La política destructiva
Es cierto que la competencia política tiende a ser destructiva en nuestro país. Pero no por ello debemos eliminarla. Por el contrario, todos los actores de la vida cívica debiéramos ser agentes activos de un cambio cultural que torne imposible esa forma de hacer política.
En una entrevista concedida a Radio Nacional, la vicepresidenta Gabriela Michetti se pronunció a favor de “evitar las elecciones de medio término”, para que el oficialismo disponga de “por lo menos tres años para gestionar sin tener que estar compitiendo”.
Desde su perspectiva, las elecciones de medio término dificultan la posibilidad de establecer acuerdos legislativos, y la “competencia destructiva” que se genera entre los distintos partidos y coaliciones políticas le complica el escenario a quien gobierna.
En su razonamiento, eso se soluciona evitando las elecciones de mitad de mandato. Si todos los miembros del Poder Legislativo fueran elegidos junto con el Poder Ejecutivo, en los tres niveles de gobierno, y se unificara la duración de sus respectivos mandatos, sólo habría elecciones cada vez que se elige presidente, gobernadores o intendentes. Así, cada gobierno tendría todo su período libre de competencia electoral.
A decir verdad, esto ocurre en los niveles municipal y provincial. Por lo tanto, aunque Michetti busque generalizar su posición, en realidad sólo está pensando en la situación del Gobierno nacional.
Y es cierto que la competencia política tiende a ser destructiva en nuestro país. Pero no por ello debemos eliminarla. Por el contrario, todos los actores de la vida cívica debiéramos ser agentes activos de un cambio cultural que torne imposible esa forma de hacer política.
Los propios políticos, por supuesto, deberían ser los primeros y los más enfáticos promotores del cambio. Pero mientras sigan mezclando las actividades de gestión inherentes a sus cargos con las actividades partidarias y proselitistas; mientras sigan realizando reuniones políticas en los despachos donde ejercen como gobernantes o como legisladores; mientras sigan alentando que al oponente le vaya mal para que el ciudadano los elija no por lo que proponen sino por la ineficiencia del contrincante, la práctica política seguirá dominada por la cultura de la destrucción.
En realidad, la cultura política debe estar signada por valores como la cooperación y el diálogo, por la separación de intereses entre partidos y gobiernos, por la noción de bien público. Si una agrupación política no se rige por estas normas elementales, su verdadero objetivo no es alcanzar el bienestar colectivo sino conseguirles buenos sueldos a sus dirigentes.
Entonces, en vez de acordar políticas de Estado con los otros sectores, busca destruir su credibilidad y su legitimidad.
Por eso, avalar la posición de Michetti equivale a darnos por vencidos y aceptar que no podemos hacer nada para cambiar esta escena política donde unos y otros se tratan de obstruir mutuamente, en una lucha que nos cuesta demasiado a todos.

