Elegir los métodos
La intolerancia, el autoritarismo y la división deliberada pesan sobre la memoria de los que vivimos etapas similares con resultados dolorosos.
El clima de intemperancia que promueve de forma permanente la presidenta Cristina Fernández se derrama de modo irremediable a toda la sociedad. Su equipo de gobierno debe asumir el mismo tono, sus organizaciones políticas militantes deben compartir esta línea de acción política de confrontación constante.
Los partidos de oposición se ven obligados a responder; la sociedad toda queda atrapada en este escenario bipolar, empujada de manera sistemática a tomar partido y establecer una grieta entre amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo, etcétera.
Este estado de crispación se naturaliza y pasa a formar parte de la vida cotidiana; el discurso presidencial poselecciones es un claro ejemplo de este estado de cosas: la descalificación vergonzante de los candidatos a diputados nacionales rotulándolos de suplentes, la falta de respeto a los votantes que expresaron su voluntad y, en síntesis, el desprecio por el sistema democrático.
Esta forma de impulsar la división entre amigos y enemigos desnaturaliza la convivencia y convierte al hecho de las elecciones ya no en un ejercicio de derechos y obligaciones, con ganadores y perdedores, sino en un hecho beligerante entre victoria o muerte.
Esta metodología, asumida desde la máxima investidura nacional –sumada a amenazas veladas de pérdidas de condiciones de vida de amplios sectores de la sociedad–, abona un peligroso estado de enfrentamientos, con desarrollo y resultados insospechados.
La intolerancia, el autoritarismo y la división deliberada pesan sobre la memoria de los que hemos vivido etapas similares, con resultados profundamente dolorosos.
Sin expresarlo de forma abierta, el sólo sugerir la profundización de las diferencias, en términos de enfrentamiento, constituye una enorme irresponsabilidad y una apuesta de altísimo riesgo para la sociedad.
La ambición debe tener límites dados por el cuidado extremo de la vida y la integridad de las personas.
No basta el carácter y el temperamento; se necesita un profundo sentido humanista en el ejercicio de la autoridad como funcionario público, para evitar la frecuente confusión entre Estado, gobierno y partido de gobierno.
*Candidato a diputado nacional por la Coalición Cívica ARI Córdoba.

