Libia y la parálisis europea
Con la UE paralizada frente a las crisis internacionales ahora, la de Libia, se facilita la intervención de los Estados Unidos, a pesar de sus recientes fracasos en el mundo islámico.
Saddam Hussein fue ahorcado por ordenar en 1988 un ataque con gas venenoso contra la ciudad de Halabja, de mayoría kurda. Un par de años antes de ese crimen de lesa humanidad dispuesto por el dictador iraquí, su colega, el libio Muamar Kadhafi, había causado miles de muertos en sendos ataques con gases venenosos perpetrados en 1985 en la guerra civil de Chad. Si este diario coteja ese disímil tratamiento por la comunidad internacional frente a crímenes parecidos, no es porque acepte un eventual castigo similar al que se infirió a Hussein. Simplemente, el contraste de sus destinos sirve para advertir, una vez más, las abismales contradicciones morales que se producen cuando los valores materiales priman sobre los valores éticos. Ninguna potencia internacional ignora la barbarie de Kadhafi, y no desconoce la vasta riqueza libia en petróleo y gas, lo que explica su resignación ante su constante chantaje energético. Cruel con los indefensos –en 1988, probó un novedoso explosivo plástico en un avión de Pan Am, sobre Lockerbie (Escocia), asesinando a 270 personas– es cobarde ante quienes lo enfrentan. En julio de 1977, la Liga Árabe impidió que fuerzas egipcias de Anwar el Sadat ocuparan Trípoli: el tirano había huido al desierto con su carpa y su familia. Siempre exhibió una criminal adicción por la violencia ciega: fue el padrino de todas las organizaciones terroristas, a las que financió, armó y adiestró, sin olvidar la formación profesional que dio a Montoneros. Salvo a Al Qaeda. El 25 de febrero último, la acusó de promover la insurgencia contra su dictadura, pero el 15 de marzo anunció que se uniría a Al Qaeda para lanzar una "guerra santa" contra Occidente. Es difícil tomarlo en serio. Toda su trayectoria es un inconcebible entramado de histrionismo y violencia. Hasta la Liga Árabe se distanció de él y pidió una zona de exclusión aérea sobre Libia, para contener la masacre que perpetra su poderosa aviación militar, mientras los mercenarios contratados ejecutan crímenes de lesa humanidad contra los civiles, armados o desarmados. En 1985, la Unión Europea (UE), que entonces parecía dispuesta a asumir un papel gravitante en la política internacional, impuso en las Naciones Unidas un embargo de armas contra Libia, que cesó en 2003. Europa ha recobrado su misión de principal abastecedora de armamentos: entre 2006 y 2009, vendió a la dictadura libia armas por 1.400 millones de euros, mientras Estados Unidos y China se abstenían de hacerlo. Los países miembro de la alianza europea no tienen un criterio unificado para abordar esta crisis (ni ninguna otra, desde la que sacudió a Kosovo en adelante). Por eso, bien se dice que "el fin inmediato del uso de la fuerza, exigido por la UE, sólo llegará a Libia cuando se dejen de apretar gatillos europeos". En tanto, crecerá el papel de regente en la actual crisis, como en otras anteriores, por parte de Estados Unidos.

