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El recuerdo de Grinspun que sobrevuela a Prat Gay

El gran desafío de Alfonso Prat Gay es librarse del fantasma gradualista que dejó aquel primer equipo económico de la democracia.

09 de marzo de 2016 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma | Periodista, investigador adscripto en el programa Historia Política de Córdoba, Centro de Estudios Avanzados de la UNC
El recuerdo de Grinspun que sobrevuela a Prat Gay

En las últimas semanas, el problema inflacionario hizo empalidecer al resto de los temas acuciantes de la compleja agenda nacional. Las alzas provocadas por los formadores de precios, justificadas por el sinceramiento cambiario tras la liberación del cepo (aunque en muchos casos parecen más bien clásicas actitudes ventajistas del capitalismo criollo), indujeron un fuerte recalentamiento de la economía. Pero a la escalada inflacionaria le quedan, al menos, un par de peldaños. El primero son las facturas por consumo eléctrico, que harán tiritar los bolsillos de un significativo conglomerado social asentado fundamentalmente en el área metropolitana, el mismo que en los 12 años del extraño "federalismo centralista" de los Kirchner se acostumbró a consumir mucho y a pagar muy poco.Ahí nomás, sigue la definición de las paritarias en distintas áreas de la actividad económica; por lo que se nota, el anuncio sobre el Impuesto a las Ganancias no desinfló las pretensiones sindicales.Del lado empresarial, es esperable tras las paritarias que reaparezca el lamento clásico de un sector muy poco afecto a resignar márgenes de utilidad: "Las mejoras en los sueldos hacen inevitable trasladar los mayores costos a los precios". Y así seguimos.Pero la actitud de Mauricio Macri y sus funcionarios económicos es bien opuesta a la de Cristina Fernández y su fiel Axel Kicillof. Las nuevas autoridades admiten el problema, están preocupadas por la dificultad para ponerlo bajo control y hasta parece que el propio Gobierno incentiva la instalación del tema en la agenda pública. ¿Será una hábil estrategia para preparar a la sociedad con vistas a métodos menos gradualistas en el futuro?El escenario actual recuerda otro momento de la historia argentina en el que se discutió mucho si el mejor camino era el gradualismo o un plan de shock para cortar de cuajo la inercia inflacionaria. Ese momento es la primera fase del gobierno de Raúl Alfonsín, que luego desembocó en el Plan Austral.Es necesario recordar que cuando Alfonsín llegó al poder encontró una economía totalmente descalabrada. La deuda externa había alcanzado en 1983 los 46 mil millones de dólares y la inflación anual era exorbitante: ese año terminó por encima del 400 por ciento anual.

El estigma de Grinspun

El primer ministro de Economía de ese gobierno radical fue Bernardo Grinspun, economista del Movimiento Nacional de Renovación y Cambio, orientado por los principios de la Comisión Económica para América latina y el Caribe (Cepal) y 
el keynesianismo latinoamericano.

Si queda alguna duda sobre el perfil de aquel equipo económico, sólo basta recordar que contaba con el asesoramiento del economista cepaliano Raúl Prebisch.

Los objetivos del Gobierno eran la reactivación de la economía, el incremento de los salarios reales y la eliminación de la fastidiosa inflación, preocupaciones nada diferentes a las de estas épocas.

Para cumplir esas metas, el equipo económico se propuso recortar el gasto público y, por esa vía, disminuir el déficit fiscal del 14 por ciento al cuatro por ciento a fines de 1984, además de reducir un 50 por ciento la tasa de inflación, disminuir las tasas de interés e incrementar entre seis y ocho por ciento los salarios reales.

El otro frente de conflicto, por supuesto, era la deuda externa, asumida en principio como un problema político.

Si había algo que fastidiaba a Grinspun (también a Alfonsín, claro), era la inevitable presencia del Fondo Monetario Internacional (FMI) en medio de las negociaciones con los acreedores del país.

El problema es que tales acreedores no estaban dispuestos a negociar sin que el gobierno argentino tuviera el visto bueno de ese organismo. Para colmo de males, Argentina no logró formar un frente común con otros países endeudados de la región, para afrontar el problema de la deuda desde una posición más sólida.

La estrategia gradualista de Grinspun fracasó: la inflación aceleró su trayectoria ascendente y las metas de reducción del déficit no se alcanzaron. El FMI bajó el pulgar y se complicó el frente externo.

La consecuencia fue el Plan Austral, una batería de medidas de

shock

que muchos ponderaron técnicamente, pero resultó en algún momento incompatible con las necesidades políticas de Alfonsín, y también terminó estrellado.

Contra el fantasma

El gran desafío de Alfonso Prat Gay es librarse del fantasma gradualista que dejó aquel primer equipo económico de la democracia.

El escenario no es el más sencillo, porque el margen político y social que tiene el actual Gobierno es mucho más estrecho que en los tiempos de Alfonsín. El propio ministro de Economía de Macri advirtió hace algunos días: “Si quisiéramos bajar la inflación en dos meses, la única receta es el ajuste”.

Prat Gay sabe que está entre la espada y la pared. Por un lado, tiene la obligación de facilitarle la supervivencia política a Mauricio Macri, evitando el incremento de la inflación sin provocar recesión y desempleo y permitiendo que el Gobierno no le sirva argumentos de presión al sindicalismo, que es muy consciente del poder que recobra cuando los habitantes de la Rosada son de signo político no peronista.

Por otro lado, acechan los economistas ultraortodoxos, que no entienden mucho de cuestiones políticas y reclaman menor delicadeza para domesticar el déficit fiscal y, por ende, la inflación.

Y a esto hay que sumarle formadores de precios indomables y la sospecha de que los dueños de agrodólares están siempre dispuestos a especular con un tipo de cambio más alto para abrir su billetera. Sólo un buen equilibrista estará a salvo del abismo y de los cocodrilos que esperan abajo.