Espejismos argentinos
Los protagonistas de Mayo son reconocidos, pero resulta difícil imaginar al pueblo variopinto que los miraba actuar. Ángel Stival.
No resulta fácil imaginar a los habitantes de aquella Santa María del Buen Ayre, ni tan santa ni con tan buen aire, que cavaron los cimientos de la República Argentina. Poco tenía que ver esa aldea enfangada de 10 kilómetros cuadrados, con apenas tres cuadras mal empedradas con piedras traídas de la isla de Martín García e inundada por el olor penetrante de los saladeros, con la orgullosa Buenos Aires actual.
La Argentina fue el título del poema histórico que Martín del Barco Centenera dedicara en 1602 a estas tierras ubicadas en el confín de la mar. El nombre proviene del latín argentum (plata), con el que españoles y portugueses denominaron a ese ancho río, no por el color de sus aguas, que eran -y son- marrones, sino porque creían que los conduciría a soñadas minas de plata.
Después, los constituyentes le agregaron República, institución que a lo largo de una historia más bien azarosa fue convertida muchas veces en un espejismo más grande que El Dorado.
Conocemos a aquellos criollos de 1810, enardecidos por la exclusión de los asuntos públicos y el comercio a que los condenaba el yugo español. Pero muy pocos nos han mostrado a quienes los miraban a ellos, con el asombro pintado en sus ojos.
En su Historia de la vida privada en la Argentina , Ricardo Cicerchia nos acerca imágenes subyugantes de la vida social y las diversiones de las clases populares que, ya entonces, se arrojaban a los brazos pecaminosos del fandango y del candombe. Cicerchia atribuye a Concolorcorvo la siguiente descripción de sus instrumentos musicales: "La quijada de un asno, bien descarnada, con su dentadura floja, son las cuerdas de su principal instrumento, que rascan con un hueso de carnero, asta u otro palo duro, con que hacen unos altos y triples tan fastidiosos y desagradables que provocan a taparse los oídos o a correr a los burros, que son los animales más estólidos y menos espantadizos".
Suena en el mismo tono de algunas críticas actuales a ciertas músicas "ruidosas". Es probable que la mayoría de quienes protagonizaron la Semana de Mayo tuviera en cuenta a estas clases postergadas.

