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Trincheras no tan lejanas

Hoy se cumplen 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial, un sangriento conflicto cuyas consecuencias aún se padecen en el mundo y que por eso mismo no debe ser olvidado.

28 de julio de 2014 a las 12:01 a. m.
Trincheras no tan lejanas

Cien años después del inicio de la Primera Gran Guerra, cabe preguntarse cuánto hemos aprendido desde entonces y si, como Chesterton afirmaba, se cumple aquello de que la historia enseña que nadie aprende de los errores de la historia. Hoy, con el mundo estallando en diferentes conflictos, algunos fundados en parecidas razones a las que esgrimían no pocos protagonistas de aquel trágico 1914, no se aprecian demasiadas razones para ser optimistas.Las balas que Gavrilo Princip disparó contra el archiduque Fernando y su esposa en una calle de Sarajevo pusieron a la luz las fisuras que habían sido producidas por una estructura colonial diseñada para que las potencias desangraran vastas posesiones en África y en Asia.Del mismo modo, probaron que no debe permitirse que los generales solucionen los problemas que los políticos no supieron afrontar, ya que las bayonetas sirven para todo menos para sentarse sobre ellas, como lo sostenía Napoleón. Pero el militarismo creciente de esos años hallaba su correspondencia en un mundo imperial que bailaba en los bordes de su propia tumba. Sin olvidar la fuerte incidencia de los nacionalismos étnicos, hoy casi tan presentes como entonces.Podría argumentarse que faltaron los mecanismos de contrapeso del poder, ausentes en el mundo imperial y, del mismo modo, los organismos multilaterales, inexistentes por esos años. Pero no debería omitirse una inconsciencia generalizada, que parecía ignorar la magnitud del horror por venir, al sostener que sería una guerra breve, que "acabaría con todas las guerras". Fue exactamente a la inversa, como bien sabemos.Los avances tecnológicos que las guerras potencian dieron como resultado 19 millones de muertos, dos tercios de ellos aportados por la población civil. Coadyuvaron las mejoras de la artillería, la instalación de la ametralladora como la reina de las tierras de nadie, las experiencias de bombardeo de las incipientes fuerzas aéreas, el nacimiento del carro de combate y el debut de la guerra química.Pero el mundo posterior a 1918 sigue pagando un alto precio por las lecciones no aprendidas: al fracaso de la Sociedad de las Naciones, nacida en 1919, se suman la impotencia de las Naciones Unidas, diseñadas al solo efecto de equilibrar a dos superpotencias, y el colapso periódico de las líneas divisorias trazadas en los mapas posteriores a Versalles. Si los imperios ruso, alemán, turco y austrohúngaro desaparecieron con ese conflicto, varias de las naciones nacidas a su término tampoco existen hoy.Como hombres, tendríamos que convencernos de que los problemas del presente nunca deben convertirse en la simiente de los conflictos futuros. Eludiríamos así lo que Albert Einstein supo advertir: que a la cuarta guerra mundial la libraremos con palos y piedras.