Manipulación innecesaria
La elección presidencial mostró un comportamiento ejemplar de los ciudadanos, sin irregularidades en los comicios, empañados sí por la tardía difusión de los datos oficiales.
La sociedad argentina tuvo una activa participación en la elección presidencial del domingo último, con una asistencia que superó el 80 por ciento del padrón. Mostró así una conducta ciudadana que volvió a la de los primeros tiempos desde la recuperación de la democracia en 1983. Tampoco se advirtieron graves irregularidades en el desarrollo de los comicios.
Por contrapartida, los ciudadanos asistieron impávidos a una exasperante lentitud en la difusión de las cifras oficiales. Los primeros cómputos se conocieron luego de la medianoche –seis horas después del cierre de los comicios– e incluso hubo que esperar hasta las primeras horas de la madrugada para establecer con certeza los ganadores de la elección a gobernador en las provincias de Buenos Aires y Santa Cruz.
En la mayoría de los distritos, se verificó la insólita situación de que los postulantes se proclamaban ganadores en función de cifras partidarias, pues no se conocía el escrutinio oficial.
El candidato del oficialismo, Daniel Scioli, habló dos horas antes de que se cargaran los primeros datos en la página oficial. En su mensaje, sugirió que participaría en una segunda vuelta, lo que se confirmó recién varias horas después.
El director nacional Electoral, Alejandro Tullio, y el ministro de Justicia, Julio Alak, defendieron su actuación debido a “la prudencia que exigieron los candidatos a la hora de difundir los cómputos”. Tullio llegó a afirmar, cerca de la medianoche, que aún había gente votando en provincia de Buenos Aires. “Tomamos la decisión de entregar los datos cuando estaba más del 50 por ciento de las mesas escrutadas”, se justificó el funcionario.
La demora fue atribuida por la empresa responsable del escrutinio a una decisión exclusiva de las autoridades del Poder Ejecutivo, que habrían intentado minimizar el impacto de un resultado contrario a sus intereses. En principio, la carga se realizaba en función de directivas de funcionarios oficialistas, lo que no habla bien de la transparencia que debe tener el proceso.
Se ha insistido en que el país debe abandonar el vetusto sistema vigente con boletas que se prestan a todo tipo de maniobras y que retardan el cómputo en cada mesa.
La boleta única sería un primer paso para desterrar esas mañas, la cual debiera ir acompañada de un sistema electrónico de votación, con las salvaguardas informáticas de rigor, que la Argentina se precia de tener por sus avances en esa materia. Ese mecanismo disiparía cualquier duda al cabo de una jornada electoral.
En una elección más reñida, se hubiera corrido la aventura de la aparición de hechos no deseados por la inmensa mayoría de los argentinos. Esa alteración hubiera tenido un costo mucho mayor que una manipulación innecesaria.
En una sociedad que se precia de la modernidad y del respeto de los derechos, tal actitud es injustificable y debe ser corregida para minimizar los riesgos de eventuales conflictos.

