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El modelo K y la psicopatología del poder

A partir de 2008, todo cambia en el seno del kirchnerismo, y aparecen una concentración personalista de poder y una marcada prepotencia y arrogancia en su ejercicio. Juan Carlos Vega.

08 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Juan Carlos Vega*
El modelo K y la psicopatología del poder

La psicopatología es el estudio de las causas y la naturaleza de las enfermedades mentales.

Cuando esa enfermedad la padecen quienes ejercen poder, se denomina psicopatología del poder. Poder implica dominación y no es una noción exclusiva de lo gubernamental, sino que se aplica a toda relación mando-obediencia.

Pero no todo poder enferma: sólo aquel que se ejerce de manera absoluta y sin controles.

El núcleo central de esa psicopatología está dado por la falta de límites y la eternización en el ejercicio del poder.

El escritor inglés George Orwell, en su novela  1984 , analiza esa psicopatología del poder con el realismo que sólo logran los grandes literatos.

Según él, las variables constantes de esta enfermedad del poder son la construcción de un relato heroico, el “Ministerio de la Verdad” y la “Policía del Pensamiento”.

No se trata de desestabilizar o de asustar al lector con esta referencia porque, gracias a Dios, aún estamos lejos del mundo de Orwell. Pero son precisiones necesarias, ya que los argentinos tenemos una larga historia de desmemorias y una fácil convivencia con los autoritarismos.

El modelo K lleva nueve años en el ejercicio del poder, es heredado de esposo a esposa y nace de una crisis global de legitimidades generada en el default de deuda soberana más grande del siglo 20.

Toda legitimidad fue cuestionada en 2001. Lo que Michel Foucault llama la “microfísica del poder”. El que se “vayan todos” se refería a toda la dirigencia: la política, la empresarial, la judicial, la religiosa y la intelectual.

Allí emerge el kirchnerismo, con acertadas políticas públicas que generan un sostenido crecimiento del producto interno bruto (PIB) a tasas chinas, equilibrios de balanzas comerciales y de pagos, una valiente negociación de la deuda en default y una impronta ética expresada en el cambio de la Corte Suprema de Justicia.

Pero, a partir de 2008, todo cambia, y aparecen una concentración personalista de poder y una marcada prepotencia y arrogancia en su ejercicio.

El poder se enferma en 2008. Su expresión máxima es cuando se decide transformar al fallecido Néstor Kirchner en héroe colectivo, a imagen de Josef Stalin o de Fidel Castro, y la banda presidencial del segundo mandato le es entregada a la presidenta Cristina por su hija, con lo que se viola toda regla de legalidad.

Allí comienza a desaparecer para el poder todo registro de realidad y eso define una psicopatología del poder. Una concepción bélica de la política y heroica de las derrotas, muy cercanas a la violencia.

Falsa conciencia de que el poder “me pertenece” y de “que me iré cuando yo lo decida”. Falsa conciencia de que el voto popular todo lo puede y que los derechos humanos no son un límite a los abusos de poder, sino un instrumento de acumulación de poder.

Omnipotencia muy cercana al mesianismo religioso y, por cierto, un desprecio y una pública humillación a toda crítica al poder, sea política o extrapolítica.

Esa psicopatología impacta de lleno en la vida económica, jurídica y social de los argentinos. Lo más grave es el efecto contagio.

Gran parte de la oposición parlamentaria y extraparlamentaria se ha contagiado y no logra articular propuestas alternativas ni construir alianzas ni liderazgos confiables.

Hoy, en la Argentina no existe contradiscurso, ni económico, ni político, ni menos aun cultural. Todo pasa por la dialéctica amigo-enemigo.

No repetir errores. El problema argentino no es económico ni ideológico, sino político y, más aun, cultural. La dialéctica liberación o dependencia en este siglo es entre legalidad y autoritarismo. Esa es hoy la expresión de izquierdas y derechas.

Basta ver el escenario del siglo que vivimos para advertir que los países que garantizan en serio desarrollo económico, justicia social, calidad de vida y derechos humanos son los países nórdicos y no Venezuela, ni Dubai, ni Angola.

Aquellos deberían ser los modelos de Argentina en el siglo 21. Países con bajísima corrupción, Justicia independiente y cultura de la legalidad.

Los regímenes autoritarios de derecha o de izquierda, fundados o no en el voto popular, sólo garantizan riquezas extremas, pobrezas extremas y Justicia del poder.

Argentina en el siglo 21. Este es un siglo caracterizado por un creciente consumo de proteínas animales y vegetales y de agua dulce. Todo lo que tenemos los argentinos.

India y China incorporan anualmente a este consumo a más de 20 millones de personas. Pero ese nuevo mundo exige respeto a la ley y control a los abusos del poder. Sin esas reglas, no se ingresa a la modernidad del siglo 21.

En la Argentina, un 15 por ciento de nuestros compatriotas goza de extrema riqueza y un 25 por ciento sufre pobreza e indigencia. El 65 por ciento 
restante somos la clase media.

Es hora de decidir en qué modelo de país queremos vivir. Pero que quede claro que los países con reelección sin límites son: Emiratos, Arabia Saudita, Irán, Angola, Corea del Norte, Cuba y Venezuela. Y que quede claro que los exiliados del terrorismo de Estado argentino no fueron a estos países, sino que pidieron asilo en Suecia, España e Italia.

Una reelección sin límites es la mayor prueba de una psicopatología del poder.

* Ex presidente de la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados de la Nación y presidente del Servicio Argentino de Derechos Humanos.