Los datos y las palabras
Las palabras del ministro de Economía de la Nación, quien relativizó en términos jocosos el aumento del desempleo en Argentina, suenan como una burla para quienes se quedaron sin trabajo.
Si bien es público y notorio que el mejor funcionario es aquel capaz de explicar como un logro de gestión todos y cada uno de sus fracasos, a veces la explicación supera el límite de lo tolerable. De ese modo, lo que suele aceptarse casi como un aporte al sentido del humor de los argentinos acaba convertido en una grosería lisa y llana.
Para el caso, las palabras del ministro de Economía de la Nación, Axel Kicillof, con las que intentó relativizar el alza del desempleo, suenan a una burla de ecos siniestros en un país que acaba de perder más de 420 mil puestos de trabajo en sólo un año.
Las cifras no fueron en este caso suministradas por consultoras privadas, sino por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), organismo que, puesto a procesar cifras, debe ahora aseverar que las cosas no están tan mal como parece.
Para ello, penosamente, tiene que publicar datos que tropiezan con el relato oficial. O con el ministro de Economía; lo mismo da.
En el vasto universo de la política, alguien aseveró hace mucho que se puede engañar a muchos por mucho tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo.
A veces –y el Indec es la mejor prueba–, en pos de maquillar la verdad se consigue mostrar su feo rostro. Como, por ejemplo, cuando se puede sostener sin rubor alguno que en Chaco no existe desocupación, al mismo tiempo que se reconoce que la mayoría de los chaqueños desocupados dejaron de buscar empleo.
Negar el crecimiento del desempleo a la vez que se mantiene un control policíaco sobre el organismo dedicado a medirlo, y admitir a la vez que la desocupación creció, por ejemplo, en Córdoba, sonaría incomprensible en un país no entrenado en estas miserias.
Pero esta vez el tema ofende a todos los que han perdido su empleo o transitan una economía de subsistencia en el ancho universo del trabajo informal.
En este caso, puede hablarse de una soberbia indisimulada, que ejercita sin empacho el desprecio por las mismas gentes a las que el relato nacional y popular jura defender.
Puede que lo anterior se entienda mejor a la luz de las palabras del titular del Indec, Norberto Itzcovich. “Los datos son nuestra militancia”, dijo el funcionario. Lo que se traduce como la expresa vocación de proceder a la construcción diaria de la verdad como una tarea ejercitada a destajo y a despecho de lo que todos saben y algunos callan.
Es la misma filosofía por la cual se hundió en el descrédito a un organismo antes respetado y hoy sospechado y politizado. Es que, para no pocos, la verdad es una materia líquida que se acomoda al envase.

