El verdadero festejo electoral
Más allá de la recomposición del Poder Legislativo que surgirá hoy de las urnas, la verdadera celebración de la política debería ser buscar una mayor unidad del pueblo argentino.
La concurrencia a las urnas es un deber cívico que impone la Constitución Nacional a los ciudadanos argentinos, pero también uno de los derechos fundamentales. Y hay que destacar que ya es la 16ª elección nacional desde el retorno de la democracia, el 30 de octubre de 1983.
Estas elecciones legislativas son importantes para el rumbo político y económico que surge a partir de la voluntad ciudadana. Sin dudas que los 127 diputados y 24 senadores nacionales que se elegirán hoy les darán otra fisonomía a ambos cuerpos parlamentarios.
Pero el principal triunfo que la política puede ofrecer a los ciudadanos, y que debería ser motivo central de los festejos, es la búsqueda de una mayor unidad de la sociedad, que aparece dividida no sólo en fracciones partidarias sino también a nivel del trabajo, de los grupos etarios, de origen, etcétera. Esa división es rechazada por los sectores más importantes del país, que pretenden retornar al diálogo y el consenso.
Es cierto que la democracia exige hoy nuevas herramientas para hacer más perfectible el mejor sistema de organización social que se conoce, y por el cual los habitantes pueden mejorar su calidad de vida. Suena ilógico que bajo esa premisa los habitantes de la Argentina aún estén discutiendo la necesidad de una mayor unión, de la búsqueda de consensos, de la tolerancia entre los distintos grupos y el respeto a las minorías de distintas extracciones.
Sucede que el Gobierno nacional transitó en la última década el camino inverso al que anhela la mayoría de la sociedad.
Por ello, el mejor festejo que puede realizarse esta noche debería ser el compromiso de los nuevos líderes que surjan del voto depositado en las urnas, de trabajar por aquellos objetivos. A estos habría que agregar una firme voluntad de sumar esfuerzos en pos de combatir las desigualdades sociales y en el trabajo, por la plena vigencia de una Justicia independiente y de un reparto más equitativo de la riqueza.
Ninguno de esos objetivos pueden ser alcanzados en una sociedad fragmentada, en la que grupos minoritarios alientan el odio entre sus diferentes estratos. Esta es aún hoy la prédica que subyace en varios medios de comunicación estatal o que responden a las autoridades nacionales, cuyas ediciones están sujetas a la pauta publicitaria del Gobierno.
Quedan dos años hasta la próxima elección presidencial en los cuales se deberían aunar esfuerzos por la unidad nacional y la búsqueda de un consenso sobre ideas y herramientas básicas para el progreso de los argentinos. Ojalá que esas premisas estén en el camino de quienes serán elegidos para integrar –a partir de hoy– el poder político en la Argentina, y detrás de las cuales se encolumnen también todos los que participan en la compulsa, más allá del resultado electoral.

