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Enredada

Desde que las redes sociales son redes sociales, no existe una sola a la que haya podido resistirme.

03 de septiembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Enredada
Ilustración de Juan Delfini.

Desde que las redes sociales son redes sociales, no existe una sola a la que haya podido resistirme. Primero fue por una cuestión generacional: la curiosidad de la juventud y mi amor adolescente por el dueño del cyber del barrio me volvieron una ferviente usuaria y registradora compulsiva de toda bitácora virtual que aparecía en pantalla. Pero los años pasaron, el chico del cyber se casó con su por entonces ex, desapareció Fotolog (Cumbio, incluida), chau My Space y, en lo que a mí respecta, nunca se me fue la manía de loguearme en cuanto invento virtual social saliera a la luz.Ya con mi juventud en vías de extinción, comencé a justificar la utilización de Facebook, Twitter e Instagram "por cuestiones laborales".A diferencia de años anteriores, en los perfiles me presentaba con nombre, ocupación y fecha de cumpleaños, pero ya no con el año de nacimiento (cada uno pasa los 30 como puede).Pese a la excusa "laboral", la verdad es que mis perfiles pocas veces tuvieron que ver con mi trabajo como periodista, sino más bien con una catarata de ocurrencias y estupideces sin filtro destinadas más a divertirme que a aportar algo valioso a la humanidad virtual (valga la contradicción). Corazón partío Hace unos días, una sucesión de hechos desafortunados me llevaron a pensar que lo mejor sería suspender por tiempo indeterminado mi versión virtual.Básicamente, la gota que rebalsó el vaso fue que me rompieron el corazón. Esa situación que pasamos tantas veces en la vida los menos afortunados y por la que, según dicen, nadie ha muerto (pero uno igual redacta el testamento entre lágrimas, segura de que la Parca lo espera al final del paquete de pañuelos descartables).Entonces, con el corazón en pedazos y la foto de perfil del responsable de la masacre ante mis ojos, me puse a pensar en lo difícil que es romper lazos amorosos en épocas de redes sociales y buscadores de Pokémon. Décadas atrás, dejar de ver a una persona después de un desencuentro amoroso se limitaba a evitar "el cara a cara". A lo sumo, alguno más perseverante daba un par de vueltas a la manzana para pasar por la puerta de la persona amada o marcaba el número de teléfono para poder escuchar su voz una vez más, pero no lo tenían en el inicio del Facebook todos los malditos días. No es loco pensar, entonces, que de alguna manera el desamor es más jodido hoy que nunca. No volver a ver a otro (virtualmente) requiere una fuerza de voluntad marca Acme, tamaño caballo de Troya. Porque en situaciones de desamor, uno corre el riesgo de convertirse, sin querer o queriendo, en un stalker (persona que vigila por internet a otros, sobre todo a través de las redes). Y eso fue lo que efectivamente me ocurrió.Pasé por momentos de dudosa dignidad ejerciendo un zapping frenético entre su cuenta de Facebook, Twitter e Instagram. También sumé una considerable cantidad de minutos observando cuánto tiempo permanecía "en línea" en WhatsApp.Pero hay más riesgos, aparte de ser una stalker , cuando se está triste y en red. A veces puede surgir el "derrape virtual", que tiene varias modalidades: cuando a la madrugada y al alcance de un clic, te debatís si publicar un tuit con un mensaje al mejor estilo Bucay, o no. O postear en Facebook un tema cuya letra habla de una mujer como vos y un hombre como él que le rompió el corazón. Y también está Instagram, donde subís una foto vestida con tus mejores pilchas y con cara de "esta noche se sale a full " y después te ponés el pijama y te vas a dormir.Luego de mucho esforzarme por no caer tantas veces en los derrapes antes mencionados, opté por lo sano (no, no superé con madurez la ruptura): suspendí las redes sociales en las que más presencia tengo, desinstalé las aplicaciones del teléfono y disminuí a lo indispensable el uso de WhatsApp. Demasiado "smart" Lo primero que me llamó la atención cuando dejé de ser parte de la comunidad de las redes sociales fue lo inútil y ágil que se volvió mi celular ( smarthphone ). De pronto, el único uso que tenía era el de despertador, agenda, radio y no mucho más. Ya de por sí recibía pocas llamadas y mensajes de texto, así que caí en la cuenta de que tenía un aparato sobrecalificado, demasiado smart y demasiado phone para mi actual estado. Si hasta la cámara de fotos resultaba innecesaria: ¿para qué sacarle una instantánea a mi encantador perrito si no podía subirla luego a Instagram para que la llenen de corazones?Además de volver inútil mi smarthphone , haber abandonado las redes sociales tuvo un impacto negativo en mi vida social. Tampoco es que asistía a más eventos que Calu Rivero, pero siempre había alguna excusa para dejar el hogar y las pantuflas.El tema es que con la retirada de Face­book también se fueron las "invitaciones" a los eventos y ya no tenía manera de enterarme (fácilmente) de qué estaba haciendo la gente que antes compartía cosas conmigo de forma natural. Porque esa gente no te llama, no escribe mensajes de texto, sino que usa la red de Mark Zuckerberg, o Twitter, o Instagram, que también es de Mark. ¿Les dije que odio a Mark? Solita mi alma Que las redes son un lugar propicio para el chamuyo, no es novedad. De hecho, hay aplicaciones como Tinder que van directamente a los bifes y son muy usadas (obvio, ahí también me hice un perfil).Usted se preguntará entonces quién, con el corazón roto, se va de los lugares donde es más factible conocer a alguien, encontrar el clavo que saque al otro clavo. Bueno, yo lo hice. Listo, lo dije, lo escribí, lo admito.Ocurre que no me percaté del poder de levante de las redes hasta que no estuve más en ellas. Porque si bien una no es lo que se dice una sex symbol , es sabido que en épocas de soltería una buena selfie puede cosechar varios likes y luego alguna que otra invitación a tomar una cerveza.Pero selfie sin red social es como salir a pescar a la bañera de la casa. Volver Hace una semana que no tengo Facebook, Twitter, Instagram y casi no uso WhatsApp. Tampoco tengo vida social, saliente, huesito, clavo para sacar otro clavo ni nada que se le parezca.Eso sí, tengo el celular más rápido de la ciudad. Y hasta que alguien me lo arrebate en la calle o lo pierda en un descuido (lo que suele pasar con frecuencia), me conformaré con saber que tengo el más smart de los phone .