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Peligros urbanos

Muchas calles y veredas de la ciudad de Córdoba representan un verdadero riesgo para los vecinos y es hora de que las áreas pertinentes de la Municipalidad se hagan cargo del problema.

23 de junio de 2014 a las 12:01 a. m.
Peligros urbanos

Quienes frecuentan las noticias del ámbito judicial habrán observado que, en los últimos tiempos, se suceden fallos adversos a provincias y municipios con referencia a perjuicios y daños producidos a particulares durante su tránsito por rutas y calles. No se trata de caprichos impuestos por una moda ni de negocios derivados de la denominada "industria del juicio", sino de las consecuencias de la imprevisión y de la incompetencia de quienes tienen la responsabilidad funcional de crear las condiciones para que no ocurran los accidentes que generan los perjuicios en cuestión.Se pueden enumerar causas diversas: veredas que se transitan como en una carrera de obstáculos, con baldosas faltantes; huecos dejados por empresas que para instalar un cable subterráneo acaban por dejar un paisaje bombardeado; postes que están a punto de colapsar y lo harán durante la próxima tormenta; cables peligrosamente cerca del suelo o que han electrificado a cualquier objeto cercano; bocas de tormenta cuyas tapas fueron robadas hace años; hierros que sobresalen cual lanzas, y ni hablar de las obras que empresas contratistas realizan en la vía pública y llegan a la noche con deficiente señalización.La enumeración, fatigosa, alcanza para corroborar que los ciudadanos somos en esta parte del mundo verdaderos sobrevivientes: tanto de los desaguisados que promueve nuestra clase dirigente como de la simple acción de regresar a casa cada día tras haber experimentado los rigores de una ciudad poco amigable.Este novedoso concepto de la ciudad amigable parece no haber calado aún entre nosotros: mientras las urbes del mundo marchan en esa dirección, nos toca afrontar los costos crecientes del deterioro urbano, que no sólo produce molestias, sino también víctimas.Sin mencionar las dudosas ventajas de ser discapacitado en un lugar donde nada está previsto para quienes padecen una disfunción visual, auditiva o motriz. En este último caso, al castigo de la naturaleza se suma el rigor de una sociedad poco dispuesta a reparar en las carencias de otros. Y obrar en consecuencia.Nada de lo antedicho sería posible sin la pasiva complicidad de un conjunto social poco dado al cultivo de las responsabilidades individuales: aportamos, modestamente, nuestro granito de arena cada vez que dejamos hacer y olvidamos exigir, tanto como obviamos exigirnos. Nos resta comprender, tanto como a los que tienen la responsabilidad funcional respectiva, que el desorden genera ineficiencia y costos crecientes. Sin olvidar que el más elemental sentido común reclama que comience a ejercitarse la tolerancia cero con empresas de servicios que tienen como norma el romper sin reparar, tanto como negocios y particulares que ejercitan un auténtico abuso sobre el espacio público. Y con los funcionarios que controlan a media máquina, por supuesto.