El tesoro de las letras
En tiempos donde la expresión “la caja del tesoro” remite, en la mayoría de los casos, al depósito de un caudal monetario, atesorar las palabras de los escritores es, cuanto menos, un gesto que nos devuelve a la humanidad del lenguaje convertido en arte.
Digo esto porque el pasado 22 de enero han ingresado a la Caja de las Letras del Instituto Cervantes fragmentos de la obra de Alejandra Pizarnik y de la cordobesa María Teresa Andruetto, en una ceremonia que ha presidido el director de dicho instituto, el poeta Luis García Montero.
Estos fragmentos de las escritoras argentinas que se entregan en custodia al instituto (en el caso de Pizarnik, sine die y en el caso de Andruetto, por 30 años) han constituido el segundo homenaje en el Programa Rumbo al VIII Congreso Internacional de la Lengua que se celebrará en marzo de 2019 en la Ciudad de Córdoba.
De la obra de Pizarnik se han elegido, in memoriam, pequeños dibujos, manuscritos y dedicatorias; y de la obra de Andruetto, un ejemplar en miniatura de la novela Stefano, una colección de tarjetas ilustradas y una copia del discurso que dio al recibir el premio Hans Christian Andersen.
Mirado en su superficie, el acto de depositar manuscritos, cartas, cuadernos de notas y hasta objetos personales –como la pipa del dramaturgo Buero Vallejo– que pertenecen o pertenecieron a artistas y científicos de la cultura del mundo hispanohablante parece una trivialidad sostenida en el afán de la acumulación. Sin embargo, el ritual en sí mismo es una declaración sobre el merecido tributo necesario para quienes, desde distintas esferas del saber, nos han interpelado e interpretado con las palabras de esta lengua hispanoamericana que habitamos.
Los legados que se han depositado en esta última década ponen en impredecible diálogo la obra de un grupo de escritores americanos como los chilenos Nicanor Parra y Jorge Edwards, los mejicanos José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska, el nicaragüense Sergio Ramírez, el colombiano Gabriel García Márquez y los argentinos Juan Gelman, Atahualpa Yupanqui y ahora Alejandra Pizarnik y María Teresa Andruetto.
El ritual con que se atesora ese legado en la Caja de las Letras mira en dos direcciones: por un lado, imprime la huella de nuestro tiempo hacia los lectores que vendrán; por otro, codifica en esos textos y objetos la memoria de los pueblos que se expresan en la voz de sus escritores.
La materialidad significante de estas “cajas del tesoro” guarda la chispa del tesoro de la creación, afirma el valor de la palabra poética y a la vez da testimonio de cómo nos pensamos y decimos las mujeres y los hombres de estas latitudes, en la lengua común que nos hermana.

