Un símbolo trágico
La matanza de 76 personas en Noruega por un asesino solitario es algo mucho peor que el extravío de un individuo: es el símbolo trágico de la marea racista y xenófoba que se expande en Europa.
En los años terribles del terrorismo ideológico de la banda Baader Meinhof, que asolaba al pueblo germano, el diario "Frankfurter Allgemeine Zeitung", uno de los de mayor circulación en Alemania, publicó un célebre artículo cuyo título sintetizaba el fenómeno de la barbarie: "Los hijos terribles del bienestar". Esa visión puede ser aplicada al drama que hoy vive Noruega, tras la matanza perpetrada por un joven racista, ultranacionalista y declarado islamófobo, aunque en sus atentados no mató ni hirió a musulmanes sino a pobladores noruegos o jóvenes socialdemócratas, quienes participaban de un campamento de verano.Noruega, como el resto de Escandinavia, es uno de los ámbitos naturales del Estado de bienestar, construido por el socialismo durante su hegemonía de prácticamente nueve décadas. Sus pueblos encabezan en forma rutinaria las estadísticas mundiales de transparencia institucional, nivel educacional y cuantos otros indicadores sean utilizados para medir la calidad de vida de las naciones. Desde la cuna a la tumba, parecen estar a cubierto de adversidades de la existencia que se dan en otras regiones del mundo; por ejemplo, en el África subsahariana. Pero algo está poniendo en grave riesgo la supervivencia de esa especie de paraíso ártico, esas regiones habitadas por los hiperbóreos, a los que el nazismo –que perpetró los mayores crímenes de la historia en nombre del racismo– adoraba como la perfección de la especie humana. Quienes analizan en estos días, lacerados, la formación del frío criminal noruego que segó la existencia de 76 personas, advierten ahora la ominosa permeabilidad de su educación, que le induce a aceptar como verdades reveladas las oprobiosas teorías del racismo y la intolerancia, en particular la islamofobia. Partidos alucinados y violentos en sus escarnios contra la fe musulmana adquieren, tras cada acto electoral, cada vez mayor peso político.Anders Behring Breivik masacró porque estaba obsesionado por lo que consideraba "invasión islámica", que amenaza con hacer desaparecer la cultura histórica de sus naciones. Predicando ese aborrecible evangelio de intolerancia, la ultraderecha avanza en toda Europa. Para contenerla, el primer ministro noruego, el socialdemócrata Jens Stoltenberg, ha enunciado una fórmula tan perfecta como irreal: "Lo que necesitamos ahora es más democracia". Sin embargo, la negra gangrena se está expandiendo en países ejemplarmente democráticos. La canciller alemana Angela Merkel proclamó –con inquietante crudeza– que "el multiculturalismo ha fracasado por completo" en la Unión Europea, posición que conduce al cierre de las fronteras a quienes profesen religiones diferentes, aunque se trate de desesperados que intentan refugiarse allí para huir del hambre y los genocidios.

