El homenaje al maestro
No se debe olvidar un precepto vital para el educador: no contradecir con los hechos lo que se está predicando con las palabras. Arnaldo Pérez Wat.
Desde Sócrates hasta Almafuerte o María Montessori, la educación del niño, al menos en Occidente, funciona con la misma base filosófica: inculcar con amor la seguridad al educando. Con amor, hasta la "psicología de la chancleta" resulta a veces positiva. Tiene el inconveniente de que aplicarla con justicia es casi imposible, pero la seguridad que adquiere el pequeño se debe a que se acostumbra a recibir una recompensa cuando ha obrado bien y está seguro de que le corresponde una reprimenda cuando lo ha hecho mal. Lo incoherente es lo opuesto: el educador viene un día contento y deja pasar inconductas no tan leves. Otro día, está de mal talante y aplica correctivos injustos. Ello forma en la mente del chico el concepto de que si le va bien o mal en el futuro no depende tanto de él sino de un poder oculto, el cual no alcanza a comprender. Así hemos formado muchos niños inseguros en los siglos 19 y 20. La libertad. Para que exista la ética o moral, se debe aceptar la existencia de la libertad. Sin libre albedrío, no se puede elegir entre el bien y el mal y no hay comportamiento moral. La educación en libertad es un ideal que llega a la excelsitud si con ella se ha logrado la seguridad. Con ésta, en un ambiente de emociones deseables, se obtiene un resultado óptimo que no ha menester de castigos ni recompensas. Y aquí no se debe olvidar un precepto vital para el educador: no contradecir con los hechos lo que se está predicando con las palabras. Esta incoherencia también desorienta al pequeño y al adolescente. En suma, se trata de una cuestión espinosa o polémica, pero en Occidente, como decimos, debe concederse que es provechosa la educación en libertad. La teoría de Benjamin Spock (1946) de que no había que corregir los errores con un chirlo, hizo pasar bruscamente de la represión a la permisividad entre 1950 y 1960. Pero en 1970, el citado pediatra estadounidense declaró: "Creo que gran parte de la delincuencia juvenil cae sobre mis espaldas".Juan Bautista de La Salle, en La guía de las escuelas cristianas , 1729, prohíbe toda innovación por parte de los alumnos y reglamenta los castigos: tres azotes cuando se haya "tirado la hora" o trompeado con un compañero y detalla luego la forma de aplicarlos. Hay quienes limitan la libertad de los niños anteponiendo el respeto hacia el adulto. Es lo que corresponde. Obviemos la irrespetuosidad de grandotes mal aprendidos que agreden a una joven docente, lo cual obedece a la crisis espiritual e institucional del momento. Opinamos que, obviamente, debe respetarse la opinión del educando. Después de todo, no puede impedir un padre que su hijo piense que él es un incompetente o un débil de carácter, prohibiéndole expresar sus juicios. Como en otros aspectos, el educador debe sugerir consideraciones, exponer sus razonamientos, pero jamás imponer sus conclusiones, porque con el niño, como con la sociedad, suprimir la libertad de pensamiento sólo puede traer un éxito pasajero. A la larga, se impone la fuerza moral de la sana educación. En conclusión, la ciencia de la educación está presente; la ley, no muy concisa y, como puede, está. El maestro también está. Los padres de los alumnos, cuando se los requiere, la mayoría no está. La sociedad, la familia y, por ende, la política, están, pero en decadencia. Por ello, en el Día del Maestro siempre se renueva el anhelo de que mejoren los estratos que inmovilizan las buenas intenciones de los seres que han nacido para enseñar.

