El mando y la comprensión
El habla reviste vital importancia en la relación. Un varón dijo en la oficina: “En mi casa mando yo”, y se vio obligado después a seguir mintiendo. Arnaldo Pérez Wat.
Al bajar la escalera del palacio de Schönbrun, de Viena, Mozart, el niño prodigio, tropezó y María Antonieta, que tenía un año más que él, lo ayudó a levantarse. El pequeño la miró con ternura y le dijo: “Gracias; cuando sea grande, me casaré contigo”.
El compositor, después de andar por el cielo de la música, murió a los 35 años; y ella fue ejecutada a los 37.
El diálogo entre dos pequeños no puede considerarse una promesa. Y, si no hablamos del todo en serio, entre adultos, el hombre que promete mucho antes de casarse, debe prometer mucho para divorciarse.
El habla reviste vital importancia en esa relación. Un varón dijo en la oficina “En mi casa mando yo” y se vio obligado después a seguir mintiendo. Otro más sincero explicó: “Mientras yo estoy trabajando aquí, mi mujer hace lo quiere, y cuando vuelvo a casa, yo hago lo que ella quiere”.
Se precisa mucha prudencia para gobernar una familia, como para gobernar un Estado. El político desconfía de sus colegas, pero disimula su desconfianza. El buen padre no disimula y confía en el cariño de los suyos, pues en ese amor tiene valor dicha confianza.
En lo atinente a quién lleva los pantalones, las mujeres más inteligentes proceden de tal forma que parece que obedecieran; sin embargo, al final se hace lo que ellas desean. Y muchos maridos muerden el anzuelo; esto es, confían en que su mujer cree que él es el jefe. Cuando se da cuenta de que no es así, es él quien tiene el problema de que ella no se dé cuenta de que él se dio cuenta.
Ahora bien, en estos casos, las mujeres absorbentes o pulpos, atienden muy bien a su pareja: tienen la ropa siempre lista, le cocinan lo que le pide, etcétera. Pero en la realidad, esto no dura. En nuestra sociedad, lo más probable es que si a un hombre le llevan el desayuno a la cama, es porque está internado.
En efecto, tres jubilados dialogaban en una plaza:
–Ahora estos jóvenes tienen de todo: lavarropas automáticos, máquinas para licuar o hacer puré. Yo me casé porque no disponía de todo eso y tenía que cocinar, lavar y coserme la ropa.
–Yo me divorcié porque también tenía que hacer todas esas cosas –añadió otro.
–Es que el matrimonio es una lotería: si uno no juega, no gana. Por eso me casé varias veces –agregó el tercero.
Se entiende por divorciada a una mujer que encontró al hombre que supo entenderla. Pero desde el punto de vista de las mujeres, el divorciado es un sujeto que no supo comprender a su mujer. Es que entender es más sencillo que comprender.
En la actualidad, al mundo le hace falta comprensión. Y aunque la comprensión absoluta es indecible, aunque siempre habrá secretos, será valiosa la respuesta ante el requerimiento del que espera.
Ello nos recuerda que cierta vez un individuo caminaba por una playa del Pacífico cuando se le apareció un hechicero similar a Aladino con su lámpara maravillosa, para que pidiese un solo deseo.
–Deseo –dijo el caminante– que me construya una autopista hasta Hawai sólo para mí, porque soy fanático del surf pero le tengo miedo a los barcos y me asusto en los aviones.
Aladino consideró que, sobre el mar, tal construcción precisa todo el dinero del mundo y le hizo notar otros inconvenientes mayúsculos. Que expresase, mejor, otro deseo. Luego de mucha discusión, el solicitante pidió:
–Entonces, quiero que me enseñe a comprender a mi mujer.
El mago se fue. A las horas retornó y dijo:–Esa autopista, ¿no puede ser una ruta de una mano? Usted dijo que era para ir solo...

