sonriente, ¿no?