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Exploradores, una cuestión de espacios

Los niños son exploradores. No pueden evitarlo: está en su esencia. Su vida se basa en investigar espacios, recorrer territorios y descubrir lo oculto.

29 de mayo de 2016 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski *
Exploradores, una cuestión de espacios

Los niños son exploradores. No pueden evitarlo: está en su esencia. Su vida se basa en investigar espacios, recorrer territorios y descubrir lo oculto. Les gusta abrir cajones, vaciar bolsas, sacar tierra de las macetas, desguazar juguetes y correr hasta el límite, para repetir el juego dos, cinco, 20 veces, hasta que alguien les marca el final. Ante esto, miran extrañados, como si no fuera evidente que ellos vinieron al mundo a explorar. Lo que se interpone entre ellos y el descubrimiento será vivido como un castigo. El humor se enturbia y surgen los gritos y las rabietas en reclamo de la libertad perdida.Si los adultos no advierten esta naturaleza infantil, los enfrentamientos acechan; aunque algunos sigan opinando livianamente que se trata de niños "mal portados", "torpes" o que "les faltan límites".En su origen, el comportamiento humano requiere de albedrío y de espacios irrestrictos. Primero, la civilización, y luego, la urbanización y el progreso fueron acotando los sitios (en especial, los infantiles) hasta negar a la infancia misma.Sin embargo, y curiosamente, los chicos no nacen así. La vida intrauterina –transcurrida en un lugar pequeño y oscuro– es por demás incómoda y quieta. El cuerpo se adapta al exiguo espacio disponible. Esa posición fetal, modelada durante meses, permanece después del parto porque les resulta agradable. La "chuequera" de las piernas confirma el ahorro de espacio, así como otras deformidades leves. En la cuna, buscan los bordes, porque acurrucados intentan recuperan la contención que les daba el útero. Los padres –prolijos– los centran, pero ellos vuelven a arrinconarse.Alrededor de los cuatro meses de edad, comienza la gran transformación. Una energía diferente los invade. Gesticulan, menean el tronco, aletean, patean y se arquean. Nadie deja de preguntar si ese torbellino es normal. No sólo lo es, sino que marca la señal de demanda de espacios y libertad.La ropa representa su peor enemigo. Como el crecimiento de los primeros meses determina una gran masa corporal, el abrigo los agobia. Las prendas (capas de cebolla "para que no tomen frío") son una cárcel poco advertida por los cuidadores. Basta desabrigarlos para aliviar los signos más frecuentes de sofocación: sed, calambres, adormecimiento de los miembros y cefaleas.A los nueve meses, muchos ya gatean. Es entonces cuando su mundo se ensancha y dedican su tiempo a recorrer cada rincón, y encuentran objetos diversos: botones, papelitos, migas, comida de mascotas, alfileres o bichos bolita, que no dudan en masticar gustosos.Y este es sólo el comienzo. El pico de expansión física lo consiguen al caminar. Nada más liberador para un bípedo que avanzar por primera vez, sin sentido, hacia cualquier lugar y nunca detenerse.Esa pulsión de búsqueda (deseo irrefrenable que predomina al año de edad) choca contra la ilusión de los padres de pausa y orden. Pero ya nada volverá atrás. Los chicos descubrieron que hay un mundo por conocer y cada día ensayan diferentes acrobacias que amplían los límites. Y siempre dejando en claro que deben probar el sabor, la dureza y la resistencia de todo lo que encuentren.Los varones suelen ser exploradores más enérgicos que las niñas, aunque ninguno queda al margen de la búsqueda y el movimiento perpetuos.Quienes comprendan esa necesidad básica infantil celebrarán la normalidad. Pero quienes pretendan adiestrar en el orden y la pulcritud entrarán en conflicto.Más adelante, los chicos encontrarán innumerables espacios que desafían su naturaleza exploradora: viviendas pequeñas, veredas inseguras, plazas riesgosas, aulas saturadas.Por su bien, su educación, y para convivir, terminan forzados a adaptarse a la estrechez espacial y, así, los síntomas de encierro surgen inevitables.La realidad dice que, en algunos casos, no hay alternativa. Pero la limitación de los espacios infantiles ¿no es otra manera de negar la infancia?

*Médico