Fútbol violento
Los episodios de sangre siguen repitiéndose en todos los niveles del fútbol argentino y es alarmante que el Estado sea incapaz de ofrecer una solución sistémica al problema.
Acostumbrados a la repetición sistemática de nuestros males, los argentinos hemos venido desarrollando una extraña capacidad –de resiliencia, dirían algunos– para seguir con nuestras vidas como si lo que nos ocurre sucediera en un país extraño y a otras gentes. Lo hemos constatado una vez más tras los gravísimos enfrentamientos protagonizados por barrabravas de Laferrere y Dock Sud, el lunes pasado. Lo único que hicieron los organismos de seguridad fue intervenir ante los hechos consumados, con el resultado de 14 agentes heridos, algunos de gravedad.En tanto, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, suspendió el estadio de Laferrere por todo el año, como si ello implicara una respuesta a un problema que el conjunto de la sociedad no ve y los responsables prefieren ignorar.Son ya más de 300 los muertos producidos por la violencia que domina al fútbol argentino, mientras quienes deben dar respuestas prefieren suponer que se trata de hechos aislados y no de un dato sistémico, ante el regocijo de quienes apuestan al negocio de un deporte que, vaya ironía, es sostenido por el Estado con centenares de millones que tributan los argentinos.Dirigentes, barrabravas, punteros y caudillos políticos de pelaje diverso abrevan en el mismo estanque, practicando una relación que periódicamente niegan a la hora de dar explicaciones.Es un contubernio vil, que se diferencia de otros porque no vacila en ejecutarse con cuotas de sangre, no pocas veces aportada por quienes querrían disfrutar del fútbol como un espectáculo familiar.Se trata de un negocio que trafica millones a espaldas de la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip), mientras respalda con indiferencia homicida actividades como el narcotráfico, el robo de automotores y hasta la provisión de "mano de obra especializada" a bandas diversas y caudillos políticos necesitados de aparato.Todo esto no es novedoso, porque los muertos están contabilizados; los juzgados, atorados con decenas de causas vinculadas con el tema que poco y nada progresan, y los policías, desorientados por políticas que van de la inopia a la complicidad lisa y llana.Esto no nos sucede desde hace poco y sería un claro fenómeno de estupidez colectiva suponer que dejará de ocurrir como por ensalmo. En otros países, denominan a esto "argentinización" del fútbol, neologismo que invalida todo comentario.Es uno de los muchos rostros de una corrupción que se ha instalado como una suerte de marca nacional: en suma, que para que unos cuantos hinchas de fútbol exaltados se maten sólo se requiere de dos factores: una sociedad permeada por dicha corrupción y una Justicia lenta e ineficiente. Justo lo que tenemos... y en abundancia.

