Ferrocarriles aéreos
Las cancelaciones de vuelo y las reprogramaciones que se registran no pueden ser explicadas sólo por los trabajos en Aeroparque. Es la prolongación de un gerenciamiento poco profesional.
El 24 de diciembre de 2008, los argentinos recibimos un costoso regalo de Navidad. Que estamos pagando a razón de más de un millón de dólares por día y nadie sabe cuánto nos terminará costando. Esa sangría cubre el crónico descalabro operacional y financiero de la aerolínea de bandera, agravado por la temeraria administración del grupo hispano Marsans, que capotó en nuestro país mientras se precipitaba en caída libre en España. El orgullo nacional y popular ascendió a alturas memorables en aquellos días, que instalaron al entonces secretario de Transportes de la Nación Ricardo Jaime en el centro de la escena, donde todavía permanece, pero por otras razones. Por cierto, las entidades que encuadran sindicalmente al personal que revista en Aerolíneas Argentinas y Austral, en perpetuo conflicto, contribuyeron no poco al desmadre, por cuya razón hubo cierta esperanza de que la expropiación calmase un poco las turbulentas aguas. Fugaz fue la calma. El funcionamiento de la estación aérea metropolitana –trasladada temporalmente a Ezeiza– sigue siendo el karma cotidiano que padecen los viajeros. Para no mencionar el opinable criterio de selección que imperó para designar a las nuevas autoridades de las empresas. Fue otro triunfo del titular de la CGT, Hugo Moyano, que impuso en el directorio al hijo de su principal asesor legal, el diputado nacional Héctor Recalde.Una de las primeras decisiones del flamante funcionario fue usar uno de los aviones para volar a Montevideo –en abundante compañía–, no para asistir a un curso de gerenciamiento de compañías aéreas sino al partido de fútbol donde nuestro país jugaba todas sus chances de clasificarse para el Campeonato Mundial de Fútbol en Sudáfrica. Al regreso, se trató de justificar el exceso de decisionismo, afirmándose que se habían pagado los correspondientes pasajes, pese a que nunca se aportaron pruebas convincentes. Las cancelaciones de vuelo, las reprogramaciones, las improvisaciones que se registran en estos días no pueden ser explicadas únicamente por los trabajos que se están realizando en Aeroparque. Es, simple y dramáticamente, la prolongación de un estilo de management poco profesional, basado sobre las concesiones al corporativismo sindical. Estilo que se distingue por las arbitrariedades que se infieren a los viajeros, y que cuesta un millón de dólares por día.Mientras tanto, el Estado, que se hizo cargo del pasivo de Aerolíneas Argentinas (200 millones de dólares), afronta la demanda de la sociedad española de Ángel de Cabo, que adquirió Marsans en julio último y exige, ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (Ciadi), del Banco Mundial, el pago de una indemnización por 1.100 millones de dólares. En esa Nochebuena de 2008 los argentinos recibimos como oneroso regalo unos ferrocarriles aéreos.

