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La búsqueda de un pacto social

Estado y entidades empresariales y sindicales debieran buscar mecanismos distintos a los desgastados e ineficientes métodos de recomposición salarial y control inflacionario.

08 de febrero de 2011 a las 12:01 a. m.
La búsqueda de un pacto social

Parece que los argentinos jamás olvidamos nuestros errores: desde mediados del siglo pasado, corremos detrás de la inflación y nos aferramos a los reajustes salariales como el náufrago que se abraza al ancla. La economía enseña –aunque la lección se olvida con rapidez– que quienes perciben ingresos fijos muy pocas veces recuperan en paritarias el poder adquisitivo perdido. La vieja y siempre lozana historia fue sintetizada por Juan Domingo Perón con una frase perfecta: "Cuando los sueldos suben por la escalera, los precios viajan en ascensor". Desde luego, no fue una invención suya, porque la utilizaban los economistas británicos que siguieron la estela de talento de John Maynard Keynes, que tenía un humor a veces ácido, pero siempre certero.Ahora, parece que estamos instalados de vuelta en el viejo escenario. La incontenible dinámica de la inflación estructural supera las recomposiciones salariales. Porque en las discusiones entre trabajadores y empresarios se toman como base los índices reales, no los amañados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), pero nunca se recobra el poder de compra, limado por el incesante alza del costo de vida. Ni el Estado ni los gremios ni las centrales patronales han acordado una metodología más racional que la tradicional, eficiente en su ineficiencia. Cuando la situación se torna crítica, de inmediato se reclama la aplicación en nuestro país de los Pactos de la Moncloa, que dieron a España una sólida estabilidad económica, requisito intransable para su posterior ingreso a la Comunidad Económica Europea, hoy transformada en Unión Europea. Por supuesto, esos pactos no fueron una fórmula mágica. Exigieron de sus signatarios el fiel cumplimiento de los compromisos que contraían, lo que hicieron de modo cabal.En nuestro país, las contadísimas experiencias de pactos sociales son lamentables. El que se firmó en 1973 fue menos que efímero y en general todos fracasaron por las penurias insanables del Estado, que en sus distintas jurisdicciones siempre encontró la forma de incumplir lo pactado, desmadre en el que en ciertas oportunidades fue precedido por empresarios líderes formadores de precios. La negación práctica de lo que se acuerda y la inseguridad jurídica, que es crónica y casi terminal, hicieron el resto. Después de todas esas experiencias negativas, nos encontramos nuevamente parados en el vórtice de la incipiente tempestad. Más temprano que tarde, volveremos a invocar los Pactos de la Moncloa, pero olvidando uno de sus detalles fundamentales: la recomposición salarial no se hizo en España con sentido retroactivo, sino proyectivo. Los ajustes que se convinieron se basaron sobre las proyecciones de inflación para el año siguiente al de la firma (1977). La explicación de ese éxito es una sola: las tres partes honraron los compromisos que habían contraído.