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Un Papa controvertido

Los cinco años que lleva el pontificado de Benedicto XVI se prestan a la controversia, pero su gestión debe ser juzgada con prudencia y responsabilidad.

24 de abril de 2010 a las 12:01 a. m.
Un Papa controvertido

La conmemoración del quinto aniversario de la consagración de Benedicto XVI encuentra a la Iglesia Católica en un momento difícil, frente a una verdadera crisis de credibilidad en vastos sectores de la sociedad, en especial en Europa y Estados Unidos, que ven en el Papa a una figura conservadora, poco permeable a las demandas de la modernidad y que simboliza un verdadero retroceso respecto del histórico Concilio Vaticano II de hace casi medio siglo.

Ese cónclave se propuso, precisamente, reconciliar al catolicismo con el mundo moderno. Tal vez fuera inevitable este giro hacia atrás, pues a toda gran reforma le sucede con el tiempo una especie de restauración conservadora, hasta lograr un punto de equilibrio entre el pasado y el presente. Por otra parte, esta crisis de la Iglesia Católica coincide con una declinación de la religiosidad en Occidente, donde hay cada vez menos creyentes, mientras que en otras regiones del mundo, en particular las influenciadas por el Islam, la religión es fuente de fuertes definiciones culturales y hasta políticas.

Hay que señalar, de todos modos, que las críticas al papa Joseph Ratzinger provienen más de los medios de comunicación y de intelectuales, entre éstos algunos de la propia Iglesia, antes que de la población católica propiamente dicha. Se le reprocha, por caso, el discurso de Ratisbona de 2006, en el que calificó al Islam como una religión violenta, frase respecto de la cual después pidió perdón. O de haber reimplantado la misa en latín, según el rito tridentino, que incluye una oración del Viernes Santo para convertir a los judíos. O de haber rehabilitado a obispos lefebvristas que negaron el Holocausto. O de haber abierto el proceso de beatificación del papa Pío XII, quien, según algunas interpretaciones, habría sido cómplice de la persecución a los judíos. O de haber lanzado una cruzada contra el relativismo.

El Papa tiene también sus defensores, que niegan aquellas acusaciones o les dan otro sentido, y que destacan su infatigable lucha contra la pobreza, la desigualdad y la violencia. En América latina, el papa Ratzinger es poco conocido y apreciado, menos que sus antecesores Juan Pablo II, Pablo VI o el inolvidable Juan XXIII. Los católicos latinoamericanos escuchan y siguen más a sus obispos y curas de parroquia, sobre todo en las grandes cuestiones sociales, aunque muchos de ellos discrepen con la Iglesia sobre temas como el aborto o el uso de anticonceptivos.

A la conducción de la Iglesia también la ha salpicado el escándalo de la pedofilia y los abusos sexuales por parte de sacerdotes, y aunque la condena del Papa ha sido ha sido clara y coherente, su condición de jefe de la Iglesia lo compromete de algún modo, en especial por las sospechas de haber intentado ocultarlo. Por estas razones y muchas otras, el papado de Joseph Ratzinger -pese a estar abierto a la controversia- debe ser juzgado con prudencia y responsabilidad.