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Crónica. El tío Pipo

Sostengo que los verdaderos amigos son esos: quienes vencen la frialdad del paso del tiempo. Los que se encuentran luego de dos años y no hay silencios incómodos.

10 de octubre de 2025 a las 10:50 p. m.
El tío Pipo
Días Contados. (Ilustración de Juan Delfini)

Yo creo que no debe de haber algo más gratificante para un tipo que no tiene hijos que ver a dos criaturas saltar del sillón apenas lo ven llegar, y a los gritos:

–¡Vino el tío Pipo!

Se abalanzan las dos sin casi dejarle tiempo para sacarse la mochila y le tiran los lentes de sol al piso.

Lo más gratificante para este tipo debe de ser que ni siquiera es el tío legal, por decirlo de alguna forma, ya que no los une ningún lazo sanguíneo ni familiar. El árbol genealógico pasa muy lejos.

Pero acá lo que une a esas dos niñas que corren a abrazarlo es un lazo de afecto, de cariño, de amor genuino por un tipo que se transformó en familia.

Retroceder 20 años

Para el comienzo de esta historia, hay que viajar unos 20 años atrás, a una cabina de prensa del estadio de Estudiantes de Río Cuarto.

Instituto jugaba un amistoso de pretemporada sin ninguna importancia contra el cuadro local. Y viajamos para cubrirlo.

Mientras las radios acomodaban los cables para transmitir un cotejo cuya existencia nadie debe de recordar, este personaje se metió a los gritos en mi cabina.

–¿Vos sos Hernán Laurino? –fue la pregunta, sin mediar ningún “hola”.

La respuesta fue un “sí” dudoso, por temor a algún improperio, pero lo que vino fue una palabra de elogio de un lector de aquellos tiempos en los que salía una pequeña foto nuestra en una nota firmada. No había Instagram ni streaming para que la gente nos conociera el rostro.

Este tipo era un relator muy joven y bohemio que estaba comenzando su camino en una radio cordobesa que apenas le daba plata para el pancho y la gaseosa.

Era todo pasión. El tipo quería ser Osvaldo Wehbe en una de las tantas vidas que vivió desde que sus padres lo trajeron al mundo.

Una misma conversación

El tipo se llamaba José Santiago, o al menos ese era su nombre artístico como relator. También se llama Santiago Salguero, o simplemente “Pipo”. Ahora, el tío Pipo.

Lo cierto es que esa charla de cabina terminó en una cerveza posterior y una conversación interminable.

El fútbol, la vida, la música, las minas, la amistad, “el Turco” Wehbe, Houriet, Maradona, Salzano, Leila Guerriero y mil más.

Estoy convencido de que esa charla dura ya 20 años. Porque siempre seguimos conectados en esa misma conversación.

De aquella charla y posterior intercambio de textos se le abrió la posibilidad de ser redactor en un diario. Fuimos compañeros de oficio en una etapa mágica. Guardamos algunas fotos y miles de momentos hermosos, entre noticias, entrevistas y cierres frenéticos.

De alguna forma, era su editor antes que los jefes: en silencio, me metía a corregir sus notas antes de que las entregara, para enmendarle los errores.

El tipo escribía con el corazón, con las tripas, aunque a veces se olvidaba de poner correctamente el apellido del entrevistado.

Cada domingo, después del cierre, nos esperaba la mesa del querido bodegón Los Infernales para continuar la charla entre empanadas y vinos. Fue un deleite.

Luego, su incansable espíritu bohemio lo llevó a vivir otras vidas. Viajó; se enamoró; se compró una Traffic para recorrer América leyendo y regalando libros; lo dejaron; se enamoró otra vez; viajó más lejos; fue mozo frente al mar; lo volvieron a dejar.

Hasta que volvió.

En todo ese tiempo, jamás se terminó esa conversación eterna nuestra. Cada encuentro, personal o virtual, siguió siempre en el mismo punto. Como si cada vez que nos veíamos no hubiera transcurrido el tiempo.

Todo está intacto

Sostengo que los verdaderos amigos son esos: quienes vencen la frialdad del paso del tiempo. Los que se encuentran luego de dos años y no hay silencios incómodos. Todo está bien. Todo está intacto.

Yo también cambié, me moví y envejecí desde aquella primera charla en una cabina en Río Cuarto. Entre tantas cosas que pasaron, tuve dos hermosas hijas.

Ellas son las que reciben en casa, a los gritos, al tío Pipo, que las abraza y se pone a jugar con ellas. Les pregunta cómo están y las lleva a tomar un helado.

Yo los miro caminar a los tres desde lejos, mientras se ríen. Son esos momentos en los que te abrazás a todos los pasos que diste. A los correctos y a los incorrectos. Y te amigás con la vida.

No debe de haber nada más hermoso para un tipo que ser querido así. Por dos niñas que entregan cariño genuino a un tío que no es su tío. Al amigo de papá. Al tío Pipo.