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El placer de viajar en taxi

Aventuras y desventuras de ser pasajero de taxi en la ciudad de Córdoba. Además: Episodio bélico en la peatonal.

28 de marzo de 2015 a las 12:01 a. m.
El placer de viajar en taxi

Malos papeles E l viaje en taxi que más recuerdo es uno que hice con mi exmujer, después de pasar una mañana completa haciendo un trámite en el CPC de la ruta 20 . Sabíamos que la mecánica de los CPC es perezosa y que un simple timbrado en ventanilla puede transformarse en una pastosa jornada burocrática. Ese día yo había olvidado un papel amarillo que tenía que llevar, pero no dije nada porque me di cuenta tarde, cuando ya estábamos en la fila. La cola avanzaba con lentitud y, mientras más nos acercábamos, más pensaba yo que esa hoja amarilla que había olvidado era crucial y que por ende no había forma de que termináramos el trámite. Igual me aferré hasta el último instante, apostando a la posibilidad de que omitieran ese detalle. Pero la mujer que nos atendió se plantó. Cada vez que yo intentaba explicarle, ella se limitaba a señalarme una hoja fotocopiada donde decía (subrayado y en negritas) que no se permitía ni siquiera comenzar el trámite sin la hojita amarilla que descansaba sobre mi mesa de luz.Mi exmujer y yo emprendimos la retirada y empezamos a discutir. Mi forma de lidiar con los problemas siempre es la misma: hay que negar todo.Salimos del CPC y yo defendía lo indefendible. Paramos un taxi y regresamos a casa. En ningún momento di el brazo a torcer e hicimos todo el viaje esgrimiendo nuestros argumentos. Los míos, huelga la explicación, eran inútiles, pero me mantuve estoico hasta que llegamos. Cosa del destino Al día siguiente, decidimos probar suerte otra vez, así que nos encontramos en el centro y tomamos un taxi en 9 de Julio y Tucumán para ir otra vez al CPC. –¿Trajiste el papel amarillo? –quiso saber ella.–Creo que sí –contesté, mientras revisaba mi bolso.Mi ex revoleó los ojos, resopló, y antes de que atinara a retrucarme algo, el chofer se dio vuelta y dijo:–Se los pido por favor, no empiecen a pelearse como ayer.En una ciudad grande, las chances de tomar el mismo taxi dos veces en dos días seguidos son pocas. Pero puede pasar. Dimensión desconocida A mí me gusta tomar taxis. Algunos choferes son abrumadoramente conversadores, pero otros son mudos como una momia. En lo personal, prefiero a estos últimos, pero es sabido que cada viaje es una lotería. En el momento mismo en que vemos las balizas como respuesta a nuestro brazo en alto, sabemos que estamos a punto de vivir una experiencia con un perfecto desconocido y que, por el tiempo que dure la travesía, nuestro destino está en manos de esa persona. Los choferes viejos son mis preferidos: tienen aplomo y conocen todos los atajos. Pero en más de una oportunidad he viajado sobre amarillos que, apenas uno suelta la dirección de destino, salen disparados como flechas entre el tráfico.No suelo sentirme cómodo con los intrépidos; a decir verdad, me llevo bastante mal con los adeptos al zigzag y a la adrenalina de andar como un balazo entre las calles, rozando los espejos retrovisores de los demás autos.Y como cada viaje es una dimensión desconocida, toda vez que subo a un taxi me embarga el vértigo que debe sentir un ludópata frente a una ruleta. La ventaja de ser barbudo Bella Vista tiene mala fama. Es un barrio hermoso, con una poderosa tradición pero una pésima prensa. Viví en Bella Vista unos años, y una noche le hice señas a un taxi sobre la Julio A. Roca para que me llevara al centro. El barrio estaba a oscuras porque se había cortado la luz, así que el auto se detuvo con recelo. Me subí y, a modo de saludo, el tipo me dijo:–No iba a parar, pero te levanté porque tenés barba.–…–Los choros no usan barba –me instruyó.Para dejar en claro que iba en serio, el tipo sacó de la guantera un pistolón de grueso calibre y lo blandió frente al espejo retrovisor:–A mí no me agarran desprevenido –dijo con el trabuco en la mano, antes de apagar la luz de "libre".En todo el trayecto no dije ni mu. El cantante He tenido chance de viajar con tipos que traen la radio a todo lo que da y el viaje entero es como estar atrapado dentro de la cabeza de Mario Pereyra. He viajado en coches limpios y con aire, pero también en autos destartalados aunque dignamente perfumados con embriagante olor a pinito. Me gusta entrevistar a los taxistas, preguntarles quiénes son los de la foto pegada a la guantera, por qué llevan un trapo rejilla sobre el espejo lateral, por qué usan una manga cortada sobre el brazo izquierdo, y qué quiere decir "QTS", "QRL" y todas esas cosas que les dice la voz metálica del operador.A veces, para hacer más ameno el viaje, me invento un personaje y entablo conversación con el chofer para pasar el rato. Una vez me tocó viajar con un muchacho que cantaba. Entonaba canciones con esmero, tal vez para hacerme llevadero el trayecto, pero el resultado era precisamente el opuesto.–Cantás muy bien –mentí–. ¿Te interesaría hacer una prueba para entrar en un grupo?El tipo se calló y me relojeó por el espejo. Yo sabía que para que no volviera a cantar tenía que seguir hablando, así que le dije que era manager de varios grupos musicales.A medida que avanzábamos entre el tráfico, yo seguía complejizando la mentira, añadiendo detalles para hacer más creíble la historia y para evitar que el tipo volviera a aullar. La maniobra dio resultado.Cuando llegamos a la dirección a la que iba, me bajé y le pedí su teléfono así lo contactaba con un productor. A través de la ventanilla, me miró por última vez y me dijo:–Qué va sé mánayer vo, che gordo boludo. Ventanillas bajas Me he pasado buena parte de mi vida en taxi. He chapado con fruición en sus asientos traseros en alguna madrugada generosa en la que una señorita con los frenos inhibitorios deprimidos por la sucesión de brindis en alguna fiesta dejó que me abalanzara. Me sangran los oídos de tantas anécdotas que escuché sobre relaciones sexuales ocasionales en las que mujeres fatalmente bellas convierten al conductor en amante ocasional con el que realizan todo tipo de proezas sexuales. Y cada historia me parece bellísima, tierna, inolvidable.Claro que hay días largos y flaquea la paciencia. Entonces, la posibilidad de tener tiempo para reposar la cabeza en silencio es un oasis. A veces, cuando esos días me ponen en aprietos, anhelo al chofer con aplomo y enamorado del silencio.Me gustan mucho esos viajes en los que la ciudad pasa rasante y la ventanilla del auto baja hasta desaparecer, sin dejar ese triángulo escaleno de vidrio donde es imposible apoyar el codo.

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