Indisimulable fracaso
La decisión mundial de reducir las emisiones de los gases causantes del efecto invernadero, adoptada hace 19 años, no tuvo efecto: la contaminación creció un 45 por ciento respecto de 1990.
Si la burocracia internacional tiene algún respeto por la opinión pública, mejor sería que evitara celebrar en 2012 el vigésimo aniversario de uno de los mayores fracasos de acuerdos internacionales del siglo 20. La enésima reunión internacional sobre el cambio climático concluyó en Copenhague, en 2009, con una declaración plagada de lugares comunes y de promesas de azaroso cumplimiento. Es decir, lo de siempre.El Protocolo de Kioto, suscripto en esa ciudad japonesa en 1997, estableció los mecanismos necesarios para alcanzar las metas fijadas por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, creada en la Cumbre sobre la Tierra, realizada en Río de Janeiro en 1992.En el Protocolo de Kioto se acordó que los países desarrollados debían reducir sus emisiones de gases contaminantes en un 5,2 por ciento hacia 2012, en relación con las emisiones de 1990. Desde Río hasta Copenhague, las reuniones bienales de expertos y funcionarios concluyen con solemnes promesas de combate frontal para reducir las emisiones causantes del efecto invernadero.En estas dos décadas, no sólo nada se redujo, sino que las emisiones crecieron en un 45 por ciento, a razón de dos puntos anuales, lo que significa millones de toneladas de residuos de combustibles fósiles elevados a la atmósfera, con los resultados conocidos.Sólo la Unión Europea (UE) cumplió –y de forma relativa– con los compromisos asumidos. Pero no es mérito atribuible a una mayor conciencia ecológica de sus habitantes, sino, de modo más simple y desalentador, porque la UE ingresó en una fase de recesión económica que provocó una fuerte caída de la actividad industrial y, por consiguiente, de las emisiones contaminantes.En cambio, los países emergentes, aplaudidos por sus altas tasas de crecimiento, reemplazaron a los europeos en esa misión de atentar contra el ecosistema planetario y aun los superaron con amplitud, sobre todo China –que desplazó a los Estados Unidos del liderazgo en las emisiones–, de la India y del Brasil.El caso chino es alarmante, porque el principal insumo utilizado para su crecimiento industrial, que tanta admiración despierta entre los econometristas del mundo, es el carbón, nada más contaminante hasta ahora.Si a ello se agrega que el incidente nuclear de Fukushima ha agudizado la incertidumbre sobre la conveniencia de mantener las centrales atómicas que aún no fueron "desenchufadas", aunque en muchas de ellas se han paralizado o ralentizado los trabajos de actualización de sus tecnologías de generación atómica, se tiene un panorama inmediato que induce al pesimismo. Que, por cierto, será reemplazado por el optimismo de la declaración final que se emita en la próxima reunión mundial, a realizarse en noviembre en Durban, otro ameno rincón del planeta.

