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El ideólogo de Putin

Alexander Duguin es considerado por diversos analistas como el “Rasputin de Vladimir Putin”, por la determinante influencia que sus ideas ejercen sobre el presidente ruso.

17 de agosto de 2014 a las 12:02 a. m.
Gregorio Hernández Maqueda*
El ideólogo de Putin

Si me viera obligado a elegir tan sólo un nombre que la civilización occidental deba conocer para comprender al incipiente tercer conflicto mundial, ese sería el de Alexander Duguin. Pero, ¿quién es, qué piensa y qué importancia tiene para el futuro de la humanidad este misterioso profesor de la lejana Rusia?

Duguin (Moscú, 1962) es considerado por diversos analistas como el “Rasputin de Vladimir Putin”, por la determinante influencia que sus ideas ejercen sobre el presidente ruso.

El fenómeno del “monje negro”, recurrente a lo largo de la historia, constituye una relación simbiótica, es decir de beneficio mutuo. Por un lado, los hombres políticos, pertenecientes al campo de la acción, se nutren de contenido ideológico por parte de personas del campo del pensamiento. Por el otro, estos últimos, carentes de legitimidad para gobernar, logran la apli­cación de sus ideas.

Eurasianismo

En una tribuna publicada el pasado febrero en el diario francés Le Monde,

el doctor en historia por la Universidad de Oxford, Timothy Snyder, denunció la peligrosidad de la ideología geopolítica ­desarrollada por Alexander Duguin. El eurasianismo.

Esta tesis promueve la necesidad de la creación de un gran imperio eurasiático, con eje en Moscú, para destruir la hegemonía liberal de Occidente.

De esta manera, Duguin sostiene que una telurocracia, imperio basado en el poder de la tierra, de tendencia autocrática, se enfrentará a la talasocracia, es decir el imperio basado en el poder del agua, de tendencia ­democrática.

En consecuencia, la unión de las naciones de Eurasia (Europa y Asia), bajo preeminencia rusa, conformará un bloque cuyo control de la mayor superficie terrestre del mundo venza al eje británico-norteamericano. En efecto, en gran medida, la for­taleza militar y comercial del segundo se funda en el dominio de los mares.

Por lo tanto, su teoría cuenta con dos planos: uno ideológico

y otro geopolítico; ambos di­señados como instrumentos ­para destruir el ethos cultural de Occidente.

La “cuarta teoría” –como también se denomina al eurasianismo– es postulada como la superación del liberalismo, el marxismo y el fascismo, aunque en realidad resulta una explosiva combinación de los dos últimos, potenciada por un alto componente antisemita.

Asimismo, Duguin, hijo de un exagente de la KGB soviética, invoca la necesidad de que el ­Estado reivindique sin vacila­ciones los territorios en los ­cuales habiten miembros de la “gran nación rusa” y los pueblos de raza eslava, incluidos los ­países del Báltico. He ahí la ­“plebiscitaria” anexión de Crimea, mayoritariamente de habla y origen rusa.

Reacción nacionalista

“Una potencia humillada es una receta peligrosa”, advierte el politólogo Héctor Schamis, en referencia al desplome del imperio soviético y el Pacto de Varsovia, luego de perder la todavía cercana Guerra Fría.

Esta observación, desde un análisis histórico, es determinante para comprender la psicología social imperante en el país más extenso del planeta.

En 1919, la proclamación de la primera república alemana y su constitución progresista, de la mano del Partido Socialdemócrata, significó un hecho inédito para aquella sociedad, acostumbrada a obedecer el dictado de un líder. Claro está, el Imperio Alemán acababa de perder la Primera Guerra Mundial.

El desenlace es conocido. En menos de 15 años, asfixia del Tratado de Versalles y gran depresión mediante, se generó la reacción nacionalista más brutal de la que se tenga memoria, lo que catapultó a Hitler al poder.

Algo similar ocurrió luego del derrumbe de la Unión Soviética. Excepto que su transformación fue aún más traumática. De monarquía feudal, pasando por una dictadura comunista, Rusia mutó al capitalismo democrático, bajo tutela de su archienemigo, los Estados Unidos.

Cuando se tiene un alto grado de orgullo nacional, la múltiple humillación que provoca una derrota política, económica y militar, la pérdida de espacio vital y la imposición de un nuevo régimen  se vuelve difícil de digerir.

En este sentido, Putin declaró en un reciente discurso: “La caída de la Unión Soviética fue la peor tragedia geopolítica del siglo pasado”. Esta expresión no tiene que ver con su nostalgia por la patria socialista, como se podría inferir. Por el contrario, se refiere a que son alrededor de 25 millones los rusos que quedaron fuera de los actuales límites del país que él dirige.

Primeros pasos

“La principal obra de Alexander Duguin, Los fundamentos de la geopolítica (1997), se acerca a las ideas de Carl Schmitt, destacado teórico de la política del Tercer Reich. El eurasianismo es el credo de toda una parte de la administración Putin (...). Duguin apoya abiertamente la división y la colonización de Ucrania desde hace años”, manifestó el escritor norteamericano en Le Monde, casi un mes antes de la anexión rusa de Crimea. Por tanto, la credibilidad de Snyder yace en su acertada anticipación.

Ahora bien, ¿será la partición de Ucrania por la mitad el próximo paso hacia la formación del imperio eurasiático? Distintos elementos indican que es probable que así sea.

Hay sobradas causas étnicas, lingüísticas, políticas, geográficas e históricas que pronostican una secesión. Al oeste del río Dniéper, se erige una Ucrania que mira a la Unión Europea. Al este, a Rusia.

A su vez, el atentado de separatistas contra el avión de Malaysia Airlines demuestra la radicalización de una estrategia impulsada desde Moscú –para acelerar la división– que no repara en cargarse víctimas inocentes.

Putin, al frente del gobierno desde 1999, parece decidido a no dar marcha atrás. Dueño de un poder inmenso, aunque sujeto a la aprobación de su pueblo, ha advertido que el alza en su popularidad va de la mano con la profundización de su demagogia nacionalista.

En paralelo, Duguin se ha convertido en un frecuente invitado por los medios de comunicación, dirigidos en su mayoría por el Kremlin, lo que lo ha vuelto un personaje de enorme influencia, no ya sólo entre los círculos de élite militares, políticos y diplomáticos de Rusia, sino también entre la población en general.

Por último, hay un aspecto de la teoría de Duguin que no puede soslayarse, ya que cuestiona la independencia del caso de Ucrania con otros conflictos.

El imperio euroasiático comprende a la República Islámica de Irán, una teocracia que somete a la mujer, financia organizaciones terroristas y persigue la destrucción de Israel.

También una eventual alianza con la China de los herederos de Mao. Por cierto, la coincidencia geográfica entre la ubicación de la guerra entre Israel y Palestina, localizada en el mismo meridiano hacia el sur, que el conflicto ruso-ucraniano, no es azarosa. Es la frontera del Este que fuerza su expansión a expensas del Oeste.

¿Es posible creer en los derechos humanos y la democracia y al mismo tiempo celebrar alianzas con tiranías que esclavizan a sus propios pueblos y amenazan la paz global? Sí, es verdad: la lista de contradicciones y defectos imputables a la democracia republicana es larga.

Sin embargo, enorme progreso han conseguido aquellas sociedades que decidieron darle la espalda al abismo al que conduce la dictadura. Por el contrario, la decadencia sólo prolifera entre naciones cerradas, intolerantes y primitivas, que, ignorando la cultura de la libertad, se aventuran tras la ilusión del hombre providencial.

*Secretario de la Asamblea de la Coalición Cívica-ARI